Está demostrando el PP con sus actos, que tiene una concepción equivocada de lo que significa recibir los votos de los españoles.
Amparado en una continuada promesa de acabar con la crisis, tras la desastrosa gestión de Zapatero en la última legislatura, Rajoy obtuvo la confianza de casi 11.000.000 de españoles y tomó posesión como Presidente de la Nación, aclamado por los suyos como si se tratara de un héroe.
Pero recibir un apoyo que le permite una mayoría absoluta en el Parlamento nunca debe asociarse a tener la libertad de hacer y deshacer, por decreto, cualquier idea que atente directamente contra los intereses del pueblo y quién así lo crea, como es su caso, incurre en el gravísimo error de ser confundido con un dictador que actúa según su conveniencia, sin contar con la opinión fundamental de los ciudadanos, que al final, son los que sufren los sinsabores de una política de agresividad que los coloca a diario en el filo de la navaja.
No olvidemos que según el último recuento, la población española ronda los 60.000.000 de almas y que por tanto, los votantes que apoyaron a Rajoy en las últimas elecciones constituyen una auténtica minoría, aunque el sistema le permita gobernar en solitario, sin contar con la opinión que representan al grueso del panorama electoral.
En sólo cuatro meses de gestión, esa libertad ficticia que se toma Rajoy, ha traído al país las medidas más lesivas para la mayoría, de cuántas se habían tomado antes, incluyendo el periodo franquista.
Se han subido los impuestos, instaurado el despido libre y bajado considerablemente la cuantía de los finiquitos, exagerado la represión en cualquier acto de protesta, derogado la Ley de aborto aprobada con anterioridad, establecido el copago de medicinas en la sanidad , subido casi un cincuenta por ciento las tasas de matrícula universitaria, incrementado el número de horas trabajadas para el personal docente, rebajada la contribución a la investigación, aprobada una amnistía fiscal para los defraudadores de impuestos y otorgado a los empresarios un poder absoluto para decidir sobre el destino de los trabajadores, según su criterio, perdido el control de Repsol en Argentina, y decidido acabar con el modelo democrático de la TV pública, para ponerla en manos de alguien designado a dedo por el propio Partido Popular. Peligra la Ley de los Matrimonios Gay, la modificación de la Ley de Extranjería, y se prevé una subida del IVA a corto plazo, si la insaciable Europa sigue consintiendo que suba la prima de riesgo y las bolsas continúan bajando.
Sinceramente, si los españoles fueran consultados sobre todas y cada una de estas medidas, casi un cien por cien contestarían que no dieron su apoyo al señor Rajoy para que las llevara a cabo, sobre todo si mientras tanto no se ha creado un solo puesto de trabajo y encima, peligran los existentes, a causa de las reformas aplicadas por el gobierno que preside.
De celebrarse elecciones en este momento, Rajoy perdería por goleada, a pesar de su corta gestión al frente del país y con toda seguridad, al partido que representa le costaría levantar cabeza en el futuro para volver a gobernarnos, porque la mayoría centrista que fue el auténtico artífice de su victoria, ha empezado con su llegada a sufrir en carne propia todos aquellos recortes que inició Zapatero contra algunos colectivos, y ahora forma parte de los económicamente “represaliados”, con el agravante de haber contribuido con su voto, a tamaña monstruosidad.
Nada de esto era verdaderamente necesario, ni ha dado el menor atisbo de esperanza a la situación que atravesábamos, pues no se ha corregido en absoluto el negro camino que nos vemos obligados a recorrer, a causa de la codicia demostrada por banqueros y políticos, que salen indemnes de esta crisis.
Estos sacrificios que se nos exigen, culpabilizándonos de un desastre que no provocamos nosotros, el descaro de hacernos responsables de una mala gestión protagonizada exclusivamente por la sumisión a determinados poderes y la incapacidad para gobernar a favor de los pueblos, resultan sin duda imperdonables, si además atacan directamente a las raíces del bienestar social y nos privan de la libertad de poder decir basta, al menos hasta que pasen cuatro años.
Desoír la voz popular se ha convertido en algo habitual para este gobierno, que ya tiene en contra a estudiantes, funcionarios, pensionistas, trabajadores y parados de este país, sin que parezca que le importe, a juzgar por la agenda que tiene previsto poner en práctica y que preludia un estado de malestar general de incalculables consecuencias.
Alguien habría de informar a Rajoy de que no cuenta en modo alguno, con el permiso de su pueblo para gestionar de esta manera el poder que se le otorgó, ni para hacer y deshacer a su antojo leyes y convenios, como si en lugar de ser un Presidente democráticamente elegido se tratara de un tirano que se apodera por la fuerza de un territorio, para su interés personal, obviando las necesidades vitales de la gente y traicionando la confianza que en él depositaron, obnubilados por sus falsas promesas.
Y no vale excusarse en que la herencia recibida no fue lo buena que se esperaba. Los no entendidos en la materia, ya sabíamos que el panorama que se cernía sobre nuestras cabezas era incierto y el PP, como principal partido de la oposición, contaba con muchos más recursos que la gente de a pie para tener una idea aproximada de cuál era la situación, y aún así se comprometió en la campaña a que en sus manos estaba la solución de esta crisis. Olvidó desde luego decir cuál era el precio que la ciudadanía tendría que pagar por ello y los métodos que emplearía para lograrlo. Tampoco dijo, desde luego, cuál era su idea de la solución, ni hacia dónde nos conduciría su afán reformista, porque de haberlo dicho, hoy no estaría sentado en el trono de poder que tanto deseaba.
Amparado en una continuada promesa de acabar con la crisis, tras la desastrosa gestión de Zapatero en la última legislatura, Rajoy obtuvo la confianza de casi 11.000.000 de españoles y tomó posesión como Presidente de la Nación, aclamado por los suyos como si se tratara de un héroe.
Pero recibir un apoyo que le permite una mayoría absoluta en el Parlamento nunca debe asociarse a tener la libertad de hacer y deshacer, por decreto, cualquier idea que atente directamente contra los intereses del pueblo y quién así lo crea, como es su caso, incurre en el gravísimo error de ser confundido con un dictador que actúa según su conveniencia, sin contar con la opinión fundamental de los ciudadanos, que al final, son los que sufren los sinsabores de una política de agresividad que los coloca a diario en el filo de la navaja.
No olvidemos que según el último recuento, la población española ronda los 60.000.000 de almas y que por tanto, los votantes que apoyaron a Rajoy en las últimas elecciones constituyen una auténtica minoría, aunque el sistema le permita gobernar en solitario, sin contar con la opinión que representan al grueso del panorama electoral.
En sólo cuatro meses de gestión, esa libertad ficticia que se toma Rajoy, ha traído al país las medidas más lesivas para la mayoría, de cuántas se habían tomado antes, incluyendo el periodo franquista.
Se han subido los impuestos, instaurado el despido libre y bajado considerablemente la cuantía de los finiquitos, exagerado la represión en cualquier acto de protesta, derogado la Ley de aborto aprobada con anterioridad, establecido el copago de medicinas en la sanidad , subido casi un cincuenta por ciento las tasas de matrícula universitaria, incrementado el número de horas trabajadas para el personal docente, rebajada la contribución a la investigación, aprobada una amnistía fiscal para los defraudadores de impuestos y otorgado a los empresarios un poder absoluto para decidir sobre el destino de los trabajadores, según su criterio, perdido el control de Repsol en Argentina, y decidido acabar con el modelo democrático de la TV pública, para ponerla en manos de alguien designado a dedo por el propio Partido Popular. Peligra la Ley de los Matrimonios Gay, la modificación de la Ley de Extranjería, y se prevé una subida del IVA a corto plazo, si la insaciable Europa sigue consintiendo que suba la prima de riesgo y las bolsas continúan bajando.
Sinceramente, si los españoles fueran consultados sobre todas y cada una de estas medidas, casi un cien por cien contestarían que no dieron su apoyo al señor Rajoy para que las llevara a cabo, sobre todo si mientras tanto no se ha creado un solo puesto de trabajo y encima, peligran los existentes, a causa de las reformas aplicadas por el gobierno que preside.
De celebrarse elecciones en este momento, Rajoy perdería por goleada, a pesar de su corta gestión al frente del país y con toda seguridad, al partido que representa le costaría levantar cabeza en el futuro para volver a gobernarnos, porque la mayoría centrista que fue el auténtico artífice de su victoria, ha empezado con su llegada a sufrir en carne propia todos aquellos recortes que inició Zapatero contra algunos colectivos, y ahora forma parte de los económicamente “represaliados”, con el agravante de haber contribuido con su voto, a tamaña monstruosidad.
Nada de esto era verdaderamente necesario, ni ha dado el menor atisbo de esperanza a la situación que atravesábamos, pues no se ha corregido en absoluto el negro camino que nos vemos obligados a recorrer, a causa de la codicia demostrada por banqueros y políticos, que salen indemnes de esta crisis.
Estos sacrificios que se nos exigen, culpabilizándonos de un desastre que no provocamos nosotros, el descaro de hacernos responsables de una mala gestión protagonizada exclusivamente por la sumisión a determinados poderes y la incapacidad para gobernar a favor de los pueblos, resultan sin duda imperdonables, si además atacan directamente a las raíces del bienestar social y nos privan de la libertad de poder decir basta, al menos hasta que pasen cuatro años.
Desoír la voz popular se ha convertido en algo habitual para este gobierno, que ya tiene en contra a estudiantes, funcionarios, pensionistas, trabajadores y parados de este país, sin que parezca que le importe, a juzgar por la agenda que tiene previsto poner en práctica y que preludia un estado de malestar general de incalculables consecuencias.
Alguien habría de informar a Rajoy de que no cuenta en modo alguno, con el permiso de su pueblo para gestionar de esta manera el poder que se le otorgó, ni para hacer y deshacer a su antojo leyes y convenios, como si en lugar de ser un Presidente democráticamente elegido se tratara de un tirano que se apodera por la fuerza de un territorio, para su interés personal, obviando las necesidades vitales de la gente y traicionando la confianza que en él depositaron, obnubilados por sus falsas promesas.
Y no vale excusarse en que la herencia recibida no fue lo buena que se esperaba. Los no entendidos en la materia, ya sabíamos que el panorama que se cernía sobre nuestras cabezas era incierto y el PP, como principal partido de la oposición, contaba con muchos más recursos que la gente de a pie para tener una idea aproximada de cuál era la situación, y aún así se comprometió en la campaña a que en sus manos estaba la solución de esta crisis. Olvidó desde luego decir cuál era el precio que la ciudadanía tendría que pagar por ello y los métodos que emplearía para lograrlo. Tampoco dijo, desde luego, cuál era su idea de la solución, ni hacia dónde nos conduciría su afán reformista, porque de haberlo dicho, hoy no estaría sentado en el trono de poder que tanto deseaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario