lunes, 9 de abril de 2012

La falsa caridad

Envanecidos por los favores que les otorga el gobierno Rajoy, descaradamente al lado de la doctrina católica, los obispos españoles han iniciado una particular cruzada, encaminada al exterminio de todas aquellas leyes que supongan un paso adelante, para ciertos asuntos directamente relacionados con la libertad y especialmente reñidos con el afán de ocultismo que ha caracterizado siempre a estos talibanes de sotana.
A pesar de haber mantenido en un espeluznante secreto los abusos sexuales practicados contra menores durante muchos años, por una gran parte de sacerdotes y altos cargos eclesiásticos, a la primera ocasión que se les presenta, y si es televisada mejor, los máximos representantes del Vaticano en nuestro país, no tienen ningún rubor en atacar directamente a la homosexualidad, como si éstas relaciones que ellos dan en considerar aberrantes, no fueran, ni hubieran sido una pauta de su comportamiento, representando entre sus filas un alto índice, aunque siempre relacionando su práctica con acciones delictivas cometidas contra no consentidores indefensos.
Basta indagar en las hemerotecas de cualquier parte del mundo, para tropezar con el atropello que, amparados en una suerte de autoridad divina, han estado perpetrando sobre menores, causando en ellos una serie de traumas que han marcado el transcurso de su vida posterior, en muchos casos sin posible recuperación para los afectados.
Y sin embargo, a pesar de haber exigido a la comunidad un perdón que, verdaderamente, no merecen, parece herir su susceptibilidad el hecho de que los Estados consientan en legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, que deciden libremente unir sus vidas, por amor, con parejas adultas de su misma tendencia, apelando a un derecho constitucional que les iguale con el resto de los ciudadanos, al fin.
Se empecinan en seguir considerando la homosexualidad como una enfermedad curable, que de serlo, colocaría en una embarazosa situación a la larga lista de pederastas que militan en sus filas, dando por sentado que nunca tuvieron el menor deseo de acudir a quienes pudieran devolverlos al camino recto, e incluso reincidieron en su pecado con contumacia, despreciando a la vez, el voto de castidad que juraron, cuando decidieron entrar en su Iglesia.
Condenados según sus propias leyes a los rigores del infierno, son sin embargo mantenidos en sus puestos, mientras se trata de resarcir a las víctimas de los abusos por medio de compensaciones económicas, exigiendo a cambio un silenciamiento permanente de los hechos, en un intento desesperado de evitar el desprestigio que este tipo de delitos causa a menudo entre sus seguidores, que cada vez se encuentran más alejados de la esencia caduca que representa un Magisterio incapaz de evolucionar con los tiempos.
Olvidan que pregonar la caridad no supone una serie de acciones puntuales a favor de unos cuantos desfavorecidos, ni que el Papa lave una vez al año los pies a doce sacerdotes el viernes santo. El sentido de la caridad que el mundo esperaría de los seguidores de Cristo, probablemente estaría más relacionado con un entendimiento entre las personas, absolutamente independiente de su color, creencias o tendencias sexuales, y siempre orientado a pretender la felicidad de los demás, como primera norma de su doctrina.
Arremeter contra la Ley de los matrimonios homosexuales o la del aborto desde un púlpito, es privar a una serie de seres humanos de la libertad de elegir el camino del cristianismo, en el primero de los casos, por el hecho de haber nacido con apetencias sexuales totalmente legítimas y en el segundo, por haber decidido, por razones de índole diversa, que tal vez convendría escuchar, interrumpir un embarazo no deseado, apelando a un derecho de decisión, que en última estancia, siempre ha de ser de la futura madre únicamente.
Por petición explícitade la Iglesia, ya se ha retirado de las escuelas la Educación para la Ciudadanía, con el pretexto de que suponía un adoctrinamiento para los alumnos, aunque la verdad es que la asignatura se limitaba a reflejar situaciones que se han hecho comunes en la sociedad que vivimos y, sin embargo, los sermones emitidos por los sacerdotes y obispos por los rincones de todo el territorio, no parecen representar para la curia romana una forma de influencia para los feligreses, a pesar de que en muchos casos son amenazados con la excomunión, si no acatan al pie de la letra, estos dogmas caducos de su macabro catecismo.
No se entiende que en un Estado constitucionalmente laico, se sigan permitiendo estas ingerencias casi diarias, en asuntos que atañen a la propia dignidad de las personas, ni que políticos de la formación ahora en el poder, se alineen con estas opiniones incendiarias que dejan en total desamparo a los ciudadanos a los que representan. No se entiende que en tiempos de crisis, se sigan otorgando subvenciones a un Estado Vaticano libre de deudas económicas, ni que se aplauda la radicalidad de este terrorismo eclesiástico, que atenta directamente contra los principios de libertad de nuestro pueblo.
No se entiende que no haya una reacción inmediata a este tipo de declaraciones, ni que se permita a individuos como el obispo de Alcalá de Henares hacer uso de la televisión pública para retransmitir a España entera sus opiniones obsoletas, ni que no haya sido llamado al orden por el gobierno, que con su silencio ampara a quien se atreve a semejante “proeza”.
Claro, que como alguien dijo una vez, su Dios siempre ha sido de derechas… y se le nota.

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