Cambio por unos días la precitación de las noticias por el dulce cuidado de mi nieto de cuatro meses, para que sus padres puedan disfrutar un poco de las fiestas de la tierra y retomar el encuentro con viejos amigos, de los que la reciente paternidad los apartó, por motivos más que evidentes.
Es éste un trabajo placentero, de esos que se hacen por amor, dejando inmediatamente a un lado cualquier cosa que interfiera en su desarrollo y que nada tiene que ver, en los tiempos que corren con fines lucrativos, ni crematísticos, ni sentimentales, además de aportar una renovación de experiencias, casi olvidadas por el inevitable paso del tiempo.
Todo ha cambiado tanto desde que una protagonizaba eventos de esta categoría, que no queda otra que tomar notas para no fracasar en el intento de suplir el bienhacer de estos nuevos progenitores absolutamente entregados y también para no defraudar en nada al recién llegado miembro de la familia, porque a pesar de ser un tierno infante poco entrenado aún en hacer crítica de cuanto acontece a su alrededor, parece ser un auténtico experto en demostrar sonoramente su desagrado cuando algo no complace sus expectativas y podría decirse, que apunta maneras en tener opiniones personales sobre los que le rodeamos, premiándonos o castigándonos con sonrisa o llanto, en cada una de nuestras actuaciones.
En mi caso, habría que decir haciendo honor a la verdad, que mantenemos una relación plenamente satisfactoria, casi desde el primer momento en que nos vimos y que hay una complicidad de hecho en nuestras mutuas miradas y caricias, sin que nadie pueda negar que ejercemos los dos, a la perfección, nuestras respectivas funciones de abuela y nieto.
Pero hasta ahora, no habíamos compartido momentos de nocturnidad, por lo cual estamos ambos un poco nerviosos por lo que se nos avecina, yo preguntándome si seré capaz de salir airosa de nuestra primera noche juntos y él calculando para sus adentros hasta dónde podrá llevar su tierno modo de abusar de mi bondad, prolongando su estancia en el mundo de los mayores un poco más de lo que es habitual en la rutina que sus padres le tienen impuesta.
He de admitir que conmigo lo tiene ciertamente fácil, pues le basta con dedicarme unas cuantas sonrisas y balbuceos para hacerme caer rendida a sus pies, sin que me sea posible negarle absolutamente nada de lo que me pida, a pesar de no articular aún palabra. Y aunque procuro seguir al pie de la letra la interminable letanía de instrucciones impuestas por sus progenitores, me tomo alguna que otra licencia, sucumbiendo sin miramientos a determinados caprichos que no me parecen nocivos para la estabilidad del infante, ni para la relación familiar que mantiene a diario, entre los muros de su casa.
Excusa mis pecados el hecho de que la situación durará sólo unos días y será fácil reconducir las pequeñas desviaciones del camino trazado, sin tener que afanarse demasiado, pues resulta asombrosa la capacidad de entendimiento que ahora tienen los niños de cuatro meses y cómo son capaces de calibrar qué talante tiene quien se encuentra en cada momento con ellos.
De momento, he tenido que esperar a que encontrara el sueño para escribir este artículo y mañana, ya veremos si tengo un momento para poder hacerlo, pero los escritores también tenemos intimidad…y ésta es ahora mismo la mía.
Es éste un trabajo placentero, de esos que se hacen por amor, dejando inmediatamente a un lado cualquier cosa que interfiera en su desarrollo y que nada tiene que ver, en los tiempos que corren con fines lucrativos, ni crematísticos, ni sentimentales, además de aportar una renovación de experiencias, casi olvidadas por el inevitable paso del tiempo.
Todo ha cambiado tanto desde que una protagonizaba eventos de esta categoría, que no queda otra que tomar notas para no fracasar en el intento de suplir el bienhacer de estos nuevos progenitores absolutamente entregados y también para no defraudar en nada al recién llegado miembro de la familia, porque a pesar de ser un tierno infante poco entrenado aún en hacer crítica de cuanto acontece a su alrededor, parece ser un auténtico experto en demostrar sonoramente su desagrado cuando algo no complace sus expectativas y podría decirse, que apunta maneras en tener opiniones personales sobre los que le rodeamos, premiándonos o castigándonos con sonrisa o llanto, en cada una de nuestras actuaciones.
En mi caso, habría que decir haciendo honor a la verdad, que mantenemos una relación plenamente satisfactoria, casi desde el primer momento en que nos vimos y que hay una complicidad de hecho en nuestras mutuas miradas y caricias, sin que nadie pueda negar que ejercemos los dos, a la perfección, nuestras respectivas funciones de abuela y nieto.
Pero hasta ahora, no habíamos compartido momentos de nocturnidad, por lo cual estamos ambos un poco nerviosos por lo que se nos avecina, yo preguntándome si seré capaz de salir airosa de nuestra primera noche juntos y él calculando para sus adentros hasta dónde podrá llevar su tierno modo de abusar de mi bondad, prolongando su estancia en el mundo de los mayores un poco más de lo que es habitual en la rutina que sus padres le tienen impuesta.
He de admitir que conmigo lo tiene ciertamente fácil, pues le basta con dedicarme unas cuantas sonrisas y balbuceos para hacerme caer rendida a sus pies, sin que me sea posible negarle absolutamente nada de lo que me pida, a pesar de no articular aún palabra. Y aunque procuro seguir al pie de la letra la interminable letanía de instrucciones impuestas por sus progenitores, me tomo alguna que otra licencia, sucumbiendo sin miramientos a determinados caprichos que no me parecen nocivos para la estabilidad del infante, ni para la relación familiar que mantiene a diario, entre los muros de su casa.
Excusa mis pecados el hecho de que la situación durará sólo unos días y será fácil reconducir las pequeñas desviaciones del camino trazado, sin tener que afanarse demasiado, pues resulta asombrosa la capacidad de entendimiento que ahora tienen los niños de cuatro meses y cómo son capaces de calibrar qué talante tiene quien se encuentra en cada momento con ellos.
De momento, he tenido que esperar a que encontrara el sueño para escribir este artículo y mañana, ya veremos si tengo un momento para poder hacerlo, pero los escritores también tenemos intimidad…y ésta es ahora mismo la mía.

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