Los 10.000 millones de recorte en Sanidad y Educación, caen como una pesada losa sobre las maltrechas espaldas del pueblo español, que ve cómo se difuminan las promesas electorales de Rajoy, sin que ninguna de sus medidas sirva para mejorar nuestra situación, a ojos de la Comunidad Económica Europea.
Afectados por una rigidez que sólo se dirige contra ellos, los ciudadanos empiezan a ser conscientes de estar perdiendo poco a poco lo que con su esfuerzo llegaron a conseguir y comienzan a comprender que, en adelante, su salud y su formación dependerán peligrosamente de su nivel económico, al desaparecer de sus vidas la universalidad que tanto nos envidiaban cierto tipo de naciones mucho más avanzadas que la nuestra.
Este nuevo sacrificio exigido, que viene a sumarse a todos los anteriormente decretados por el gobierno Zapatero y por éste, no consigue frenar la voracidad europea y aún sitúa nuestra prima de riesgo en cifras catastróficamente altas, que parecen aproximarnos de una manera irremediable, al rescate final.
Exactamente igual que ocurrió con Grecia y con Italia, nada basta a los mercados financieros, que probablemente han puesto los ojos en nuestro país como próximo objetivo de su colonización encubierta y que ya ni siquiera se molestan en disimular su avidez, ni con la llegada al poder de sus correligionarios, mientras intentan acelerar todo lo posible la instauración de su feroz sistema neo capitalista en nuestro territorio, independientemente del resultado de las urnas o la voluntad de sus habitantes.
Si nada mejora, cosa bastante previsible, acabaremos por tener también nosotros como Presidente, a cualquier banquero retirado que maneje con soltura las fichas de los mercados, sufriendo una pérdida de identidad, que ya han sufrido en carne propia otros países mediterráneos.
Un buen día nos levantaremos con la noticia de que estamos al borde de la intervención y nos pintarán como necesario un cambio de gobierno que condene nuestra decisión electoral al ostracismo, y que traiga consigo la imposición de alguna figura desconocida, que se haga cargo, in extremis, de la resolución de nuestra continuada crisis.
Entre ese momento y la caída directa en la pobreza, no habrá una distancia demasiado grande y todos aquellos derechos que durante años disfrutamos en el terreno social, como premio a la lucha de varias generaciones, se convertirán en un bonito recuerdo.
De poco servirán ya entonces las salidas masivas a las calles, o la inmolación de los individuos más desafortunados a las puertas de nuestro Parlamento. Habremos aceptado entrar en su juego y no habrá vuelta atrás.
Entretanto, D. Mariano Rajoy permanece en su atalaya de inaccesibilidad, sin que tengamos la suerte de que nos explique en persona los cambios diarios a que nos somete. Quizá no se atreve a enfrentarse a su propia responsabilidad por miedo a una caída vertiginosa de su imagen y delega continuamente en sus bien entrenados colaboradores, para que desglosen unos cambios que más parecen fruto de una precipitación frenética, que de un análisis profundo de los temas que nos preocupan.
Ni una sola referencia, sin embargo, al desbordante problema de desempleo que tan fieramente nos atañe y menos aún a la aplicación inmediata de algún remedio que empiece a frenar el sórdido panorama de los trabajadores. Ninguna exigencia a empresarios ni Banca, auténticos artífices del comienzo de la crisis, ni a los corruptos que estafaron al Estado, esquilmando sus recursos, a lo largo de toda la geografía nacional.
A esta hora, la reacción de los partidos de la oposición sigue siendo de una inusitada tibieza y una vez más, viene a demostrar la impactante soledad y desamparo en que nos encontramos inmersos, huérfanos de auténticas voces que defiendan nuestros intereses de clase, alineándose en nuestras filas.
Nuestro peor enemigo, sin duda, es el desconocimiento de nuestra propia fuerza y dejarnos aniquilar por el miedo que nos produce esta estrategia manipuladora, que no espera otra reacción que el silencio.
Víctimas de nuestra propia incapacidad para la rebeldía, e invadidos por una malsana resignación que paraliza nuestros movimientos, sólo la esperanza de un despertar colectivo hace posible mejorar el futuro incierto. Y las voces libres que se atreven a contar nuestra historia presente, sin la maléfica influencia de ningún poder que las amordace ni las compre.
Afectados por una rigidez que sólo se dirige contra ellos, los ciudadanos empiezan a ser conscientes de estar perdiendo poco a poco lo que con su esfuerzo llegaron a conseguir y comienzan a comprender que, en adelante, su salud y su formación dependerán peligrosamente de su nivel económico, al desaparecer de sus vidas la universalidad que tanto nos envidiaban cierto tipo de naciones mucho más avanzadas que la nuestra.
Este nuevo sacrificio exigido, que viene a sumarse a todos los anteriormente decretados por el gobierno Zapatero y por éste, no consigue frenar la voracidad europea y aún sitúa nuestra prima de riesgo en cifras catastróficamente altas, que parecen aproximarnos de una manera irremediable, al rescate final.
Exactamente igual que ocurrió con Grecia y con Italia, nada basta a los mercados financieros, que probablemente han puesto los ojos en nuestro país como próximo objetivo de su colonización encubierta y que ya ni siquiera se molestan en disimular su avidez, ni con la llegada al poder de sus correligionarios, mientras intentan acelerar todo lo posible la instauración de su feroz sistema neo capitalista en nuestro territorio, independientemente del resultado de las urnas o la voluntad de sus habitantes.
Si nada mejora, cosa bastante previsible, acabaremos por tener también nosotros como Presidente, a cualquier banquero retirado que maneje con soltura las fichas de los mercados, sufriendo una pérdida de identidad, que ya han sufrido en carne propia otros países mediterráneos.
Un buen día nos levantaremos con la noticia de que estamos al borde de la intervención y nos pintarán como necesario un cambio de gobierno que condene nuestra decisión electoral al ostracismo, y que traiga consigo la imposición de alguna figura desconocida, que se haga cargo, in extremis, de la resolución de nuestra continuada crisis.
Entre ese momento y la caída directa en la pobreza, no habrá una distancia demasiado grande y todos aquellos derechos que durante años disfrutamos en el terreno social, como premio a la lucha de varias generaciones, se convertirán en un bonito recuerdo.
De poco servirán ya entonces las salidas masivas a las calles, o la inmolación de los individuos más desafortunados a las puertas de nuestro Parlamento. Habremos aceptado entrar en su juego y no habrá vuelta atrás.
Entretanto, D. Mariano Rajoy permanece en su atalaya de inaccesibilidad, sin que tengamos la suerte de que nos explique en persona los cambios diarios a que nos somete. Quizá no se atreve a enfrentarse a su propia responsabilidad por miedo a una caída vertiginosa de su imagen y delega continuamente en sus bien entrenados colaboradores, para que desglosen unos cambios que más parecen fruto de una precipitación frenética, que de un análisis profundo de los temas que nos preocupan.
Ni una sola referencia, sin embargo, al desbordante problema de desempleo que tan fieramente nos atañe y menos aún a la aplicación inmediata de algún remedio que empiece a frenar el sórdido panorama de los trabajadores. Ninguna exigencia a empresarios ni Banca, auténticos artífices del comienzo de la crisis, ni a los corruptos que estafaron al Estado, esquilmando sus recursos, a lo largo de toda la geografía nacional.
A esta hora, la reacción de los partidos de la oposición sigue siendo de una inusitada tibieza y una vez más, viene a demostrar la impactante soledad y desamparo en que nos encontramos inmersos, huérfanos de auténticas voces que defiendan nuestros intereses de clase, alineándose en nuestras filas.
Nuestro peor enemigo, sin duda, es el desconocimiento de nuestra propia fuerza y dejarnos aniquilar por el miedo que nos produce esta estrategia manipuladora, que no espera otra reacción que el silencio.
Víctimas de nuestra propia incapacidad para la rebeldía, e invadidos por una malsana resignación que paraliza nuestros movimientos, sólo la esperanza de un despertar colectivo hace posible mejorar el futuro incierto. Y las voces libres que se atreven a contar nuestra historia presente, sin la maléfica influencia de ningún poder que las amordace ni las compre.

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