Amparado en excusas del pasado, el gobierno de Mariano Rajoy anuncia los recortes previstos para el próximo año, pretextando de entrada, que se tratan de medidas muy drásticas, que exigen un nuevo sacrificio a la ciudadanía, si se quieren alcanzar los objetivos exigidos por Europa y evitar una intervención.
Tras la amnistía Fiscal promulgada en días anteriores, un recorte de veintisiete mil quinientos millones de euros, del gasto público, oscila como una espada de Damocles sobre las cabezas de los españoles, que cierran los ojos esperando que caiga sobre su nuca, en el momento que menos se piense.
Llama poderosamente la atención, sin embargo, el mínimo recorte en gastos relacionados con la defensa, en un país en paz, y la persistencia en mantener acuerdos, como el establecido con la Iglesia Católica, en un país constitucionalmente laico, como si las armas y la religión fueran imprescindibles, en un momento de crisis aguda, como éste.
La agresividad de este enorme tijeretazo en partidas relacionadas con el gasto social es tremenda y pone en serio peligro, no solo a unos cuantos colectivos con necesidades muy específicas, como los que precisan acogerse a la Ley de dependencia o a las mujeres víctimas del mal trato, sino a la totalidad del país, haciendo tambalearse lo invertido en Sanidad o Educación públicas, tan imprescindibles para el buen funcionamiento de nuestra sociedad, y que tan excelentes resultados habían dado hasta ahora, despertando la envidia de naciones mucho más poderosas que la nuestra.
Otra partida claramente perjudicada por los ajustes, es la de los ingresos destinados a la ciencia y a la investigación, en una especie de razonamiento incomprensible, que nos priva de la posibilidad de un crecimiento puntero, en campos de vanguardia como éstos, condenándonos a un más que probable ostracismo, si ahora se pierde el ritmo de modernidad que habíamos adquirido en los últimos tiempos.
Si no importa la formación, y se nos condena a un cambio paulatino de nuestros bien asentados sistemas sanitario y educativo, llevándonos hacia una privatización que representa un paso atrás en el nivel de bienestar de los ciudadanos ¿qué clase de reforma está llevando a cabo Rajoy, y cuál es el fin que persigue, con estas medidas que acogotan, sin compasión, a las clases medias y humildes del país que regenta?
Solo una temeraria teoría parece sostenerse, en este disparate político que protagoniza la clase conservadora, que intenta desesperadamente convencernos de la necesidad de una destrucción de lo que representa nuestra actual forma de vida: una manipulación total de los poderes económicos sobre los seres humanos y una anulación destructiva de cuanto represente una igualdad relativa entre clases sociales y un respeto por los derechos adquiridos, durante duros años de lucha.
La contestación, por ejemplo, al fracaso electoral del PP en Andalucía, no se ha hecho esperar. Ya han recurrido la pretensión de un pacto con las farmacéuticas para abaratar el precio de los medicamentos, y se proponen recortar considerablemente el aporte estatal a esta comunidad, en relación con su número de habitantes.
Y sin embargo, se sigue permitiendo el pluriempleo de los ministros, que conservan una flota de cinco coches oficiales por cabeza, o se trata de echar tierra encima de casos como el Gurtel, estrechamente relacionado con miembros de mucha importancia en las filas del Partido Popular.
El combate que ahora deberán librar los ciudadanos no permite tregua y ha de ser una tarea diaria, salir a la calle a demostrar la indignación que produce esta indefensión inducida, precisamente, por aquellos a los que el voto de las mayorías colocó donde están, encandiladas por una serie de promesas electorales falaces, que han derivado, por ejemplo, en treinta y ocho mil parados más, este mes de Marzo.
Si la solución de la crisis que nos ofrecen, pasa por la degradación y la pobreza, habremos de oponernos con contundencia, a cualquier iniciativa que surja de quienes se colocan, justo al otro lado de nuestros intereses, abandonándonos a una suerte negra, tejida con pulcritud, ya desde Europa, ya desde las altas esferas de nuestro propio país, sin el valor suficiente para atajar la crisis en sus cimientos, es decir, en la banca que la originó hipotecándonos de por vida, en créditos imposibles de devolver, en cuanto se derrumbó la burbuja inmobiliaria.
Si en lugar de restar del gasto social, se exigiera la inmediata devolución del dinero puesto a disposición de los banqueros y el que se ha sustraído en todos y cada uno de los casos de corrupción acaecidos en los últimos años, España no solo no necesitaría ser rescatada, sino que estaría en el camino de poder recuperar el empleo perdido, por la terrible gestión de sus nefastos políticos.
Tras la amnistía Fiscal promulgada en días anteriores, un recorte de veintisiete mil quinientos millones de euros, del gasto público, oscila como una espada de Damocles sobre las cabezas de los españoles, que cierran los ojos esperando que caiga sobre su nuca, en el momento que menos se piense.
Llama poderosamente la atención, sin embargo, el mínimo recorte en gastos relacionados con la defensa, en un país en paz, y la persistencia en mantener acuerdos, como el establecido con la Iglesia Católica, en un país constitucionalmente laico, como si las armas y la religión fueran imprescindibles, en un momento de crisis aguda, como éste.
La agresividad de este enorme tijeretazo en partidas relacionadas con el gasto social es tremenda y pone en serio peligro, no solo a unos cuantos colectivos con necesidades muy específicas, como los que precisan acogerse a la Ley de dependencia o a las mujeres víctimas del mal trato, sino a la totalidad del país, haciendo tambalearse lo invertido en Sanidad o Educación públicas, tan imprescindibles para el buen funcionamiento de nuestra sociedad, y que tan excelentes resultados habían dado hasta ahora, despertando la envidia de naciones mucho más poderosas que la nuestra.
Otra partida claramente perjudicada por los ajustes, es la de los ingresos destinados a la ciencia y a la investigación, en una especie de razonamiento incomprensible, que nos priva de la posibilidad de un crecimiento puntero, en campos de vanguardia como éstos, condenándonos a un más que probable ostracismo, si ahora se pierde el ritmo de modernidad que habíamos adquirido en los últimos tiempos.
Si no importa la formación, y se nos condena a un cambio paulatino de nuestros bien asentados sistemas sanitario y educativo, llevándonos hacia una privatización que representa un paso atrás en el nivel de bienestar de los ciudadanos ¿qué clase de reforma está llevando a cabo Rajoy, y cuál es el fin que persigue, con estas medidas que acogotan, sin compasión, a las clases medias y humildes del país que regenta?
Solo una temeraria teoría parece sostenerse, en este disparate político que protagoniza la clase conservadora, que intenta desesperadamente convencernos de la necesidad de una destrucción de lo que representa nuestra actual forma de vida: una manipulación total de los poderes económicos sobre los seres humanos y una anulación destructiva de cuanto represente una igualdad relativa entre clases sociales y un respeto por los derechos adquiridos, durante duros años de lucha.
La contestación, por ejemplo, al fracaso electoral del PP en Andalucía, no se ha hecho esperar. Ya han recurrido la pretensión de un pacto con las farmacéuticas para abaratar el precio de los medicamentos, y se proponen recortar considerablemente el aporte estatal a esta comunidad, en relación con su número de habitantes.
Y sin embargo, se sigue permitiendo el pluriempleo de los ministros, que conservan una flota de cinco coches oficiales por cabeza, o se trata de echar tierra encima de casos como el Gurtel, estrechamente relacionado con miembros de mucha importancia en las filas del Partido Popular.
El combate que ahora deberán librar los ciudadanos no permite tregua y ha de ser una tarea diaria, salir a la calle a demostrar la indignación que produce esta indefensión inducida, precisamente, por aquellos a los que el voto de las mayorías colocó donde están, encandiladas por una serie de promesas electorales falaces, que han derivado, por ejemplo, en treinta y ocho mil parados más, este mes de Marzo.
Si la solución de la crisis que nos ofrecen, pasa por la degradación y la pobreza, habremos de oponernos con contundencia, a cualquier iniciativa que surja de quienes se colocan, justo al otro lado de nuestros intereses, abandonándonos a una suerte negra, tejida con pulcritud, ya desde Europa, ya desde las altas esferas de nuestro propio país, sin el valor suficiente para atajar la crisis en sus cimientos, es decir, en la banca que la originó hipotecándonos de por vida, en créditos imposibles de devolver, en cuanto se derrumbó la burbuja inmobiliaria.
Si en lugar de restar del gasto social, se exigiera la inmediata devolución del dinero puesto a disposición de los banqueros y el que se ha sustraído en todos y cada uno de los casos de corrupción acaecidos en los últimos años, España no solo no necesitaría ser rescatada, sino que estaría en el camino de poder recuperar el empleo perdido, por la terrible gestión de sus nefastos políticos.

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