jueves, 19 de abril de 2012

No hay perdón

De todas las equivocaciones posibles, las que afectan gravemente a la dignidad de otros, seguramente son las peores y cuando a la indignidad sufrida se añade además una nutrida dosis de profunda injusticia, la falta suele a menudo convertirse en algo imperdonable.
Una vez hecho el daño, de nada sirve disculparse intentando tocar la fibra sensible de quién lo sufrió ni escudarse en una ignorancia, a menudo ficticia, para intentar enterrar el error en la profundidad del olvido, pues la dignidad es el único e intransferible tesoro que posee el ser humano para recordar que lo es y por tanto, ha de ser guardado celosamente como algo inviolable, sin conceder la oportunidad de que el caso pueda volver a repetirse.
En esta época convulsa que nos ha tocado vivir, se da un fenómeno de extraordinaria sensibilización cuando se juzgan las acciones de las figuras representativas de los países y aunque se intenta minimizar los sinsabores que produce comprobar que la corrupción suele convertirse en algo habitual en cuánto se relaciona con la política, todo se magnifica si mientras tanto, el estado de pobreza que soportan los ciudadanos comienza a ser verdaderamente alarmante.
El safari del rey, cuyo valor económico podría considerarse auténticamente desorbitado, hiere pues la poca dignidad que aún le queda a su pueblo, a los trabajadores que ven mermar sus posibilidades de llevar una vida decorosa y a los que ya nada tienen que perder, habiendo dejado en el camino cualquier posibilidad de futuro.
Hiere en lo más profundo a la nación que quien es considerado como su cabeza visible , se desligue alegremente de los problemas que afectan a los ciudadanos, embarcándose en aventuras lúdicas de dudoso gusto, que no dejan de pisotear el destino que nos aguarda, con una esperpéntica mueca de humor negro, incomprensible para la gente honrada.
Hiere que nos hayamos enterado de la peripecia a causa de una fractura de cadera y saber que de haber transcurrido todo sin incidentes, jamás hubiéramos tenido noticia del asunto, cuidadosamente silenciado por el entorno de la casa real y el grueso de la prensa del país.
Hiere que al soberano le permita su conciencia disfrutar de viajes como este, mientras una gran parte de su pueblo ha de vivir subsidiada por la caridad del Estado y el resto contempla a diario cómo sus gobernantes recortan de partidas imprescindibles como la Educación o la Sanidad, mientras se mantienen las cifras destinadas a una Familia Real, que luego las dilapida en tales eventos.
Hiere tener que asimilar que la desgracia que nos acompaña nos afecta exclusivamente a nosotros, que a diario nos vemos obligados a oír cómo se nos exigen sacrificios, se nos vapulea en nuestros principios y se nos va privando de todos los derechos, al mismo tiempo en que nuestro soberano se pone el mundo por montera y abandona el territorio patrio para desplazarse a la otra punta del mundo en pos de excitantes y costosas experiencias.
Por eso, de nada vale la estrategia de colocarse ante las cámaras para pedir un oportuno perdón que a nadie convence y que no cura en absoluto, la indignación que despierta caer en la cuenta de que vivimos realidades tan diferentes.
No hay perdón para quien abandonando sus deberes, fomentando con sus actos unas diferencias tan insalvables, para quien se aparta conscientemente de la rectitud de su obligado camino, desentendiéndose de la triste verdad que nos acompaña y se coloca en una inusitada situación de privilegio, sin ni siquiera haber pasado por el refrendo de las urnas, cometiendo un inexcusable pecado de egoísmo personal, pasando por encima del bien de la mayoría.
No se puede restar importancia a esta falta de responsabilidad real, ni se debe permitir que se repitan episodios como éste y de algún modo, habría que ir planteándose con rigor, hasta qué punto es lícito mantener en un puesto al que no hace honor, a quien lo ocupa por apellido y que tanto nos cuesta, en un momento en el que se precisa de todos los recursos para superar una crisis que nos arrastra irremediablemente a un negro camino sin retorno.
No nos permite nuestro honor hacer borrón y cuenta nueva ante la injustificada pasividad del monarca y es obligación nuestra exigir una conducta ejemplar por su parte, lejos del lujo propio de una sociedad medieval que hace tiempo quedó enterrada en la profundidad de la historia, acabando con el vasallaje de los pueblos y concediendo a los ciudadanos la oportunidad de elegir libremente a sus gobernantes.



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