Mientras el pueblo español hace números sin conseguir llegar a fin de mes y la amenaza de una intervención económica se cierne sobre los presupuestos más austeros de la historia de la Democracia, la cabeza visible de nuestro Estado se marcha de safari a Botswana y sufre allí una aparatosa caída, que le obliga a regresar al país, para ser operado en una Clínica privada, considerada de lujo entre los medios sanitarios.
Los ciudadanos contemplan atónitos la grieta que se abre entre su modo de vida y el de esta monarquía constitucionalmente impuesta, que despilfarra medios económicos frente al empobrecimiento general y que se permite alardear de ellos, a pesar de que provienen de las arcas estatales, en un inusitado derroche empleado en fines totalmente lúdicos, sin demostrar un mínimo de solidaridad con los millones de desempleados que malviven con el subsidio mensual de cuatrocientos euros.
No es que el monarca no tenga derecho a unas vacaciones, que lo tiene en igual medida que el resto de los españoles, sino que su condición debiera obligarle a compartir también la penuria generalizada que nos azota en los últimos tiempos, colocándole en una posición de estrechez, absolutamente reñida con cualquier costosa afición que le aleje de sus compromisos laborales, que necesariamente han de pasar por procurar el bienestar de su pueblo, por encima de sus apetencias personales y la de todos los miembros que integran su muy prolífera parentela.
Además, una vez sufrido el accidente, ni siquiera ha demostrado apoyo al Sistema Sanitario Público, al poner su recuperación en manos de especialistas de la medicina privada, como si implícitamente estuviera de acuerdo con los futuros recortes que piensa poner en práctica el gobierno y que de tan mala fama gozan entre la totalidad de la ciudadanía.
Sin ahorrar medios, un equipo médico destinado en cuerpo y alma a su pronta recuperación, trabaja a marchas forzadas para ponerle de pie a la mayor brevedad posible, mientras los ciudadanos bajo su mandato soportan interminables listas de espera en los hospitales públicos, sobre todo si se trata de operaciones traumatológicas, que suelen tardar meses en ser realizadas.
Al caso Urdangarín y al del ex yerno que coloca armas de fuego en manos de un niño de doce años, habrá de sumarse ahora este descubrimiento vergonzoso de cómo se emplean los caudales en la Casa Real, coincidiendo por cierto con el aniversario de la proclamación de la segunda República, sin que se produzca una intervención gubernamental inmediata, que ponga freno a un dispendio tan desaconsejable, en la etapa que vivimos.
Ya resulta suficientemente gravoso tener que mantener una Institución como la Monarquía, como para comprobar que su actitud dista considerablemente de lo que sería el cumplimiento estricto de su deber, al ignorar enteramente, con sus actos, la agónica situación que atravesamos a consecuencia de esta interminable crisis, que en nada parece afectar sin embargo, a la vida de lujo que lleva la cabeza coronada que nos representa a los ojos del mundo.
Cuidar con celo esta imagen, debiera ser una condición indiscutible inherente al cargo y dice poco de los asesores que aconsejan al soberano y que no consiguen reprimir estos impulsos insolidarios que le alejan del deber, en el momento más inoportuno, propiciando una creciente impopularidad que en nada beneficia al futuro de un sistema de gobierno, francamente trasnochado y caduco.
Y no se conforma Su Majestad con alimentar su afición a la cinegética dando caza a conejos en los cotos del territorio patrio, sino que se deja fotografiar ante el cadáver de un desgraciado elefante, escopeta en ristre, para que nadie pueda dudar de la veracidad de sus andanzas, cuando la imagen en cuestión se publique en la prensa internacional, con los consiguientes comentarios al uso y con más libertad informativa que en las rotativas de aquí.
Esta fractura borbónica pues, no afectará solo a la cadera don de Juan Carlos, sino que puede a la vez empezar a fisurar el apoyo que el pueblo ha venido dándole, como recompensa a su intervención en el 23F, a pesar de que la lejanía de la fecha hace propicio comenzar a olvidar lo entonces ocurrido para centrarse en los problemas que nos acucian aquí y ahora.
Sin poder dar crédito a lo que ven, los vapuleados españolitos se preguntan si es lícito mantener con el escaso margen económico que les dejan los recortes practicados sobre su sueldo, estos desmanes africanos y otros muchos que nunca llegarán a saber, si no se producen por su causa accidentes que precisen de intervención médica.
Sin perder el sentido del humor, me quedo con un comentario que oí esta mañana:
-¡Qué mala suerte ha tenido el Rey!- decía un paisano- ¡Mira que caerse ahora que han quitado la Ley de Dependencia!
Los ciudadanos contemplan atónitos la grieta que se abre entre su modo de vida y el de esta monarquía constitucionalmente impuesta, que despilfarra medios económicos frente al empobrecimiento general y que se permite alardear de ellos, a pesar de que provienen de las arcas estatales, en un inusitado derroche empleado en fines totalmente lúdicos, sin demostrar un mínimo de solidaridad con los millones de desempleados que malviven con el subsidio mensual de cuatrocientos euros.
No es que el monarca no tenga derecho a unas vacaciones, que lo tiene en igual medida que el resto de los españoles, sino que su condición debiera obligarle a compartir también la penuria generalizada que nos azota en los últimos tiempos, colocándole en una posición de estrechez, absolutamente reñida con cualquier costosa afición que le aleje de sus compromisos laborales, que necesariamente han de pasar por procurar el bienestar de su pueblo, por encima de sus apetencias personales y la de todos los miembros que integran su muy prolífera parentela.
Además, una vez sufrido el accidente, ni siquiera ha demostrado apoyo al Sistema Sanitario Público, al poner su recuperación en manos de especialistas de la medicina privada, como si implícitamente estuviera de acuerdo con los futuros recortes que piensa poner en práctica el gobierno y que de tan mala fama gozan entre la totalidad de la ciudadanía.
Sin ahorrar medios, un equipo médico destinado en cuerpo y alma a su pronta recuperación, trabaja a marchas forzadas para ponerle de pie a la mayor brevedad posible, mientras los ciudadanos bajo su mandato soportan interminables listas de espera en los hospitales públicos, sobre todo si se trata de operaciones traumatológicas, que suelen tardar meses en ser realizadas.
Al caso Urdangarín y al del ex yerno que coloca armas de fuego en manos de un niño de doce años, habrá de sumarse ahora este descubrimiento vergonzoso de cómo se emplean los caudales en la Casa Real, coincidiendo por cierto con el aniversario de la proclamación de la segunda República, sin que se produzca una intervención gubernamental inmediata, que ponga freno a un dispendio tan desaconsejable, en la etapa que vivimos.
Ya resulta suficientemente gravoso tener que mantener una Institución como la Monarquía, como para comprobar que su actitud dista considerablemente de lo que sería el cumplimiento estricto de su deber, al ignorar enteramente, con sus actos, la agónica situación que atravesamos a consecuencia de esta interminable crisis, que en nada parece afectar sin embargo, a la vida de lujo que lleva la cabeza coronada que nos representa a los ojos del mundo.
Cuidar con celo esta imagen, debiera ser una condición indiscutible inherente al cargo y dice poco de los asesores que aconsejan al soberano y que no consiguen reprimir estos impulsos insolidarios que le alejan del deber, en el momento más inoportuno, propiciando una creciente impopularidad que en nada beneficia al futuro de un sistema de gobierno, francamente trasnochado y caduco.
Y no se conforma Su Majestad con alimentar su afición a la cinegética dando caza a conejos en los cotos del territorio patrio, sino que se deja fotografiar ante el cadáver de un desgraciado elefante, escopeta en ristre, para que nadie pueda dudar de la veracidad de sus andanzas, cuando la imagen en cuestión se publique en la prensa internacional, con los consiguientes comentarios al uso y con más libertad informativa que en las rotativas de aquí.
Esta fractura borbónica pues, no afectará solo a la cadera don de Juan Carlos, sino que puede a la vez empezar a fisurar el apoyo que el pueblo ha venido dándole, como recompensa a su intervención en el 23F, a pesar de que la lejanía de la fecha hace propicio comenzar a olvidar lo entonces ocurrido para centrarse en los problemas que nos acucian aquí y ahora.
Sin poder dar crédito a lo que ven, los vapuleados españolitos se preguntan si es lícito mantener con el escaso margen económico que les dejan los recortes practicados sobre su sueldo, estos desmanes africanos y otros muchos que nunca llegarán a saber, si no se producen por su causa accidentes que precisen de intervención médica.
Sin perder el sentido del humor, me quedo con un comentario que oí esta mañana:
-¡Qué mala suerte ha tenido el Rey!- decía un paisano- ¡Mira que caerse ahora que han quitado la Ley de Dependencia!

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