martes, 22 de noviembre de 2011

Volver a empezar

Mientras España vive la resaca de los resultados electorales, el pueblo egipcio vuelve a tomar la plaza Tahrir, en contra del cariz que han tomado los acontecimientos, desde que el tirano Mubarak fue derrotado por la presión ciudadana.
Un ejercito ávido de perpetuarse en el poder, ha ido dilatando la convocatoria de las elecciones democráticas que suponía la primera reivindicación de los millares de personas que permanecieron acampadas en este lugar, ya convertido en icono para todos los que se han sumado a la revolución de los jazmines.
Confiados porque sus fuerzas armadas se habían negado desde el primer momento a reprimir las manifestaciones populares, los egipcios pusieron toda su esperanza en que, una vez iniciado el proceso para una normalización del país, se pondrían a las órdenes del primer gobierno salido de las urnas, sin contar con las dilatadas experiencias que otros pueblos han tenido que soportar, de aquellos que manejan la fuerza de las armas.
La erótica del poder, probablemente, ha tentado poderosamente a los militares de mayor graduación haciéndoles pensar que, pasado el tiempo, las aguas volverían a su cauce y la gente se olvidaría de aquello que exigió, conformándose con un cambio de caras, en las altas esferas que controlan la gobernanza de su nación.
La facilidad con que los ejércitos se perpetúan en el poder, nos es de sobra conocida, por la abundancia de ejemplos que se han dado a lo largo y ancho del planeta y por las terribles consecuencias que estas experiencias han dejado, en el recuerdo de todos nosotros.
Sin embargo, al no tratarse aquí de un golpe de Estado organizado, sino de una suerte de carambolas azarosas, la evolución del problema egipcio será sin duda diferente a cuántas hemos vivido con anterioridad y será interesante seguirla, para quienes confiamos desde el primer momento, en la posibilidad de que esta nación milenaria, subiera al carro de la democracia, reconquistando los derechos que le fueron hurtados por tan larga tiranía.
Como era de esperar, un pueblo que nada tiene que perder, está dispuesto a no hacer concesiones que no satisfagan sus peticiones y a llegar hasta el final en la defensa de sus intereses y los militares deben contar con que no se producirá una rendición pacífica, como seguramente esperaban, al ser los dueños del armamento necesario para aplastar la rebelión.
Podría temerse sin embargo, que el problema derivara al modo de lo sucedido en Libia y que la democracia tuviera un elevado costo en vidas humanas, manchando así la hermosa aventura emprendida por los pueblos árabes en pos de la libertad.
Es de esperar, no obstante, algún tipo de ofrecimiento por parte de la junta militar, en un intento a la desesperada por no deshacerse de los privilegios adquiridos, pero la extrema situación de pobreza que soporta el pueblo egipcio, no puede ser, en modo alguno, subyugada por vanas promesas que nunca se cumplirán.
Expectantes ante la cadena de acontecimientos que se abren ante nuestros ojos, no podemos hacer otra cosa que aguardar y desear a los desheredados del mundo que la fuerza de su unión consiga desterrar cualquier forma de esclavitud que silencie la voluntad de los pueblos.

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