Por primera vez en la historia de nuestra relativamente joven democracia, la siempre vituperada Andalucía se ha decidido a olvidar su tradicional voto de izquierdas para sumarse, a la desesperada, a la moda del cambio anunciado por la derecha, aunque manteniendo un gobierno autonómico regido aún, por el partido socialista.
Por ser la tierra en que he nacido, me consta que este voto ha sido fruto de la terrible indignación de haber sido colocados a la cabeza de las regiones con mayor índice de paro en el mundo y del hartazgo de más de veinticinco años de mandato por parte de unos dirigentes que en los últimos tiempos, no han sabido estar a la altura que esperaba la fidelidad de sus electores, abandonándolos a una suerte peor aún que la del resto de pobladores de las otras partes del territorio nacional.
No es de extrañar la alegría de los populares ni su machaconería en centrar su campaña en nuestros pueblos y ciudades con la intención de tomar al asalto esta región, hasta ahora hostil, dado el número de habitantes que la poblamos y su fuerza real en el panorama político de la nación.
Pero no han de engañarse los vencedores creyendo que de la noche a la mañana han sido capaces de transformar nuestro pensamiento en conservador o borrado de nuestra memoria los años de ignorancia y abandono que nos regalaron cada vez que estuvieron en la cresta de la ola. Debe quedarles claro que el voto andaluz no representa en modo alguno un triunfo de su corriente política, sino un castigo contundente al mal hacer de sus antecesores y a los casos de corrupción que viniendo de parte de la izquierda, parecen aún más graves e intolerables.
No deben apresurarse pues, en hacer juicios de valores engañosos ni a dar por sentado que en los próximos comicios autonómicos volverán a saborear las mieles del triunfo, terminando de teñir de azul el mapa de la península. Mucho tiene que llover de aquí a entonces y la situación es lo suficientemente mala como para vaticinar que será grande el desgaste de los recién llegados en poco tiempo y pequeños los avances tangibles que las clases humildes experimenten en su vida cotidiana, que es en definitiva lo que inclina su voto en las urnas.
Los andaluces pese a quién pese, ya no somos aquella masa de ignorantes que esclavos de la pobreza y del miedo, obedecían la voz del terrateniente subyugando su propia voluntad, sin derecho a la libertad de expresión o pensamiento. Hemos aprovechado como nadie los años que se nos han brindado para salir del pozo oscuro en el que malvivíamos y hecho uso de todos los recursos que se han puesto a nuestro alcance colocándonos con enorme esfuerzo, incluso por encima de las regiones que siempre gozaron de los mejores privilegios, Ya no se nos compra con un trozo de pan, ni somos el hazmerreír del mundo, engalanados con los manidos trajes de faralaes que tantos malos entendidos han traído a nuestra casa.
La búsqueda de nuestra identidad ha recorrido un largo y tortuoso camino hasta llegar aquí y se ha liberado de los tópicos impuestos sobre nuestro pecho como símbolo de una diferencia monstruosa que durante años ha sido nuestro peor enemigo.
Y puede que nuestro particular idioma, la facultad para integrar a los que vienen de otras culturas, o la tendencia a la alegría que caracteriza a nuestra gente, probablemente por razones meramente climáticas, confunda a los que miran desde lejos haciéndoles pensar que somos un pueblo facilón al que se engaña con promesas de futuro que luego se olvidarán.
Nada más lejos de la verdad que dar estos supuestos por ciertos, porque los andaluces están, estamos, en este preciso momento, aguardando en el cruce de caminos para cerciorarnos de que cuánto se nos dijo se cumpla a la mayor brevedad, sin importarnos para nada volver a cambiar de dirección, si detectamos el más mínimo hedor a mentira o comprobamos jugadas sucias en el transcurso de estos meses.
Esta tierra nuestra, nos parece, es un enorme tesoro a cuidar, milenario, universalista, rico en matices, en culturas varias y también en nuevos valores salidos de los sacrificios inenarrables de los que un día nos propusimos reinventar otra forma de ser andaluces.
Hace mal la derecha en pensar que ha puesto su bandera entre nosotros, si su intención es la de manipularnos con vagas palabras, en la creencia de que perdonaremos sus errores, dada la gravedad de la situación que sufrimos. El tiempo de perdonar, de soportar en silencio el maltrato, la discriminación y la saña con que tradicionalmente se nos trataba, pasó. Y yo me aventuro a dar por seguro que no volverá nunca. No lo consentiríamos, desde luego.
Por ser la tierra en que he nacido, me consta que este voto ha sido fruto de la terrible indignación de haber sido colocados a la cabeza de las regiones con mayor índice de paro en el mundo y del hartazgo de más de veinticinco años de mandato por parte de unos dirigentes que en los últimos tiempos, no han sabido estar a la altura que esperaba la fidelidad de sus electores, abandonándolos a una suerte peor aún que la del resto de pobladores de las otras partes del territorio nacional.
No es de extrañar la alegría de los populares ni su machaconería en centrar su campaña en nuestros pueblos y ciudades con la intención de tomar al asalto esta región, hasta ahora hostil, dado el número de habitantes que la poblamos y su fuerza real en el panorama político de la nación.
Pero no han de engañarse los vencedores creyendo que de la noche a la mañana han sido capaces de transformar nuestro pensamiento en conservador o borrado de nuestra memoria los años de ignorancia y abandono que nos regalaron cada vez que estuvieron en la cresta de la ola. Debe quedarles claro que el voto andaluz no representa en modo alguno un triunfo de su corriente política, sino un castigo contundente al mal hacer de sus antecesores y a los casos de corrupción que viniendo de parte de la izquierda, parecen aún más graves e intolerables.
No deben apresurarse pues, en hacer juicios de valores engañosos ni a dar por sentado que en los próximos comicios autonómicos volverán a saborear las mieles del triunfo, terminando de teñir de azul el mapa de la península. Mucho tiene que llover de aquí a entonces y la situación es lo suficientemente mala como para vaticinar que será grande el desgaste de los recién llegados en poco tiempo y pequeños los avances tangibles que las clases humildes experimenten en su vida cotidiana, que es en definitiva lo que inclina su voto en las urnas.
Los andaluces pese a quién pese, ya no somos aquella masa de ignorantes que esclavos de la pobreza y del miedo, obedecían la voz del terrateniente subyugando su propia voluntad, sin derecho a la libertad de expresión o pensamiento. Hemos aprovechado como nadie los años que se nos han brindado para salir del pozo oscuro en el que malvivíamos y hecho uso de todos los recursos que se han puesto a nuestro alcance colocándonos con enorme esfuerzo, incluso por encima de las regiones que siempre gozaron de los mejores privilegios, Ya no se nos compra con un trozo de pan, ni somos el hazmerreír del mundo, engalanados con los manidos trajes de faralaes que tantos malos entendidos han traído a nuestra casa.
La búsqueda de nuestra identidad ha recorrido un largo y tortuoso camino hasta llegar aquí y se ha liberado de los tópicos impuestos sobre nuestro pecho como símbolo de una diferencia monstruosa que durante años ha sido nuestro peor enemigo.
Y puede que nuestro particular idioma, la facultad para integrar a los que vienen de otras culturas, o la tendencia a la alegría que caracteriza a nuestra gente, probablemente por razones meramente climáticas, confunda a los que miran desde lejos haciéndoles pensar que somos un pueblo facilón al que se engaña con promesas de futuro que luego se olvidarán.
Nada más lejos de la verdad que dar estos supuestos por ciertos, porque los andaluces están, estamos, en este preciso momento, aguardando en el cruce de caminos para cerciorarnos de que cuánto se nos dijo se cumpla a la mayor brevedad, sin importarnos para nada volver a cambiar de dirección, si detectamos el más mínimo hedor a mentira o comprobamos jugadas sucias en el transcurso de estos meses.
Esta tierra nuestra, nos parece, es un enorme tesoro a cuidar, milenario, universalista, rico en matices, en culturas varias y también en nuevos valores salidos de los sacrificios inenarrables de los que un día nos propusimos reinventar otra forma de ser andaluces.
Hace mal la derecha en pensar que ha puesto su bandera entre nosotros, si su intención es la de manipularnos con vagas palabras, en la creencia de que perdonaremos sus errores, dada la gravedad de la situación que sufrimos. El tiempo de perdonar, de soportar en silencio el maltrato, la discriminación y la saña con que tradicionalmente se nos trataba, pasó. Y yo me aventuro a dar por seguro que no volverá nunca. No lo consentiríamos, desde luego.

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