Creyéndose ya dueño del Ente Público, acudió anoche Rajoy a una entrevista, incluida en la segunda edición del telediario, en la que desde el primer momento fue tratado por la presentadora como el ganador real de las próximas elecciones.
Mucho más sereno que el día del debate, tocó de pasada en el tiempo que le correspondió, toda suerte de temas relacionados con el gobierno de España, sin aclarar demasiado su auténtico programa y aún se permitió la licencia de criticar la dureza con que ha sido tratado por sus propios compañeros, en estos años como jefe de la oposición.
Se preocupó muy mucho de dulcificar su habitual discurso, obviando su manida crítica contra los socialistas y trató por todos los medios de atraer los votos de los colectivos más numerosos, esta vez, sin un papel que guiara sus palabras y en un clima de distendida conversación, sabiéndose ya, casi presidente.
Tras un repaso a los temas económicos, sin una sola referencia a cuáles serán las medidas que adoptará para capear el fiero temporal que azota a la vieja Europa y claramente posicionado al lado de los empresarios, como mandan los cánones de la ideología a la que representa, se atrevió a prometer a los trabajadores una rápida recuperación del empleo perdido, siempre contando con la buena voluntad de unos banqueros dispuestos a volver a conceder créditos, pero sin ofrecer una garantía específica que asegure su devolución.
Pasó conscientemente por alto la situación contagiosa que atraviesan países como Grecia o Italia, probablemente ilusionado con que el eje franco- alemán le permita saborear el poder por el que tan duramente ha luchado, sin intervenir de inmediato en nuestra nación, colocando al frente a uno de sus interventores, como se está poniendo de moda.
Habrá que anotar específicamente las promesas hechas a los siete millones de pensionistas y recordárselas en su momento, si se atreve a recortar de esa partida, dejando una duda razonable sobre las cabezas de los funcionarios, de los que se compadeció por su pérdida de poder adquisitivo, pero sin prometerse a no volver a rebajarlo y expresando claramente su voluntad de no convocar nuevas plazas, al menos en los próximos cuatro años.
Ni una sola referencia a los recortes solapados que están sufriendo la enseñanza y la sanidad en las comunidades autónomas que ya gobiernan los suyos, como si las entendederas del pueblo español no alcanzaran un mínimo nivel para la comprensión de los problemas que sufre y una ceguera colectiva se hubiera adueñado de nosotros, dejándonos en el limbo de cuánto padecemos en carne propia.
Habló sí, de los gastos excesivos de las comunidades autónomas, sin especificar por ejemplo, que a la cabeza de éstos se hallan la de Madrid o Valencia y no hizo alusión alguna a los múltiples casos de corrupción que han salpicado a sus militantes a todo lo largo y ancho de nuestro territorio.
Ambiguo y escurridizo, como siempre, falto del carisma que requiere un presidente con empaque, trató otra vez de dar esquinazo a temas como el de los matrimonios entre homosexuales o la ley del aborto, colocándose al lado de las posiciones defendidas por la Iglesia a la que pertenece, intentando no ser tachado por los obispos de hereje indeseable.
Fue sin embargo llamativo y mucho, que no fuera capaz de oponerse con su acostumbrada rotundidad a la negociación con ETA, sin hacer referencia en ningún momento a sus militantes como terroristas y dejando, supongo, cierta incertidumbre entre las víctimas, a las que tanto ha utilizado antes y durante la campaña electoral, como moneda de cambio, en sus continuas trifulcas con el partido en el gobierno.
Por primera vez, lanzó un mensaje subliminal a personajes como Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el propio Aznar, al referirse a ellos sin nombrarlos, cuando se quejó del arduo camino que le ha tocado recorrer hasta llegar aquí y afianzando su cercanía con la misma postura de moderación que dejó ver, cuando incluyó a Gallardón en las listas para el congreso por la ciudad de Madrid.
Sabiéndose ganador, relajó posturas hasta ahora innegociables y sacó más partido a su petición formal de votos, que en ninguno de sus enfervorizados mítines, plagados de nacionalismo español, trasnochado y violento.
Ni que decir tiene, que ni yo ni otras muchas víctimas de la indignación depositaremos nuestra papeleta a favor de su candidatura. Sigue, como los demás, sin representar a los ciudadanos de a pie, ni trae la solución a los acuciantes problemas diarios con que nos enfrentamos, ni consigue cambiar, con su ambigüedad, la intención de ninguno de nosotros, que por cierto, recordaremos al detalle sus promesas y se las recordaremos, sin ningún género de dudas, como siempre, desde los púlpitos de las calles que no pensamos abandonar.
Mucho más sereno que el día del debate, tocó de pasada en el tiempo que le correspondió, toda suerte de temas relacionados con el gobierno de España, sin aclarar demasiado su auténtico programa y aún se permitió la licencia de criticar la dureza con que ha sido tratado por sus propios compañeros, en estos años como jefe de la oposición.
Se preocupó muy mucho de dulcificar su habitual discurso, obviando su manida crítica contra los socialistas y trató por todos los medios de atraer los votos de los colectivos más numerosos, esta vez, sin un papel que guiara sus palabras y en un clima de distendida conversación, sabiéndose ya, casi presidente.
Tras un repaso a los temas económicos, sin una sola referencia a cuáles serán las medidas que adoptará para capear el fiero temporal que azota a la vieja Europa y claramente posicionado al lado de los empresarios, como mandan los cánones de la ideología a la que representa, se atrevió a prometer a los trabajadores una rápida recuperación del empleo perdido, siempre contando con la buena voluntad de unos banqueros dispuestos a volver a conceder créditos, pero sin ofrecer una garantía específica que asegure su devolución.
Pasó conscientemente por alto la situación contagiosa que atraviesan países como Grecia o Italia, probablemente ilusionado con que el eje franco- alemán le permita saborear el poder por el que tan duramente ha luchado, sin intervenir de inmediato en nuestra nación, colocando al frente a uno de sus interventores, como se está poniendo de moda.
Habrá que anotar específicamente las promesas hechas a los siete millones de pensionistas y recordárselas en su momento, si se atreve a recortar de esa partida, dejando una duda razonable sobre las cabezas de los funcionarios, de los que se compadeció por su pérdida de poder adquisitivo, pero sin prometerse a no volver a rebajarlo y expresando claramente su voluntad de no convocar nuevas plazas, al menos en los próximos cuatro años.
Ni una sola referencia a los recortes solapados que están sufriendo la enseñanza y la sanidad en las comunidades autónomas que ya gobiernan los suyos, como si las entendederas del pueblo español no alcanzaran un mínimo nivel para la comprensión de los problemas que sufre y una ceguera colectiva se hubiera adueñado de nosotros, dejándonos en el limbo de cuánto padecemos en carne propia.
Habló sí, de los gastos excesivos de las comunidades autónomas, sin especificar por ejemplo, que a la cabeza de éstos se hallan la de Madrid o Valencia y no hizo alusión alguna a los múltiples casos de corrupción que han salpicado a sus militantes a todo lo largo y ancho de nuestro territorio.
Ambiguo y escurridizo, como siempre, falto del carisma que requiere un presidente con empaque, trató otra vez de dar esquinazo a temas como el de los matrimonios entre homosexuales o la ley del aborto, colocándose al lado de las posiciones defendidas por la Iglesia a la que pertenece, intentando no ser tachado por los obispos de hereje indeseable.
Fue sin embargo llamativo y mucho, que no fuera capaz de oponerse con su acostumbrada rotundidad a la negociación con ETA, sin hacer referencia en ningún momento a sus militantes como terroristas y dejando, supongo, cierta incertidumbre entre las víctimas, a las que tanto ha utilizado antes y durante la campaña electoral, como moneda de cambio, en sus continuas trifulcas con el partido en el gobierno.
Por primera vez, lanzó un mensaje subliminal a personajes como Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el propio Aznar, al referirse a ellos sin nombrarlos, cuando se quejó del arduo camino que le ha tocado recorrer hasta llegar aquí y afianzando su cercanía con la misma postura de moderación que dejó ver, cuando incluyó a Gallardón en las listas para el congreso por la ciudad de Madrid.
Sabiéndose ganador, relajó posturas hasta ahora innegociables y sacó más partido a su petición formal de votos, que en ninguno de sus enfervorizados mítines, plagados de nacionalismo español, trasnochado y violento.
Ni que decir tiene, que ni yo ni otras muchas víctimas de la indignación depositaremos nuestra papeleta a favor de su candidatura. Sigue, como los demás, sin representar a los ciudadanos de a pie, ni trae la solución a los acuciantes problemas diarios con que nos enfrentamos, ni consigue cambiar, con su ambigüedad, la intención de ninguno de nosotros, que por cierto, recordaremos al detalle sus promesas y se las recordaremos, sin ningún género de dudas, como siempre, desde los púlpitos de las calles que no pensamos abandonar.

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