Buscaba yo hasta ayer, una razón que me arrastrara hasta las urnas para ejercer un derecho por el hubiera matado en mis años adolescentes y evocaba la hermosa emoción de aquella primera vez en que absolutamente ebria de recién estrenada libertad, aguardé hasta que abrieron el colegio, deseando expresar mi elección a través de mi bien ganado voto.
Tenía yo entonces veinticuatro años y una maleta cargada de confianza para depositar en todos aquellos que estrenarían un Parlamento construido sobre los escombros de una dictadura de cuarenta años, pero cimentado con los sueños de un país que se merecía la esperanza, después de la oscuridad.
Acostumbrados a convivir con el miedo, los españoles de entonces acometimos el futuro con una valentía probablemente irrepetible, resignándonos a dejar en muchos casos, dormir nuestro pasado y a curar las heridas con el bálsamo de encontrar por fin un camino por el que transitar sin ataduras y en el que nunca más se nos robara nuestro derecho a la verdad.
Esa verdad, tantas veces disfrazada después por los discursos partidistas, pisoteada por las ansias de poder de los asesinos de todas las ideología, adornada por el artificio grandilocuente de espejismos transitorios, ofrecidos como cebo para aniquilar el raciocinio de los hombres, ha quedado tristemente relegada a un olvido forzoso y ya no queda nadie dispuesto a defenderla, en este mundo que habitamos ahora.
Aquellos que se presentaron ante nosotros con las manos abiertas, desnudas de ambición, aspirando a dirigir la formación de un estado libre, aupando la bandera de una democracia que igualara a todos los hombre en la consecución de una vida mejor, han sucumbido a las apetecibles tentaciones de los mercados y han pasado de ocupar los escaños en que nos representaban, a los cómodos sillones que otorgan los despiadados dominios económicos y ya no viven para los hombres, sino para las cifras.
Ausentes de emoción, estas elecciones de hoy no son más que un aburrido trámite para cambiar al títere que preside el teatro de nuestra tragedia y nuestro miedo ya no se enfrenta al rostro de un enemigo conocido contra el que combatir hasta la extenuación, sino a una suerte de adversidades virtuales, incorpóreas, sin rostro y sin destino conocido al que llegar, para hacer visible nuestra indignación.
La intriga de conocer al ganador no remueve a los ciudadanos inermes ante su predeterminado porvenir y poco importa la orientación que tome a partir de mañana el recién llegado, porque la muerte de las ideas es un hecho y estamos a merced de otros vientos mucho más turbulentos que los que nos acompañaron hasta ahora.
Caerán en saco roto las promesas que se han sucedido durante estos días y el tiempo demostrará nuevamente, cómo nos han vuelto a mentir. Apelarán a nuevos argumentos para mortificarnos, denigrarán hasta el hartazgo a los que les antecedieron y serán sojuzgados por los mismos, hasta que o el mundo estalle, o todos seamos para siempre esclavos de este nuevo orden que ni siquiera comprendemos.
Tenía yo entonces veinticuatro años y una maleta cargada de confianza para depositar en todos aquellos que estrenarían un Parlamento construido sobre los escombros de una dictadura de cuarenta años, pero cimentado con los sueños de un país que se merecía la esperanza, después de la oscuridad.
Acostumbrados a convivir con el miedo, los españoles de entonces acometimos el futuro con una valentía probablemente irrepetible, resignándonos a dejar en muchos casos, dormir nuestro pasado y a curar las heridas con el bálsamo de encontrar por fin un camino por el que transitar sin ataduras y en el que nunca más se nos robara nuestro derecho a la verdad.
Esa verdad, tantas veces disfrazada después por los discursos partidistas, pisoteada por las ansias de poder de los asesinos de todas las ideología, adornada por el artificio grandilocuente de espejismos transitorios, ofrecidos como cebo para aniquilar el raciocinio de los hombres, ha quedado tristemente relegada a un olvido forzoso y ya no queda nadie dispuesto a defenderla, en este mundo que habitamos ahora.
Aquellos que se presentaron ante nosotros con las manos abiertas, desnudas de ambición, aspirando a dirigir la formación de un estado libre, aupando la bandera de una democracia que igualara a todos los hombre en la consecución de una vida mejor, han sucumbido a las apetecibles tentaciones de los mercados y han pasado de ocupar los escaños en que nos representaban, a los cómodos sillones que otorgan los despiadados dominios económicos y ya no viven para los hombres, sino para las cifras.
Ausentes de emoción, estas elecciones de hoy no son más que un aburrido trámite para cambiar al títere que preside el teatro de nuestra tragedia y nuestro miedo ya no se enfrenta al rostro de un enemigo conocido contra el que combatir hasta la extenuación, sino a una suerte de adversidades virtuales, incorpóreas, sin rostro y sin destino conocido al que llegar, para hacer visible nuestra indignación.
La intriga de conocer al ganador no remueve a los ciudadanos inermes ante su predeterminado porvenir y poco importa la orientación que tome a partir de mañana el recién llegado, porque la muerte de las ideas es un hecho y estamos a merced de otros vientos mucho más turbulentos que los que nos acompañaron hasta ahora.
Caerán en saco roto las promesas que se han sucedido durante estos días y el tiempo demostrará nuevamente, cómo nos han vuelto a mentir. Apelarán a nuevos argumentos para mortificarnos, denigrarán hasta el hartazgo a los que les antecedieron y serán sojuzgados por los mismos, hasta que o el mundo estalle, o todos seamos para siempre esclavos de este nuevo orden que ni siquiera comprendemos.

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