A veces, no conviene envalentonarse intentando convencer a los demás de esa absurda historia que dice que por la mente no pasan los años.
La percepción de que cuando lo que se peinan son casi todo canas, la capacidad de aprender ciertas cosas permanece inalterable, es sólo un espejismo interior, que en cuanto abandona su rincón de idealismo para pasar a la práctica, queda destrozado por la evidencia de que por mucho que uno se empeñe, tiene la edad que tiene y que los caminos que ahora se inician se hallan salpicados de cuestas escarpadas, por las que duele en el alma subir.
Una de estas bravuconadas imperdonables me hizo empecinarme en la idea de retomar el aprendizaje del inglés, abandonado hace más de treinta años y enredar en mi intento a mi muy bien preparada hija, convenciendo también a mi cándido yerno para que me acompañara en mi osadía.
Así que iniciamos la aventura con la ilusión que caracteriza a los principiantes y predeterminamos un horario para tales menesteres creyendo en nuestra bendita inocencia, que en un par de semanas seríamos capaces de hilar una sencilla conversación con un interlocutor anglo hablante, dada nuestra natural inteligencia.
Evidentemente, a mi improvisado compañero, le ayuda la cercanía a sus años estudiantiles y el desparpajo propio de su juventud le proporciona una maravillosa ausencia de miedo al ridículo, pero a mí, el tener que rehacer un hábito de estudio completamente olvidado y el bochorno de cometer errores garrafales en presencia de otros que antes me respetaban, me produce una sensación de pérdida de dignidad indescriptible y una certeza meridiana de merma de facultades, para asimilar con firmeza los nuevos retos que se me imponen como ineludibles.
No recordaba esta impresión desde mis años de colegio, cuando el estómago se me hacía un nudo al tener que repetir las lecciones de la odiada Geografía frente a una de aquellas monjas de toca y bigote, armadas con un imponente puntero de madera, que balanceaban con mirada amenazante.
Yo comprendo la necesidad de empezar a cimentar la materia por conceptos estrictamente necesarios y soy consciente de que mi ignorancia precisa de una base sobre la que poder apoyar temas de mayor envergadura, pero haber olvidado completamente las primeras lecciones estudiadas en otro tiempo, echa abajo mi fama de buena memoria y destroza sin compasión una imagen que me ha costado toda la vida labrar y que ahora languidece, a los acordes del verbo to be.
También gozaba yo de cierto prestigio, en cuanto a mi pronunciación y a mi capacidad de relatar historias en inglés, durante mis años de instituto e incluso era entonces capaz de superar exámenes orales en los que no intervenía el español y hasta me había aprendido la terrible lista de verbos irregulares tan temidos, incluidos sus significados y sus formas.
Y ahora, pobre de mí, por mucho que apelo a mi recuerdo, soy incapaz de ir más allá de cuatro transitivos y tres recurrentes auxiliares, con los que apenas puedo construir un infantiloide relato, sospechosamente parecido a las frases hechas de aquellas primeras cartillas en las que aprendimos a leer.
Desengañada por mi torpeza y arrepentida de haber embarcado en esta odisea a quien me enseña y a quien me acompaña, no me queda otra excusa que apelar a los recurrentes achaques de la edad, para justificar mi momentáneo fracaso.
Únicamente me consuela la obligada lectura de los textos que constituyen la tarea y cuyas tramas rayan en la paranoia del peor de los escritores, a pesar de ser versados en el idioma que manejan o incluso hablarlo desde que nacieron, en Inglaterra por ejemplo.
Quiero pensar que a poco que guarde de este aprendizaje tardío y en cuanto supere mi miedo al ridículo, me voy a atrever a escribir algo mucho más interesante, que estas frases sin pies ni cabeza que se impone traducir, si uno quiere estar a la moda y manejar el inglés con la soltura de un londinense.
La percepción de que cuando lo que se peinan son casi todo canas, la capacidad de aprender ciertas cosas permanece inalterable, es sólo un espejismo interior, que en cuanto abandona su rincón de idealismo para pasar a la práctica, queda destrozado por la evidencia de que por mucho que uno se empeñe, tiene la edad que tiene y que los caminos que ahora se inician se hallan salpicados de cuestas escarpadas, por las que duele en el alma subir.
Una de estas bravuconadas imperdonables me hizo empecinarme en la idea de retomar el aprendizaje del inglés, abandonado hace más de treinta años y enredar en mi intento a mi muy bien preparada hija, convenciendo también a mi cándido yerno para que me acompañara en mi osadía.
Así que iniciamos la aventura con la ilusión que caracteriza a los principiantes y predeterminamos un horario para tales menesteres creyendo en nuestra bendita inocencia, que en un par de semanas seríamos capaces de hilar una sencilla conversación con un interlocutor anglo hablante, dada nuestra natural inteligencia.
Evidentemente, a mi improvisado compañero, le ayuda la cercanía a sus años estudiantiles y el desparpajo propio de su juventud le proporciona una maravillosa ausencia de miedo al ridículo, pero a mí, el tener que rehacer un hábito de estudio completamente olvidado y el bochorno de cometer errores garrafales en presencia de otros que antes me respetaban, me produce una sensación de pérdida de dignidad indescriptible y una certeza meridiana de merma de facultades, para asimilar con firmeza los nuevos retos que se me imponen como ineludibles.
No recordaba esta impresión desde mis años de colegio, cuando el estómago se me hacía un nudo al tener que repetir las lecciones de la odiada Geografía frente a una de aquellas monjas de toca y bigote, armadas con un imponente puntero de madera, que balanceaban con mirada amenazante.
Yo comprendo la necesidad de empezar a cimentar la materia por conceptos estrictamente necesarios y soy consciente de que mi ignorancia precisa de una base sobre la que poder apoyar temas de mayor envergadura, pero haber olvidado completamente las primeras lecciones estudiadas en otro tiempo, echa abajo mi fama de buena memoria y destroza sin compasión una imagen que me ha costado toda la vida labrar y que ahora languidece, a los acordes del verbo to be.
También gozaba yo de cierto prestigio, en cuanto a mi pronunciación y a mi capacidad de relatar historias en inglés, durante mis años de instituto e incluso era entonces capaz de superar exámenes orales en los que no intervenía el español y hasta me había aprendido la terrible lista de verbos irregulares tan temidos, incluidos sus significados y sus formas.
Y ahora, pobre de mí, por mucho que apelo a mi recuerdo, soy incapaz de ir más allá de cuatro transitivos y tres recurrentes auxiliares, con los que apenas puedo construir un infantiloide relato, sospechosamente parecido a las frases hechas de aquellas primeras cartillas en las que aprendimos a leer.
Desengañada por mi torpeza y arrepentida de haber embarcado en esta odisea a quien me enseña y a quien me acompaña, no me queda otra excusa que apelar a los recurrentes achaques de la edad, para justificar mi momentáneo fracaso.
Únicamente me consuela la obligada lectura de los textos que constituyen la tarea y cuyas tramas rayan en la paranoia del peor de los escritores, a pesar de ser versados en el idioma que manejan o incluso hablarlo desde que nacieron, en Inglaterra por ejemplo.
Quiero pensar que a poco que guarde de este aprendizaje tardío y en cuanto supere mi miedo al ridículo, me voy a atrever a escribir algo mucho más interesante, que estas frases sin pies ni cabeza que se impone traducir, si uno quiere estar a la moda y manejar el inglés con la soltura de un londinense.

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