Cierra Italia la era Berlusconi apresuradamente, con un final truculento que recuerda a los de las películas americanas, en que la justicia aparta de la escena a los malvados haciendo prevalecer la verdad y en el cine de barrio en el que se proyecta, el público enfervorizado, dedica un aplauso al triunfo del bien, aunque en el fondo, no le cuadren los argumentos.
Se marcha el semidiós pagano contra su voluntad, empujado violentamente a la mazmorra de la cruda realidad que le aguarda, tras perpetuarse durante diecisiete años en el poder, de todas las maneras posibles y habiendo dejado tras de sí toda una lista de violaciones flagrantes de las leyes y una de las imágenes más vergonzosas, de cuántos líderes nos han rodeado, en estos años truculentos que nos han tocado presenciar.
Nunca sabremos por qué el pueblo italiano votaba reiterativamente a este rocambolesco personaje, poniendo su porvenir a su merced y perdonándole todas las hazañas que protagonizaba, como si el destino les hubiera condenado a tener que soportarlo, sin tener la más mínima posibilidad de apartarlo de su camino.
Y tampoco ahora es la opinión de los italianos la que lo lleva al retiro forzoso, sino toda una suerte de cataclismos económicos encadenados que se vuelven contra él, forzándolo a bajar del pedestal que se había construido, en su locura personal de sueños de grandeza.
Sin embargo, la situación en que deja al país, sumido en una ruina, hasta ayer mismo disfrazada por sus seguidores de laureles de triunfo, abre un amplio horizonte de dudas sobre las pretensiones de sus votantes y pone en el punto de mira también, a los que hasta ahora le abrazaban como socio de honor en la comunidad europea, con una especie de tácita complicidad hacia sus tremebundas historias.
Hasta el último momento, ha tratado el payaso de recoger apoyos en socios de indistinta condición, apurando las posibilidades de, como otras veces, salir victorioso de las corruptelas que se han urdido a su alrededor, tal vez consciente de su deuda con la justicia y temiendo que el abandono del poder traiga consigo un ajuste de cuentas ineludible, con todos aquellos a los que durante sus años de gloria perjudicó, burlándose de la ley y actuando siempre en beneficio propio.
Su imagen de gigoló archioperado, saliendo por la puerta de atrás de la escena política, habla por sí misma y no necesita comentarios que aclaren la caída estrepitosa del ídolo hortera, que hizo de la inmoralidad una forma de supervivencia.
Lo malo es que el nuevo gobierno de coalición que llevará las riendas de Italia a partir de ahora y que no ha consentido la participación de ningún miembro que tenga que ver con Berlusconi, tiene demasiadas semejanzas con el griego y también lo dirigirá alguien venido directamente de las entrañas del poder económico y no de la voluntad del pueblo soberano.
El Estado-Empresa, llevado por un gestor comercial se está convirtiendo en el modelo de moda en Europa y deja pocas opciones a los políticos de carrera, cambiando abiertamente las democracias por Sociedades Anónimas sin ideologías, sólo preocupadas por generar beneficios para sus opulentos representados, sin contar con la opinión de los ciudadanos de a pie.
Llegados a este punto, uno empieza a preguntarse de qué sirven por ejemplo, las campañas electorales, como la que ahora mismo está en marcha en España, si lo mas probable es que el efecto contagio embadurne la situación forzándonos también a caer en manos de algún ex banquero de élite, que encamine nuestro destino hacia el punto común que ya tienen decidido para todos nosotros.
Por primera vez en la vida, ver caer a un tirano trae consigo la incertidumbre de no saber si lo que llega no será aún peor y el amargo sabor que deja en la boca la contemplación impotente de lo que está ocurriendo en nuestro mundo, no tiene comparación conocida, en la historia pasada y presente.
Se marcha el semidiós pagano contra su voluntad, empujado violentamente a la mazmorra de la cruda realidad que le aguarda, tras perpetuarse durante diecisiete años en el poder, de todas las maneras posibles y habiendo dejado tras de sí toda una lista de violaciones flagrantes de las leyes y una de las imágenes más vergonzosas, de cuántos líderes nos han rodeado, en estos años truculentos que nos han tocado presenciar.
Nunca sabremos por qué el pueblo italiano votaba reiterativamente a este rocambolesco personaje, poniendo su porvenir a su merced y perdonándole todas las hazañas que protagonizaba, como si el destino les hubiera condenado a tener que soportarlo, sin tener la más mínima posibilidad de apartarlo de su camino.
Y tampoco ahora es la opinión de los italianos la que lo lleva al retiro forzoso, sino toda una suerte de cataclismos económicos encadenados que se vuelven contra él, forzándolo a bajar del pedestal que se había construido, en su locura personal de sueños de grandeza.
Sin embargo, la situación en que deja al país, sumido en una ruina, hasta ayer mismo disfrazada por sus seguidores de laureles de triunfo, abre un amplio horizonte de dudas sobre las pretensiones de sus votantes y pone en el punto de mira también, a los que hasta ahora le abrazaban como socio de honor en la comunidad europea, con una especie de tácita complicidad hacia sus tremebundas historias.
Hasta el último momento, ha tratado el payaso de recoger apoyos en socios de indistinta condición, apurando las posibilidades de, como otras veces, salir victorioso de las corruptelas que se han urdido a su alrededor, tal vez consciente de su deuda con la justicia y temiendo que el abandono del poder traiga consigo un ajuste de cuentas ineludible, con todos aquellos a los que durante sus años de gloria perjudicó, burlándose de la ley y actuando siempre en beneficio propio.
Su imagen de gigoló archioperado, saliendo por la puerta de atrás de la escena política, habla por sí misma y no necesita comentarios que aclaren la caída estrepitosa del ídolo hortera, que hizo de la inmoralidad una forma de supervivencia.
Lo malo es que el nuevo gobierno de coalición que llevará las riendas de Italia a partir de ahora y que no ha consentido la participación de ningún miembro que tenga que ver con Berlusconi, tiene demasiadas semejanzas con el griego y también lo dirigirá alguien venido directamente de las entrañas del poder económico y no de la voluntad del pueblo soberano.
El Estado-Empresa, llevado por un gestor comercial se está convirtiendo en el modelo de moda en Europa y deja pocas opciones a los políticos de carrera, cambiando abiertamente las democracias por Sociedades Anónimas sin ideologías, sólo preocupadas por generar beneficios para sus opulentos representados, sin contar con la opinión de los ciudadanos de a pie.
Llegados a este punto, uno empieza a preguntarse de qué sirven por ejemplo, las campañas electorales, como la que ahora mismo está en marcha en España, si lo mas probable es que el efecto contagio embadurne la situación forzándonos también a caer en manos de algún ex banquero de élite, que encamine nuestro destino hacia el punto común que ya tienen decidido para todos nosotros.
Por primera vez en la vida, ver caer a un tirano trae consigo la incertidumbre de no saber si lo que llega no será aún peor y el amargo sabor que deja en la boca la contemplación impotente de lo que está ocurriendo en nuestro mundo, no tiene comparación conocida, en la historia pasada y presente.

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