lunes, 7 de noviembre de 2011

El debate

Un Rajoy incapaz de coordinar una sola idea sin la ayuda de un papel, se enfrentó anoche a la astucia de un Rubalcaba que sin mirar ninguno, entró directamente en materia asumiendo un cuidado papel de entrevistador agresivo, con la única meta de pasar por alto su participación personal en la gestión del actual gobierno y presentar propuestas nuevas, tratando de denostar el programa electoral de su oponente, que dio la impresión de un desconocimiento total del mismo.
Según el color de las fuentes consultadas, la victoria en el debate se inclina de un lado u otro, pero a la población española le resultaría francamente difícil sacar en claro una intención de voto de las intervenciones que se presenciaron anoche y sobre todo, creer en la veracidad de que lo que se puso sobre la mesa y que se llevará a cabo en los malos momentos que nos aguardan.
El socialista toreó el bloque sobre economía sin admitir pasados errores, haciendo un guiño a varias peticiones propuestas por los movimientos del 15 M, como el impuesto sobre las grandes fortunas y sobre la banca, mientras Rajoy, bastante sorprendido por la estrategia adoptada por su oponente, diluía su intervención sin poder profundizar en las acostumbradas acusaciones que suele proferir en sus mítines, llegando a confundir varias veces, no se sabe si conscientemente, el apellido de su interlocutor con el de el Presidente saliente y evidenciando cierto nerviosismo, aunque sin contestar a ninguna de las preguntas lanzadas al aire sobre su propio programa.
Ninguno de los dos estuvo especialmente brillante ni se pudo entender con claridad qué harán de ganar en los próximos comicios e incluso hubo un momento en que la audiencia tuvo la percepción de que Rajoy estaba a punto de levantarse de su asiento y abandonar el plató, visiblemente disgustado por la actitud inquisitorial de su oponente, que ahondó una y otra vez en un interrogatorio casi de tercer grado, que en ningún momento obtuvo respuesta.
Se pasaron por alto o se trataron casi de puntillas, temas de importancia garrafal, como la política exterior o el problema vasco y ni siquiera se habló, por ejemplo, de la multitud de indignados existentes en el país o sobre la posibilidad de que se produjera un fuerte índice de abstención, en la convocatoria del día veinte.
Un presentador hierático, que no intervino para nada en la puesta en escena, contribuyó en gran medida a que el ambiente de frialdad no se relajara en ningún momento del debate y a que los oradores transmitieran continuamente la imagen de estar allí, únicamente forzados por las circunstancias y no con la intención de pedir la confianza del pueblo español, aunque al final, no desaprovecharan su oportunidad para hacerlo.
No quedaron claras las posturas reales de ninguno y faltó incluso, la brillantez en la oratoria que recordábamos de debates anteriores, todo en favor de un cruce de acusaciones inconexas, sobre cuestiones desgraciadamente pasadas e irreparables.
Tampoco se despejaron las dudas que interesan vitalmente a la población, ni se dejaron entrever las auténticas intenciones de nadie, en el caso de llegar a gobernar.
La soberbia de quien ya se ve ganador y la resignación del que ya lo da todo por perdido, serían el resumen de un debate, que en general, defraudó las expectativas puestas en él y que pasará a la historia como uno de los más anodinos que hemos presenciado, desde que esta costumbre típicamente americana se instaló entre nosotros.
Una sugerencia. No olvide el Partido Popular hacer buena provisión de cuadernos para el futuro presidente. No es nadie sin una hoja que consultar.

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