Acostumbrado a tener que esconder sus intenciones en su propia casa política, el próximo presidente del gobierno ha desarrollado un sentido del ocultismo, que trae de cabeza a los españoles, sin que se les desvelen las claves precisas de cuáles serán las nuevas directrices por las que regirse, en cuanto se complete el traspaso de poderes.
El hermetismo que rodea a Rajoy, no augura buenas perspectivas para aquellos que le otorgaron su voto ni favorece su nivel de popularidad en estos primeros días, después del triunfo.
No llega ni una sola noticia sobre los nombres de los que podrían ser ministrables, de manera que resulta prácticamente imposible adivinar qué ala del partido será la elegida para efectuar el prometido cambio en el que se sustentó su campaña.
Los primeros contactos del líder le sitúan exactamente en la línea que muchos esperábamos de él, es decir, en el bando de los banqueros y los grandes empresarios, con los que ha comenzado a confraternizar en la sede de su partido, sin que por el momento, haya habido un solo intento de acercamiento a las filas de los trabajadores, ni a través de los sindicatos, ni a nivel de calle, a pesar de haber estado repitiendo hasta la saciedad, durante la campaña electoral, que su mayor preocupación era el sufrimiento de las familias afectadas por el desempleo y gestionar un futuro mejor para ellas.
Su aspiración de caer en Europa como el salvador de un país al borde de la quiebra, tampoco ha dado los frutos apetecidos que esperaban sus correligionarios, ya que la prima de riesgo de España fluctúa en la cuerda floja tendida sobre el abismo y las bolsas no han experimentado las subidas que vaticinarían una mejora inmediata de la situación.
Ninguno de estos factores ha conseguido sacar al anacoreta Rajoy de su actual retiro, para poner sobre la mesa sus intenciones reales de gobierno. Pasada la borrachera insufrible de su triunfo electoral, sigue guardando en la manga sus cartas de juego y mantiene a todo el país en vilo, a la espera de conocer algunas de las decisiones que tomará y en qué afectarán a la mayoría, ávida de saber en qué sectores se practicarán los recortes.
La prensa oficial, casi toda al lado del recién llegado, ni siquiera menciona la posibilidad de que los problemas de Rajoy hayan empezado en el mismo seno de su entorno y hurta a los lectores la encarnizada lucha que sin duda, se está produciendo en el Partido Popular, por entrar a formar parte del nuevo gobierno, entre las tendencias mayoritarias que pueblan esta formación, desde la ultraderecha hasta el centro, y sus naturales enfrentamientos por conseguir un poco de poder.
No es de esperar que el recalcitrante sector liderado por Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el propio Aznar, se conformen con pasar a un segundo plano de la vida política, dejando en manos del ala más liberal del partido la batuta directora de la próxima legislatura, sin intervenir como ha sido hasta ahora su costumbre, para tratar de acercarnos cada vez más a sus peligrosas teorías neo capitalistas.
Algunas señales ya corroboran lo que digo. Parece por ejemplo evidente, que la señora Botella se desmarca a pasos agigantados de Aguirre, con los ojos puestos en la alcaldía de Madrid, en cuanto Gallardón ocupe su escaño en el congreso y ya nadie se atreve a defender las teorías de conspiración de Mayor Oreja sobre Euskadi, sabiendo con seguridad que el nuevo jefe de gobierno habrá de reunirse con los abertzales, en el momento en que empiecen sus rondas de contactos con las demás formaciones políticas.
Será curioso ver cómo tratan de salvar la ropa los que durante ocho años han sido los peores detractores de Rajoy, incluido Jiménez Los Santos, que llegó a llamarle Mari complejines, en su incendiario programa radiofónico, y en más de una ocasión.
Aguirre, incluso se atrevió a salir al balcón la noche de la derrota, a pesar de haber conspirado por activa y por pasiva contra Rajoy para ocupar su cargo, si hubiera sido posible, e impasible ante el desbarajuste que en su partido hubieran podido ocasionar sus continuas salidas de tono.
Con tales elementos a su espalda, resulta lógico que el futuro presidente permanezca en silencio hasta haber tomado posesión de su cargo y eluda hacer referencia a cualquier cuestión que tenga que ver con futuras políticas, para no empezar a ser atacado por aquellos con los que no decida contar, incluso antes de haber probado el sabor del poder.
Mientras, los socialistas tratan de recomponer su desesperada situación, deseando perder de vista a Zapatero, único artífice de la derrota sufrida en las urnas y esperando el milagro de que un nuevo congreso les traiga un líder con el que empezar a subir la dura cuesta de una recuperación que probablemente será dolorosa. Pero ésa es otra historia y sobre ella hablaremos otro día.
El hermetismo que rodea a Rajoy, no augura buenas perspectivas para aquellos que le otorgaron su voto ni favorece su nivel de popularidad en estos primeros días, después del triunfo.
No llega ni una sola noticia sobre los nombres de los que podrían ser ministrables, de manera que resulta prácticamente imposible adivinar qué ala del partido será la elegida para efectuar el prometido cambio en el que se sustentó su campaña.
Los primeros contactos del líder le sitúan exactamente en la línea que muchos esperábamos de él, es decir, en el bando de los banqueros y los grandes empresarios, con los que ha comenzado a confraternizar en la sede de su partido, sin que por el momento, haya habido un solo intento de acercamiento a las filas de los trabajadores, ni a través de los sindicatos, ni a nivel de calle, a pesar de haber estado repitiendo hasta la saciedad, durante la campaña electoral, que su mayor preocupación era el sufrimiento de las familias afectadas por el desempleo y gestionar un futuro mejor para ellas.
Su aspiración de caer en Europa como el salvador de un país al borde de la quiebra, tampoco ha dado los frutos apetecidos que esperaban sus correligionarios, ya que la prima de riesgo de España fluctúa en la cuerda floja tendida sobre el abismo y las bolsas no han experimentado las subidas que vaticinarían una mejora inmediata de la situación.
Ninguno de estos factores ha conseguido sacar al anacoreta Rajoy de su actual retiro, para poner sobre la mesa sus intenciones reales de gobierno. Pasada la borrachera insufrible de su triunfo electoral, sigue guardando en la manga sus cartas de juego y mantiene a todo el país en vilo, a la espera de conocer algunas de las decisiones que tomará y en qué afectarán a la mayoría, ávida de saber en qué sectores se practicarán los recortes.
La prensa oficial, casi toda al lado del recién llegado, ni siquiera menciona la posibilidad de que los problemas de Rajoy hayan empezado en el mismo seno de su entorno y hurta a los lectores la encarnizada lucha que sin duda, se está produciendo en el Partido Popular, por entrar a formar parte del nuevo gobierno, entre las tendencias mayoritarias que pueblan esta formación, desde la ultraderecha hasta el centro, y sus naturales enfrentamientos por conseguir un poco de poder.
No es de esperar que el recalcitrante sector liderado por Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el propio Aznar, se conformen con pasar a un segundo plano de la vida política, dejando en manos del ala más liberal del partido la batuta directora de la próxima legislatura, sin intervenir como ha sido hasta ahora su costumbre, para tratar de acercarnos cada vez más a sus peligrosas teorías neo capitalistas.
Algunas señales ya corroboran lo que digo. Parece por ejemplo evidente, que la señora Botella se desmarca a pasos agigantados de Aguirre, con los ojos puestos en la alcaldía de Madrid, en cuanto Gallardón ocupe su escaño en el congreso y ya nadie se atreve a defender las teorías de conspiración de Mayor Oreja sobre Euskadi, sabiendo con seguridad que el nuevo jefe de gobierno habrá de reunirse con los abertzales, en el momento en que empiecen sus rondas de contactos con las demás formaciones políticas.
Será curioso ver cómo tratan de salvar la ropa los que durante ocho años han sido los peores detractores de Rajoy, incluido Jiménez Los Santos, que llegó a llamarle Mari complejines, en su incendiario programa radiofónico, y en más de una ocasión.
Aguirre, incluso se atrevió a salir al balcón la noche de la derrota, a pesar de haber conspirado por activa y por pasiva contra Rajoy para ocupar su cargo, si hubiera sido posible, e impasible ante el desbarajuste que en su partido hubieran podido ocasionar sus continuas salidas de tono.
Con tales elementos a su espalda, resulta lógico que el futuro presidente permanezca en silencio hasta haber tomado posesión de su cargo y eluda hacer referencia a cualquier cuestión que tenga que ver con futuras políticas, para no empezar a ser atacado por aquellos con los que no decida contar, incluso antes de haber probado el sabor del poder.
Mientras, los socialistas tratan de recomponer su desesperada situación, deseando perder de vista a Zapatero, único artífice de la derrota sufrida en las urnas y esperando el milagro de que un nuevo congreso les traiga un líder con el que empezar a subir la dura cuesta de una recuperación que probablemente será dolorosa. Pero ésa es otra historia y sobre ella hablaremos otro día.

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