martes, 15 de noviembre de 2011

La dulce espera

Convencida de que los asuntos personales son, en definitiva, los únicos capaces de elevar la ilusión en este mundo en que vivimos, decido dejar de lado esta tarde el seguimiento de cualquier noticia relacionada con las futuras elecciones y las enrevesadas teorías de los usureros europeos y dedicar mi tiempo a imaginar el primer encuentro con mi nieto, que se producirá si todo va bien, en un par de semanas.
No me avergüenza en absoluto confesar que es éste, uno de los momentos más dulces que he vivido, sólo comparable a la maravillosa sensación que tuve cada vez que fui madre, aunque aderezado con la serenidad que da la madurez y la experiencia acumulada durante el recorrido de los años, pasados a mi entender, con demasiada rapidez, para quien ahora se enfrenta al reto de guiar una nueva vida, abriendo un nuevo ciclo a la esperanza.
Ir siguiendo la evolución de este niño en el vientre materno, gracias a las nuevas tecnologías, es todo un lujo impensable hace sólo unas décadas porque te permiten contemplar in situ, cómo va convirtiéndose en persona, e incluso escudriñar con nitidez dentro de sus pequeños órganos, adivinando los progresos de su funcionamiento en cada una de las visitas al tocólogo, hasta completar su grandiosa perfección, ya cerca del alumbramiento.
Sin estar con nosotros, su próxima llegada es toda una revolución para la familia, que se encuentra apiñada alrededor de la futura madre, procurándole placidez en estos momentos de angustia en que la incertidumbre se apodera de ella, como si no fuera a ser capaz de afrontar con valentía la increíble labor que tiene por delante y su instinto maternal no existiera allanándole todos los caminos que ahora le parecen abismos.
Está mi hija, con esa belleza inexplicable que adorna a las mujeres únicamente cuando están a punto de obrar este milagro, como si el mundo se detuviese en sus ojos impacientes reflejando en ellos un brillo especial incomparable. Repasa mentalmente que todo está a punto, acaricia continuamente su abultado vientre mientras se mueve con la torpeza lógica que da lo avanzado de su estado y focaliza cualquier conversación con sus dudas, como si el acertijo que tiene planteado fuera el primero de la historia y los viejos pudiéramos responder a todas las preguntas que se nos formulan con la sabiduría del más experto.
Los demás hacemos lo posible por suavizar las asperezas de algunos comentarios de la gente de alrededor, que se empeñan reiterativamente en referir las penurias de algún parto difícil y procuramos restar importancia al asunto, esgrimiendo el nunca bien ponderado argumento, de que todos los seres humanos que habitan la tierra, se encontraron en la misma disyuntiva alguna vez.
Y sin embargo, pasado el tiempo, ni siquiera recordará la angustia de los días previos al parto y sólo se referirá a ellos de pasada, centrándose en tratar de explicar la felicidad que sintió cuando vio por primera vez a su hijo y lo llamó y él se identificó plenamente con ella cuando lo acercó a su corazón. Pasarán los años y le parecerá que siempre estuvo en su vida, como si un toque mágico hubiera borrado el sufrimiento, dejando únicamente el recuerdo de la abundancia personal que alcanzó cuando se entendieron sin hablarse.
Así que mientras escribo estas letras, no hago otra cosa que pensar en la inmensa suerte que me acompaña, al poder ser testigo directo de esta humilde historia de amor. Yo también la conservaré intacta en la memoria y la veré como una nueva prolongación de mí misma, de nosotros, de todos los que en el fondo quiero y siempre querré.

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