miércoles, 2 de noviembre de 2011

El cambio y el miedo

A pocos días del comienzo de la campaña electoral, los dos partidos mayoritarios en nuestro país, elevan las espadas dejando al descubierto sus estrategias para arrancar el máximo de voto a los sufridos ciudadanos, que padecen en total indefensión sus desastrosas políticas, al servicio del dios del dinero.
Bañado en el brillo suntuoso que da la convicción de vencer, el Partido Popular lleva en su discurso el lema del cambio, aprovechando la dulce inopia en que aún habitan muchos españoles y se pavonea de que cuando ocupen los sillones que dejen libres los socialistas, gestionará la crisis con la brillantez que otrora caracterizó el periodo en que Aznar nos puso a todos un piso a nuestro nombre y nos consiguió la amistad incondicional de personajes de la categoría de Bush, en cuya mesa llegó a poner los pies, sin ningún recato.
El PSOE, cautivo y desarmado por la cadena de errores cometidos al servicio de la cancillera alemana y viendo que el desastre electoral puede ser de dimensiones astronómicas, opta por la estrategia del miedo y retrata en sus folletos colegios y ambulatorios, preconizando la desaparición de estos organismos públicos, en favor del sector privado, si los españolitos se empecinan en otorgar su confianza a las derechas, como parecen augurar los resultados de todas las encuestas.
Mientras calientan motores para el debate televisivo que puede definir el voto de los indecisos, la crudeza de la batalla campal que se avecina, se hace patente en cada una de las medídas intervenciones realizadas ante los medios y los candidatos afilan cuidadosamente sus armas en los cuarteles generales, tirando de los pesos pesados de que disponen e intentando hacernos creer que realmente, sienten algún interés por los problemas que nos acucian.
Están demasiado seguros de que la balanza acabará por inclinarse hacia uno de los dos campos y no les duelen prendas a la hora de recitar promesas incumplibles, de ésas que hacen historia cuando, pasado el tiempo, acaban relegadas al último rincón de sus papeleras de diseño.
La derecha da por perdido el voto de los indignados, a quienes ha venido vituperando repetidamente con calificativos inaceptables y cuenta, eso sí, con el sólido apoyo de los sesudos varones de fortuna, que esperan con ansiedad las prebendas que les traerán los vientos del cambio, que viene avalado por gente procedente de su clase social, como Dios manda.
Los socialistas se ven forzados a hacer ciertas concesiones a la calle, si no quieren quedar desbaratados en el trance y hacen suyas ciertas exigencias salidas directamente de las acampadas de Sol, con el ánimo de atraer a su maltrecho bando a los que aún conservan la ingenuidad de pensar que pueden representar a la izquierda y se ven paralizados por el temor de la privatización con que les amenazan, si Rajoy les gana la partida.
En los tiempos convulsos que atravesamos, ésta es sin duda, la más patética de cuantas campañas se han dado en el país y sus protagonistas, lo más esperpénticos de cuantos se han atrevido a solicitar nuestra confianza, desde la muerte del dictador.
Sordos al clamor popular que niega unánimemente su valía para resolver cualquier asunto relacionado con la vida de los ciudadanos, nos tratan como si fuéramos recién llegados, sin memoria ni noción alguna de lo que sucede a nuestro alrededor y aún pretenden que avalemos su nefasta gestión, volviendo a colocarlos en posiciones de poder desde las que obtener un enriquecimiento personal, a golpe de descarada corrupción y esquilmando nuestros sufridos bolsillos.
Pero al pueblo ya no le valen las estrategias de los colosos, ni la del cambio, ni la del miedo, y es bastante probable que en los próximos comicios, la inmensa mayoría opte por no hacer uso de su derecho al voto, ya que ni nada cambiará para los humildes con quienes proceden del bando de los poderosos, ni nada queda por temer a quien ya lo ha perdido todo.
A ver si las redes sociales cumplen una vez más su función difusora y “ganador” y “perdedor” acaban por ahogarse en nuestra más absoluta indiferencia.

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