Un frenético rosario de visitas hospitalarias, me ha impedido durante varios días sentarme a escribir y me ha colocado en las incómodas salas de espera de sendos Centros Públicos, en los que la paciencia es un don que se aprende practicando y el que, como yo nunca la tuvo, acaba por aceptarla como parte de su propio destino.
Cerca ya del final de su embarazo, a mi hija y a su babé no les ha quedado más remedio que echarse en brazos de los magníficos profesionales que gestionan esto de la maternidad, ya que el pequeño Hugo parecía decidido a permanecer sentado en el vientre y predestinado a un nacimiento por cesárea que iba a ser programada para la próxima semana, después de realizar todas las pruebas pertinentes, en los increíbles aparatos ultramodernos que ahora controlan cualquier anomalía que pueda surgir en el periodo de gestación.
Él aún no lo sabe, pero es probable que sea uno de los últimos pacientes atendidos en el maravilloso régimen de sanidad pública que disfrutamos hasta ahora y la verdad, no se han ahorrado medios en procurar que su nacimiento sea lo más feliz posible, ya que los médicos que lo siguen han puesto toda la carne en el asador, hasta conseguir una maniobra que parece increíble.
Gracias a la buena observación de la situación del feto, por parte de una doctora de no más de treinta y cinco años, anteayer organizaron una acción conjunta que parece llamarse en su jerga ininteligible “versión” y tras monitorizar a la futura madre durante cuatro o cinco horas, consiguieron girar desde fuera al bebé, hasta colocarlo en el oportuno lugar de nacimiento, de manera indolora y evitando así mismo la operación prevista, hasta que llegue el momento del alumbramiento que ahora será, gracias a ellos, totalmente natural.
Lógicamente, ninguno de nosotros ha querido perderse el acontecimiento y de ahí, la permanencia a tiempo completo lo más cerca posible de los pacientes. Los mayores, alucinados por los adelantos científicos que en nuestra época eran impensables y los jóvenes, en solidaridad y apoyo con madre y niño, un poco asustados ante la situación padecida y ahora, afortunadamente, recuperados en su totalidad, tras el éxito rotundo de la torsión.
Ahora sólo nos queda a todos esperar al pequeño Hugo, con la relativa tranquilidad que da saber que su formación se completará con normalidad, e ir acabando de prepararlo todo para su llegada, tal como habíamos previsto y con la ilusión propia de estos eventos gozosos.
Ya sabemos que nacerá en tiempos revueltos, pero con la seguridad de que le procuraremos toda la felicidad que esté en nuestras manos y con la esperanza de que pondremos todo el empeño posible en que vaya creciendo en una sociedad mejor que la que conocemos, más igualitaria y menos cruel.
Será educado, creo, fundamentalmente, por buenas personas, con sólidas creencias que, probablemente, le serán transmitidas íntegramente y por tanto, también aportará desde la experiencia que vaya adquiriendo, su propio apoyo a la época que le toque vivir, ayudando a que sea lo mejor posible para sus contemporáneos.
Como futura abuela, ustedes comprenderán que mi atención en los próximos días estará plenamente centrada en esta espera y puede que falte a esta obligación que me impuse hace año y pico o mis noticias giren escandalosamente hacia lo personal, olvidando un poco, la indignación y el malestar que en todos nosotros producen la clase política y su permanente especulación con los derechos de los humildes.
Pero ahora, mi `prioridad es transmitir a mi hija y al nuevo miembro de la familia los incontables beneficios de la felicidad, reír con ellos, abrazarlos, acogerlos y ayudarlos a desenvolverse en la nueva situación que les aguarda y disfrutar plenamente de su incomparable compañía.
Es éste un momento que uno nunca se puede perder.
Cerca ya del final de su embarazo, a mi hija y a su babé no les ha quedado más remedio que echarse en brazos de los magníficos profesionales que gestionan esto de la maternidad, ya que el pequeño Hugo parecía decidido a permanecer sentado en el vientre y predestinado a un nacimiento por cesárea que iba a ser programada para la próxima semana, después de realizar todas las pruebas pertinentes, en los increíbles aparatos ultramodernos que ahora controlan cualquier anomalía que pueda surgir en el periodo de gestación.
Él aún no lo sabe, pero es probable que sea uno de los últimos pacientes atendidos en el maravilloso régimen de sanidad pública que disfrutamos hasta ahora y la verdad, no se han ahorrado medios en procurar que su nacimiento sea lo más feliz posible, ya que los médicos que lo siguen han puesto toda la carne en el asador, hasta conseguir una maniobra que parece increíble.
Gracias a la buena observación de la situación del feto, por parte de una doctora de no más de treinta y cinco años, anteayer organizaron una acción conjunta que parece llamarse en su jerga ininteligible “versión” y tras monitorizar a la futura madre durante cuatro o cinco horas, consiguieron girar desde fuera al bebé, hasta colocarlo en el oportuno lugar de nacimiento, de manera indolora y evitando así mismo la operación prevista, hasta que llegue el momento del alumbramiento que ahora será, gracias a ellos, totalmente natural.
Lógicamente, ninguno de nosotros ha querido perderse el acontecimiento y de ahí, la permanencia a tiempo completo lo más cerca posible de los pacientes. Los mayores, alucinados por los adelantos científicos que en nuestra época eran impensables y los jóvenes, en solidaridad y apoyo con madre y niño, un poco asustados ante la situación padecida y ahora, afortunadamente, recuperados en su totalidad, tras el éxito rotundo de la torsión.
Ahora sólo nos queda a todos esperar al pequeño Hugo, con la relativa tranquilidad que da saber que su formación se completará con normalidad, e ir acabando de prepararlo todo para su llegada, tal como habíamos previsto y con la ilusión propia de estos eventos gozosos.
Ya sabemos que nacerá en tiempos revueltos, pero con la seguridad de que le procuraremos toda la felicidad que esté en nuestras manos y con la esperanza de que pondremos todo el empeño posible en que vaya creciendo en una sociedad mejor que la que conocemos, más igualitaria y menos cruel.
Será educado, creo, fundamentalmente, por buenas personas, con sólidas creencias que, probablemente, le serán transmitidas íntegramente y por tanto, también aportará desde la experiencia que vaya adquiriendo, su propio apoyo a la época que le toque vivir, ayudando a que sea lo mejor posible para sus contemporáneos.
Como futura abuela, ustedes comprenderán que mi atención en los próximos días estará plenamente centrada en esta espera y puede que falte a esta obligación que me impuse hace año y pico o mis noticias giren escandalosamente hacia lo personal, olvidando un poco, la indignación y el malestar que en todos nosotros producen la clase política y su permanente especulación con los derechos de los humildes.
Pero ahora, mi `prioridad es transmitir a mi hija y al nuevo miembro de la familia los incontables beneficios de la felicidad, reír con ellos, abrazarlos, acogerlos y ayudarlos a desenvolverse en la nueva situación que les aguarda y disfrutar plenamente de su incomparable compañía.
Es éste un momento que uno nunca se puede perder.

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