El sentimiento de extrañeza que parecen haber causado los resultados electorales en una gran parte de los medios de comunicación, no puede ser en modo alguno, auténtico.
El abono con que el Partido Socialista ha estado tratando los campos del país, durante sus últimos años de mandato, ya prometían la desolación de esta cosecha y preludiaban un tiempo largo de sequía para los que, embelesados con los sueños de grandeza que les ofrecía la impiedad de los capitalistas, traicionaron la confianza de su pueblo, sucumbiendo a las exigencias de los poderosos.
Múltiples advertencias les avisaban de lo que podía suceder y su persistencia en actitudes poco éticas, más cercanas a las políticas conservadoras de las más recalcitrantes derechas que a su propio ideario, han ido horadando el sentimiento de simpatía de las clases humildes, hasta provocar un derrocamiento legal, que estaba cantado.
Han desoído las voces de la calle, que clamaban ante la indefensión que sentían los millones de desempleados que traspasaban el umbral de la pobreza, a causa de las reformas laborales impuestas; han desafiado a colectivos enteros interviniendo los salarios, congelando las pensiones de los mayores y negando la evidencia de que la crisis nos estaba llevando a una situación crítica sólo en avenencia con las leyes de los mercados y en contraposición absoluta a las auténticas y perentorias necesidades de los ciudadanos, y han abusado del poder que un día les otorgó una mayoría que buscaba, como todas las mayorías, un punto de apoyo para sus justas reivindicaciones y que se ha visto obligada a ir reconociendo su absoluta soledad, sin que nadie explicara con claridad los motivos de su infinita pérdida.
El Partido Socialista no perdió las elecciones ayer. Empezó a perderlas en el mismo instante en que se posicionó de espaldas a la voluntad popular y no fue capaz de rectificar los errores que nos estaban llevando al tortuoso camino sin retorno que trazaban La Banca y los Estados más poderosos de Europa, ávidos de llevar a cabo la colonización encubierta de sus hermanos más débiles.
Empezó a perderlas el día en que eligió sustituir la franqueza por la mentira y no fue capaz de plantear la cruda verdad a los ciudadanos que dependían de sus acciones, sometiéndolos a una multitud de vejaciones sin móvil aparente, hasta provocar en ellos una indignación de tal índole, que no encuentra comparación posible en ningún otro episodio de nuestra historia.
Naturalmente, los ahora vencedores, se propusieron desde el primer momento aprovechar la inutilidad manifiesta de quienes nos gobernaban y emprender una reconquista del voto perdido en 2004. Habían aprendido con su propia pérdida, que los pueblos no saben perdonar a los mentirosos.
El camino, para ellos, ha sido fácil y sin incidencias. Cada error cometido por Zapatero, ha sido diestramente envuelto en una promesa de esperanza y ya se sabe, que cuando no queda nada que perder, todos nos agarramos a un clavo ardiendo.
La abultada victoria de ayer demuestra primero, que la ingenuidad de los pueblos no tiene límites y en segundo lugar, que la estrategia del cambio ha dado el resultado apetecido.
La extrema dificultad del momento y el presumible giro a la derecha que en las políticas sociales habrá, se encargarán de poner las cosas en su sitio y probablemente, los conservadores acaben por volver a decepcionar a cuántos decidieron ayer, ejercer su derecho al voto.
Empieza la siembra popular, con una subida de la prima de riesgo, que no trae precisamente buenos augurios a este comienzo de legislatura. Dentro de cuatro años, Rajoy tendrá, exactamente lo que merezca, igual que ayer lo tuvo Zapatero, que sembró vientos y ahora recoge tempestades.
El abono con que el Partido Socialista ha estado tratando los campos del país, durante sus últimos años de mandato, ya prometían la desolación de esta cosecha y preludiaban un tiempo largo de sequía para los que, embelesados con los sueños de grandeza que les ofrecía la impiedad de los capitalistas, traicionaron la confianza de su pueblo, sucumbiendo a las exigencias de los poderosos.
Múltiples advertencias les avisaban de lo que podía suceder y su persistencia en actitudes poco éticas, más cercanas a las políticas conservadoras de las más recalcitrantes derechas que a su propio ideario, han ido horadando el sentimiento de simpatía de las clases humildes, hasta provocar un derrocamiento legal, que estaba cantado.
Han desoído las voces de la calle, que clamaban ante la indefensión que sentían los millones de desempleados que traspasaban el umbral de la pobreza, a causa de las reformas laborales impuestas; han desafiado a colectivos enteros interviniendo los salarios, congelando las pensiones de los mayores y negando la evidencia de que la crisis nos estaba llevando a una situación crítica sólo en avenencia con las leyes de los mercados y en contraposición absoluta a las auténticas y perentorias necesidades de los ciudadanos, y han abusado del poder que un día les otorgó una mayoría que buscaba, como todas las mayorías, un punto de apoyo para sus justas reivindicaciones y que se ha visto obligada a ir reconociendo su absoluta soledad, sin que nadie explicara con claridad los motivos de su infinita pérdida.
El Partido Socialista no perdió las elecciones ayer. Empezó a perderlas en el mismo instante en que se posicionó de espaldas a la voluntad popular y no fue capaz de rectificar los errores que nos estaban llevando al tortuoso camino sin retorno que trazaban La Banca y los Estados más poderosos de Europa, ávidos de llevar a cabo la colonización encubierta de sus hermanos más débiles.
Empezó a perderlas el día en que eligió sustituir la franqueza por la mentira y no fue capaz de plantear la cruda verdad a los ciudadanos que dependían de sus acciones, sometiéndolos a una multitud de vejaciones sin móvil aparente, hasta provocar en ellos una indignación de tal índole, que no encuentra comparación posible en ningún otro episodio de nuestra historia.
Naturalmente, los ahora vencedores, se propusieron desde el primer momento aprovechar la inutilidad manifiesta de quienes nos gobernaban y emprender una reconquista del voto perdido en 2004. Habían aprendido con su propia pérdida, que los pueblos no saben perdonar a los mentirosos.
El camino, para ellos, ha sido fácil y sin incidencias. Cada error cometido por Zapatero, ha sido diestramente envuelto en una promesa de esperanza y ya se sabe, que cuando no queda nada que perder, todos nos agarramos a un clavo ardiendo.
La abultada victoria de ayer demuestra primero, que la ingenuidad de los pueblos no tiene límites y en segundo lugar, que la estrategia del cambio ha dado el resultado apetecido.
La extrema dificultad del momento y el presumible giro a la derecha que en las políticas sociales habrá, se encargarán de poner las cosas en su sitio y probablemente, los conservadores acaben por volver a decepcionar a cuántos decidieron ayer, ejercer su derecho al voto.
Empieza la siembra popular, con una subida de la prima de riesgo, que no trae precisamente buenos augurios a este comienzo de legislatura. Dentro de cuatro años, Rajoy tendrá, exactamente lo que merezca, igual que ayer lo tuvo Zapatero, que sembró vientos y ahora recoge tempestades.

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