Tengo un vago recuerdo de la imagen de mi primera maestra y aunque conservo fresco en la memoria su nombre, la identifico desde la perspectiva de mis cuatro años escasos, cuando entré por primera vez en una escuela.
Me pareció entonces una señora mayor que recogía su pelo en un moño pequeño detrás de la nuca, de piel blanca y manos finas y pequeñas. Tenía una voz dulce y un amor por la música, que orientaba a enseñar a los párvulos como yo, por medio de canciones.
Se llamaba Pastora y lidiaba pacientemente con unos cuarenta niños recién llegados a un pequeño colegio de barrio, un poco lejano de las rígidas doctrinas impuestas por la dictadura, en aquellos años grises que nos tocó vivir.Trabajaba nuestra educación sobre una base de alegría, que traspasaba las paredes de las aulas instalándose para siempre en lo que seríamos después y permitiéndonos moldear el carácter propio, con generosidad hacia los que compartían nuestro espacio, con ciertos aires de gran familia.
Tengo grabada en la memoria la enorme emoción que sentí la primera vez que fui capaz de leer una frase y comprender a un tiempo su significado, como si de pronto se abrieran las puertas del cielo para dejarme entrar a hurtadillas y curiosear todo aquello que se escondía a nuestros ojos, con un halo de misterio infinito.
Ya entonces yo pasaba horas muertas garabateando mil letras en papeles cuadriculados y perdía la noción del tiempo intentando decir algo coherente con aquellos signos recién aprendidos, que daban lugar a las historias que la gente escribía después en los libros, cuya simple contemplación me alucinaba, a pesar de mi corta edad.
Podría decir sin temor a equivocarme, que aquel primer curso fue el más importante del resto de mi vida y aquella primera maestra, el eslabón que me ancló a una vocación que permanece inalterable en mí, sin la menor duda de haber equivocado el camino.
Ahora que los docentes son despreciados por una sociedad que no comprende el verdadero sentido de su labor, a menudo me asalta este primer contacto con la escuela , a sabiendas de que tal vez, si no hubiera tenido la suerte de tropezar con la señorita Pastora, yo jamás me hubiera atrevido a escribir una línea y me habría orientado hacia otros menesteres menos gratificantes, que habrían condicionado mi vida con la tristeza de no haber intentado siquiera acercarme a este mundo de ensueño.
Ese toque de magia, que nos hace recordar a través de los años la imagen intacta de algunos de nuestros maestros, es un elemento común a la mayoría de las personas , ejerciendo sobre nosotros una influencia positiva cuando alguna dificultad nos asalta y evocamos la calidez de la infancia y la felicidad que alguna vez tuvimos cuando superamos un reto que creíamos insalvable o fuimos capaces de aprender conceptos que permanecieron grabados en nuestro interior para siempre.
Quizá no sabríamos explicar por qué, pero en un momento determinado de nuestra vida, alguien nos encendió la chispa del interés por una materia y avivó el fuego inagotable de nuestra vocación, dejándonos boquiabiertos con una explicación detallada y concisa sobre cualquier cosa que, hasta entonces, no había llamado nuestra atención.
Una gran parte de lo que somos lo debemos sin duda, a nuestros maestros. Sin ellos, la carga genética que traemos, la orientación particular de cada ambiente familiar y las amenazas externas de un mundo despiadado, hubieran hecho de nosotros seres individualistas, de egoísmo sin límite y escaso bagaje cultural. Todo lo que aprendimos, tiene detrás el esfuerzo de alguien que decidió orientar su vida a poner en manos de otros sus conocimientos, para perpetuar en el tiempo las historias que una vez le interesaron también, de manera especial, abriéndole las mismas puertas que ahora nos abren a nosotros.
En mi caso, aquello que me enseñó con ahínco mi primera maestra y que no es otra cosa que esto que sigo poniendo en práctica cada tarde, con el mismo entusiasmo al contar las historias, que cuando hilaba aquellas primeras letras sobre los humildes cuadernos del cisne, en un rincón de la habitación, se me ha consolidado dentro,como un pilar en el que apoyar mi existencia, sin defraudarme jamás. He de reconocer que nunca he querido hacer ninguna otra cosa y que aunque el rostro de mi primera maestra esté desdibujado por el paso del tiempo, las huellas de su labor están intactas en cada una de las palabras que plasmo en esta ventana abierta al mundo, por la que lanzo mis pensamientos.
Para Clara.

Esto que has descrito es lo que, por encima de todo, merece la pena de nuestra profesión. Gracias por la dedicatoria, me ha encantado el artículo. Como siempre.
ResponderEliminar