Atacada por uno de esos virus malignos que te introduces voluntariamente una vez al año, llamados vacunas, no me ha quedado otro remedio que recluirme en mis aposentos y tomar una dosis de analgésicos para mejorar los escalofríos que recorren sin pudor mi espalda.
No es que yo tenga tendencias masoquistas, ni que la edad me haya traído una de esas manías tan comunes entre los mayores, de coger cierto apego a los profesionales de la medicina y a los lugares en los que habitan, convirtiendo en rutina las visitas a los Ambulatorios, como si de un agradable paseo se tratara.
Trato de remediar con esta práctica anual, los efectos de la terrible gripe, que me tiene cierta querencia y suele visitarme con regularidad, haciendo auténticos estragos en mí, obsequiándome con todos los síntomas posibles para un paciente y dejándome después hecha un guiñapo humano, de piel y huesos.
Nunca antes había yo reaccionado a la vacuna como ahora y esta vez creo que ha sido, a causa del modo en que me ha sido administrada la siniestra dosis medicamentosa, por una ATS rauda como una bala, que ni siquiera me dio tiempo a desabrocharme la manga, cuando inyección en ristre, me clavó en el brazo un banderillazo ciertamente caliente, que ya comenzó a jorobarme desde el mismo momento en que se introdujo en mi piel y que me ha dejado un recuerdo similar al causado por una picadura de avispa, con montículo a modo de volcán, al que no hacen efecto anti inflamatorios orales, ni cremas, pues no desaparece.
Esta profesional, que no se caracterizaba precisamente por su locuacidad, ya que no oí su voz más que para preguntarme mi nombre, debía estar hasta el moño de la labor que le había sido asignada y supongo que cuando mi turno llegó, tras cuatro horas de vacunaciones ininterrumpidas, sentía ya la necesidad imperiosa de perder de vista a la ancianidad allí congregada e ir a otros menesteres más lúdicos en los que realizarse mejor y en dos palabras, me mandó a paseo.
Puede que suene a tontería, pero en esto de la medicina, es muy de agradecer una buena actitud hacia el paciente y suele ser
habitual que se produzca con mucha más rapidez la mejoría, si la visita del profesional va acompañada de cierta amabilidad y respeto, e incluso de algún tema banal de conversación personal que dé a entender que existe una cierta proximidad humana y un poco de comprensión hacia las dolencias que nos afligen.
Además, nadie estudia temas relacionados con la salud bajo coacción o amenaza, y al estar hechos exactamente del mismo material que quienes nos hallamos al otro lado de la mesa, habría que presuponer una dosis de complicidad implícita entre nosotros y por qué no, unas mínimas reglas de educación, porque así los seres humanos nos diferenciamos de las bestias.
Pero hay acémilas con bata blanca, que en vez de hablar rebuznan y aunque afortunadamente, no son mayoría en el panorama actual de la medicina española, a veces tenemos la mala suerte de tropezar con una de ellas y recibimos, naturalmente, la correspondiente coz que de su natural se espera.
El caso es que me van a permitir un receso en mis noticias diarias, mientras mejoro de esta enfermedad pasajera, no sé si inducida por el maldito virus de la gripe que a pequeña escala me inyectaron, o por el tropiezo con la banderillera muda que se encargó de administrarmelo. Saque cada cuál la conclusión que mejor le venga.
No es que yo tenga tendencias masoquistas, ni que la edad me haya traído una de esas manías tan comunes entre los mayores, de coger cierto apego a los profesionales de la medicina y a los lugares en los que habitan, convirtiendo en rutina las visitas a los Ambulatorios, como si de un agradable paseo se tratara.
Trato de remediar con esta práctica anual, los efectos de la terrible gripe, que me tiene cierta querencia y suele visitarme con regularidad, haciendo auténticos estragos en mí, obsequiándome con todos los síntomas posibles para un paciente y dejándome después hecha un guiñapo humano, de piel y huesos.
Nunca antes había yo reaccionado a la vacuna como ahora y esta vez creo que ha sido, a causa del modo en que me ha sido administrada la siniestra dosis medicamentosa, por una ATS rauda como una bala, que ni siquiera me dio tiempo a desabrocharme la manga, cuando inyección en ristre, me clavó en el brazo un banderillazo ciertamente caliente, que ya comenzó a jorobarme desde el mismo momento en que se introdujo en mi piel y que me ha dejado un recuerdo similar al causado por una picadura de avispa, con montículo a modo de volcán, al que no hacen efecto anti inflamatorios orales, ni cremas, pues no desaparece.
Esta profesional, que no se caracterizaba precisamente por su locuacidad, ya que no oí su voz más que para preguntarme mi nombre, debía estar hasta el moño de la labor que le había sido asignada y supongo que cuando mi turno llegó, tras cuatro horas de vacunaciones ininterrumpidas, sentía ya la necesidad imperiosa de perder de vista a la ancianidad allí congregada e ir a otros menesteres más lúdicos en los que realizarse mejor y en dos palabras, me mandó a paseo.
Puede que suene a tontería, pero en esto de la medicina, es muy de agradecer una buena actitud hacia el paciente y suele ser
habitual que se produzca con mucha más rapidez la mejoría, si la visita del profesional va acompañada de cierta amabilidad y respeto, e incluso de algún tema banal de conversación personal que dé a entender que existe una cierta proximidad humana y un poco de comprensión hacia las dolencias que nos afligen.
Además, nadie estudia temas relacionados con la salud bajo coacción o amenaza, y al estar hechos exactamente del mismo material que quienes nos hallamos al otro lado de la mesa, habría que presuponer una dosis de complicidad implícita entre nosotros y por qué no, unas mínimas reglas de educación, porque así los seres humanos nos diferenciamos de las bestias.
Pero hay acémilas con bata blanca, que en vez de hablar rebuznan y aunque afortunadamente, no son mayoría en el panorama actual de la medicina española, a veces tenemos la mala suerte de tropezar con una de ellas y recibimos, naturalmente, la correspondiente coz que de su natural se espera.
El caso es que me van a permitir un receso en mis noticias diarias, mientras mejoro de esta enfermedad pasajera, no sé si inducida por el maldito virus de la gripe que a pequeña escala me inyectaron, o por el tropiezo con la banderillera muda que se encargó de administrarmelo. Saque cada cuál la conclusión que mejor le venga.

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