Se pone en marcha la parafernalia militar, el fasto y el boato, la música marchosa que marca el paso de los desfiles y las tribunas se llenan de personalidades de rancio abolengo que olvidan, por un día, sus diferencias, como demostración de amor patrio y admiración por la tropa que salvaguarda el honor, de potenciales enemigos.
Los soldados sin graduación esperan que empiece la fiesta, ataviados con uniforme de gala, entonando canciones de cuartel ante los bares, con actitudes diametralmente opuestas a la recia disciplina que luego mostrarán, cuando se ponga en marcha la maquinaria y el pueblo aguarde con banderitas en las manos, la llegada de los Reyes, los príncipes, las infantas y los políticos, en una fila interminable de coches oficiales, ellos de traje oscuro, ellas de modelito nuevo, para conmemorar, no se sabe muy bien, si la unidad de las razas, o la fuerza irresistible del valor guerrero que caracteriza a nuestras fuerzas armadas.
Tanques, tanquetas, fusiles y toda clase de perversos artilugios, de tierra mar y aire, son puestos en estado de revista y relucen como soles, perfectamente manejados por sus belicosos dueños y pasado el momento de los saludos, de las inclinaciones de cabeza, de los taconazos y las reverencias, todo empieza a encajar a la perfección, como en un enorme rompecabezas en movimiento, que comienza a circular por las calles de la ciudad.
Ante la algarabía popular, pasan la infantería y los artilleros, los guardias reales y sus caballerías engalanadas, marinos, artificieros, guardias civiles, legionarios y toda suerte de gente armada, marcando el mismo paso, al son de la misma música bullanguera, poblando las avenidas de raído de botas y blandir de brazos, capitaneados por la famosa cabra, cuyo cometido nadie conoce y cuya opinión a cerca de este tipo de eventos no se le consultó jamás. Pobre animalito.
Gobierno y oposición, charlan amigablemente en los palcos olvidando pasadas rencillas. Los graves insultos vertidos desde los púlpitos mitineros, parecen agua pasada, a juzgar por el intercambio de sonrisas, y los gritos en contra que recibieron en pasadas ediciones de esta misma celebración se subsanaron, colocando a la multitud a una distancia suficiente para que no molesten en absoluto, la dulce paz de sus ilustres señorías.
Pasan los aviones, dejando una estela roja y gualda tras de sí mientras realizan mil piruetas en el cielo y se iza un banderón de proporciones que rayan en la horteridad, mientras el calor arrecia sobre las masas curiosas y algunos hacen su agosto con la venta ambulante de bebidas y bocadillos.
Los periodistas aguardan estoicamente el paso de la comitiva, intentando captar alguno de esos momentos memorables en que alguna personalidad tilda de “coñazo” la fiesterita y los flashes se disparan una y otra vez , también los de la prensa rosa, muy interesada en contar a sus lectores si alguna de las señoras ha repetido modelito, por aquello de la crisis.
Todo termina con una recepción seguida de almuerzo, este año un poco deslucido por la cojera del rey, que ha entretenido bastante a la concurrencia, con aquello de coger y soltar muleta durante toda la mañana y con la revisión de tropas hecha en jeep, en lugar de a pie, como mandan los cánones.
Esto de jugar a las guerritas, que tanto agrada a los defensores de la patria, que insisten en demostrarnos cada cierto tiempo, que tenemos un ejército moderno y bien equipado, dispuesto a dar la cara por nosotros, si hiciere falta, tiene sin embargo un impedimento que todos olvidan mencionar y que, dada la época que atravesamos, es algo muy a tener en cuenta, ahora que hay que arrimar el hombro para paliar la crisis: el precio exacto del evento.
Montar un acontecimiento de esta categoría, no debe resultar barato y muy al contrario, el costo de poner en marcha a los participantes, los vehículos, los aviones y su correspondiente combustible, sin duda ha de ser alto para las arcas del Estado.
Si a ésto añadimos el presupuesto de la recepción palaciega y el del rancho que hayan tomado probablemente, los participantes en el desfile y sus familiares más directos, el montante de la operación, a cargo de los españoles, se dispara.
No importaría dar este tipo de caprichos a los amantes de la suntuosidad de galones y estrellas, si al mismo tiempo no se estuvieran produciendo recortes drásticos en temas que a todos atañen, como la sanidad o la enseñanza, si no nos hubieran rebajado los sueldos y congelado las pensiones y si hacer la cesta de la compra no fuera un reto peligroso cada día, para los cinco millones de parados que tenemos a nuestra espalda, con toda suerte de carencias.
Ni a ellos, ni a nosotros, de veras, nos importa un bledo el color de los trajes de los militares, la tecnología de los carros de combate y esos aviones que nos muestran en el desfile y que por cierto, nada tienen que ver con los que luego se emplean, en episodios como el del Yak 42, de tan triste recuerdo.
Ahorrar suspendiendo sine die eventos como éste, sería un buen ejemplo de ahorro para los españoles, a los que no hace falta para nada, al menos de momento, salir a contemplar batallitas fingidas, mientras van cayendo sin que nadie lo remedie, en las garras de la pobreza.
Los soldados sin graduación esperan que empiece la fiesta, ataviados con uniforme de gala, entonando canciones de cuartel ante los bares, con actitudes diametralmente opuestas a la recia disciplina que luego mostrarán, cuando se ponga en marcha la maquinaria y el pueblo aguarde con banderitas en las manos, la llegada de los Reyes, los príncipes, las infantas y los políticos, en una fila interminable de coches oficiales, ellos de traje oscuro, ellas de modelito nuevo, para conmemorar, no se sabe muy bien, si la unidad de las razas, o la fuerza irresistible del valor guerrero que caracteriza a nuestras fuerzas armadas.
Tanques, tanquetas, fusiles y toda clase de perversos artilugios, de tierra mar y aire, son puestos en estado de revista y relucen como soles, perfectamente manejados por sus belicosos dueños y pasado el momento de los saludos, de las inclinaciones de cabeza, de los taconazos y las reverencias, todo empieza a encajar a la perfección, como en un enorme rompecabezas en movimiento, que comienza a circular por las calles de la ciudad.
Ante la algarabía popular, pasan la infantería y los artilleros, los guardias reales y sus caballerías engalanadas, marinos, artificieros, guardias civiles, legionarios y toda suerte de gente armada, marcando el mismo paso, al son de la misma música bullanguera, poblando las avenidas de raído de botas y blandir de brazos, capitaneados por la famosa cabra, cuyo cometido nadie conoce y cuya opinión a cerca de este tipo de eventos no se le consultó jamás. Pobre animalito.
Gobierno y oposición, charlan amigablemente en los palcos olvidando pasadas rencillas. Los graves insultos vertidos desde los púlpitos mitineros, parecen agua pasada, a juzgar por el intercambio de sonrisas, y los gritos en contra que recibieron en pasadas ediciones de esta misma celebración se subsanaron, colocando a la multitud a una distancia suficiente para que no molesten en absoluto, la dulce paz de sus ilustres señorías.
Pasan los aviones, dejando una estela roja y gualda tras de sí mientras realizan mil piruetas en el cielo y se iza un banderón de proporciones que rayan en la horteridad, mientras el calor arrecia sobre las masas curiosas y algunos hacen su agosto con la venta ambulante de bebidas y bocadillos.
Los periodistas aguardan estoicamente el paso de la comitiva, intentando captar alguno de esos momentos memorables en que alguna personalidad tilda de “coñazo” la fiesterita y los flashes se disparan una y otra vez , también los de la prensa rosa, muy interesada en contar a sus lectores si alguna de las señoras ha repetido modelito, por aquello de la crisis.
Todo termina con una recepción seguida de almuerzo, este año un poco deslucido por la cojera del rey, que ha entretenido bastante a la concurrencia, con aquello de coger y soltar muleta durante toda la mañana y con la revisión de tropas hecha en jeep, en lugar de a pie, como mandan los cánones.
Esto de jugar a las guerritas, que tanto agrada a los defensores de la patria, que insisten en demostrarnos cada cierto tiempo, que tenemos un ejército moderno y bien equipado, dispuesto a dar la cara por nosotros, si hiciere falta, tiene sin embargo un impedimento que todos olvidan mencionar y que, dada la época que atravesamos, es algo muy a tener en cuenta, ahora que hay que arrimar el hombro para paliar la crisis: el precio exacto del evento.
Montar un acontecimiento de esta categoría, no debe resultar barato y muy al contrario, el costo de poner en marcha a los participantes, los vehículos, los aviones y su correspondiente combustible, sin duda ha de ser alto para las arcas del Estado.
Si a ésto añadimos el presupuesto de la recepción palaciega y el del rancho que hayan tomado probablemente, los participantes en el desfile y sus familiares más directos, el montante de la operación, a cargo de los españoles, se dispara.
No importaría dar este tipo de caprichos a los amantes de la suntuosidad de galones y estrellas, si al mismo tiempo no se estuvieran produciendo recortes drásticos en temas que a todos atañen, como la sanidad o la enseñanza, si no nos hubieran rebajado los sueldos y congelado las pensiones y si hacer la cesta de la compra no fuera un reto peligroso cada día, para los cinco millones de parados que tenemos a nuestra espalda, con toda suerte de carencias.
Ni a ellos, ni a nosotros, de veras, nos importa un bledo el color de los trajes de los militares, la tecnología de los carros de combate y esos aviones que nos muestran en el desfile y que por cierto, nada tienen que ver con los que luego se emplean, en episodios como el del Yak 42, de tan triste recuerdo.
Ahorrar suspendiendo sine die eventos como éste, sería un buen ejemplo de ahorro para los españoles, a los que no hace falta para nada, al menos de momento, salir a contemplar batallitas fingidas, mientras van cayendo sin que nadie lo remedie, en las garras de la pobreza.

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