martes, 4 de octubre de 2011

Crear un paraíso

La nueva subida de las cifras del paro en Septiembre, viene una vez más a demostrar la ineficacia de todas las medidas tomadas en la reforma laboral y pone en la calle a cerca de cien mil españoles, que pasan a engrosar las interminables colas de las oficinas del INEM, ya de por sí suficientemente nutridas.
Siguen sin ser nada halagüeñas las perspectivas de futuro para nuestro país y aún el representante de los grandes empresarios exige mayores recortes, naturalmente en exclusivo beneficio de sus representados, mientras los asalariados ven con estupor derrumbarse su modo de vida, sin que nadie haga nada por remediarlo.
Ahora dice Grecia que puede aguardar hasta Noviembre sin recibir un segundo rescate. La población está en la calle con un recorte del 25% de su sueldo y su país en manos de las caprichosas manos de unos cuantos entendidos en finanzas estupendamente afincados en Europa, de esos que cuando deciden retirarse, firman finiquitos de veinte millones de euros y que, naturalmente, nunca entendieron ni entenderán, de fatigas ni miserias.
Hay además un montante considerable de economía sumergida, produciendo intereses para sus propietarios allá donde hayan decidido colocarlo y cuyo destino no parece interesar a nadie averiguar, como si nos sobraran medios para superar la maldita crisis y los impuestos fueran sólo cosa de los trabajadores con nómina a los que hacienda no da respiro, esté como esté su actual situación.
Tal vez sería una buena idea convertir a España en uno de esos paraísos fiscales dispuestos a recibir fortunas escamoteadas a loa estados sin hacer preguntas impertinentes, ya que al ser la puerta de África y el primer peldaño para acceder a Europa, su situación estratégica le proporcionaría rápidamente avispados clientes capaces, ellos sí, de multiplicar capitales a velocidades extremas y de proporcionar al territorio que los acoja suculentos beneficios que lo coloquen en una situación de tranquilidad, de esas que duran toda la vida.
De este modo ya no habría que estar mirando si se turba el gesto de la señora Merkel, ni estar en vilo cada vez que aparecen las noticias de todos los descalabros que se producen a diario en países hasta ayer, garantes de solidez y ahora arrastrados por el lodo de los mercados bursátiles, sin que nadie se atreva a servirles de aval en sus arriesgadas políticas.
Uno añora los tiempos en que se levantaba con cierta sensación de alegría y creía que su plan de vida estaba asentado en el tiempo, contemplando un plácido futuro para sus descendientes, sin sombras acechantes que enturbiaran el horizonte.
Ya que nuestros políticos han demostrado con creces que son capaces de cerrar los ojos a las miles de historias truculentas que ocurren a su alrededor, sería una buena maniobra hacer de la corrupción un modo de vida para el país que habitan y aprovechar el tirón de lo que tan bien saben hacer, para convertirse en administradores reales de sus amados capitalistas y de paso, alegrar nuestra triste existencia con una inyección que empezara a llenar nuestros esquilmados bolsillos. Algo nos tocaría ¿no?

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