Las primeras reacciones al comunicado de Eta, no han roto ninguna de las expectativas que teníamos los que desde hace tiempo, esperábamos el abandono de las armas.
Airados por que el hecho no se haya producido bajo su mandato, los populares acuden al tema recurrente de las víctimas, proclamándose defensores a ultranza de sus derechos, como si para los demás no fuera prioritario el dolor y sólo con sus métodos pudiera ser resuelto el problema a satisfacción de todos.
Por el contrario, para los socialistas, el cariz positivo de lo ocurrido supera con creces cualquier dificultad añadida que pudiera darse, en el futuro, hasta que las heridas lleguen a cerrarse, dando paso al olvido de este negro episodio de la historia de Euskadi.
Lágrimas y emociones incluidas, haber podido contar el final estando en el poder, minimiza los efectos de la debacle venidera y da credibilidad al candidato Rubalcaba, que en cierto modo, aportó soluciones a un conflicto enquistado con los anteriores ministros de interior, y felizmente resuelto ahora, para su satisfacción personal.
Salen de la oscuridad miles de simpatizantes de Bildu, que toman las calles advirtiendo que las reivindicaciones de soberanía no se han olvidado ni se olvidarán. A nadie debe extrañar este hecho, ya que de no haber contado con un amplio apoyo popular, Eta jamás habría podido sobrevivir cincuenta años.
La etapa que se abre, aún habrá de traer un cambio en las instituciones vascas y probablemente, los abertzales experimentarán una subida notable de votos, que les llevará a ocupar escaños en el Parlamento español, con más representantes de los que la mayoría espera.
Pero al contrario de poder ser considerado éste como un hecho negativo, su aterrizaje en los organismos del Estado será sin duda, uno de los mayores retos a que se han enfrentado, ya que nunca compitieron de igual a igual con otros contendientes políticos.
Nada desgasta más a un partido que los años de poder. Enfrentarse a la realidad cotidiana de los pueblos y tener que tomar decisiones altamente impopulares para lo que se considera el bien común, acaba por derrotar cualquier teoría previa, por preciosa que fuera, y pone en evidencia la auténtica valía de quienes han sido elegidos para representar a los ciudadanos, que aguardan con impaciencia la ocasión de retirar su voto a los en algún momento les defraudan.
El tiempo, que todo lo cura, terminará pues de poner a cada cual en su sitio y ya se verá en qué queda el empuje independentista, cuando se apoye únicamente en la fuerza de las palabras.
Me quedo en todo esto, con el ejemplo esperanzador de la hija de Ernest Lluch, que comento que tras conocer el comunicado, su intención fue correr hasta la tumba de su padre y susurrarle: se acabó.
Nada más cerca de la generosidad que este perdón sin condiciones, que pone por encima a los que nunca serán víctimas, del sufrimiento de los que ya lo fueron, para su desgracia.
Que la vida continúe sin incidentes, es el mejor síntoma de que todo transcurre con total normalidad y debemos alegrarnos de poder estarlo viviendo.
Airados por que el hecho no se haya producido bajo su mandato, los populares acuden al tema recurrente de las víctimas, proclamándose defensores a ultranza de sus derechos, como si para los demás no fuera prioritario el dolor y sólo con sus métodos pudiera ser resuelto el problema a satisfacción de todos.
Por el contrario, para los socialistas, el cariz positivo de lo ocurrido supera con creces cualquier dificultad añadida que pudiera darse, en el futuro, hasta que las heridas lleguen a cerrarse, dando paso al olvido de este negro episodio de la historia de Euskadi.
Lágrimas y emociones incluidas, haber podido contar el final estando en el poder, minimiza los efectos de la debacle venidera y da credibilidad al candidato Rubalcaba, que en cierto modo, aportó soluciones a un conflicto enquistado con los anteriores ministros de interior, y felizmente resuelto ahora, para su satisfacción personal.
Salen de la oscuridad miles de simpatizantes de Bildu, que toman las calles advirtiendo que las reivindicaciones de soberanía no se han olvidado ni se olvidarán. A nadie debe extrañar este hecho, ya que de no haber contado con un amplio apoyo popular, Eta jamás habría podido sobrevivir cincuenta años.
La etapa que se abre, aún habrá de traer un cambio en las instituciones vascas y probablemente, los abertzales experimentarán una subida notable de votos, que les llevará a ocupar escaños en el Parlamento español, con más representantes de los que la mayoría espera.
Pero al contrario de poder ser considerado éste como un hecho negativo, su aterrizaje en los organismos del Estado será sin duda, uno de los mayores retos a que se han enfrentado, ya que nunca compitieron de igual a igual con otros contendientes políticos.
Nada desgasta más a un partido que los años de poder. Enfrentarse a la realidad cotidiana de los pueblos y tener que tomar decisiones altamente impopulares para lo que se considera el bien común, acaba por derrotar cualquier teoría previa, por preciosa que fuera, y pone en evidencia la auténtica valía de quienes han sido elegidos para representar a los ciudadanos, que aguardan con impaciencia la ocasión de retirar su voto a los en algún momento les defraudan.
El tiempo, que todo lo cura, terminará pues de poner a cada cual en su sitio y ya se verá en qué queda el empuje independentista, cuando se apoye únicamente en la fuerza de las palabras.
Me quedo en todo esto, con el ejemplo esperanzador de la hija de Ernest Lluch, que comento que tras conocer el comunicado, su intención fue correr hasta la tumba de su padre y susurrarle: se acabó.
Nada más cerca de la generosidad que este perdón sin condiciones, que pone por encima a los que nunca serán víctimas, del sufrimiento de los que ya lo fueron, para su desgracia.
Que la vida continúe sin incidentes, es el mejor síntoma de que todo transcurre con total normalidad y debemos alegrarnos de poder estarlo viviendo.

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