Las primeras elecciones democráticas en Túnez, han dado el triunfo a un islamismo moderado, que hace su entrada en la política del país, como resultado de la revolución de los jazmines protagonizada por el mismo pueblo, que ha acudido masivamente a las urnas para expresar su voluntad.
El resultado defrauda un poco a nuestra mentalidad occidental, acostumbrada a asociar islamismo con férreas dictaduras teocráticas, represoras de los derechos humanos y cercanas a un fanatismo ideológico, comúnmente radicalizado por la ignorancia y el analfabetismo de las masas.
Ciertamente, Túnez podría correr el peligro de que algo así pasase después de los comicios, pero teniendo en cuenta que fue precisamente en sus calles donde empezaron los movimientos en contra de las tiranías establecidas en el Magreb, cuesta creer que recién salidos de una terrible experiencia, los tunecinos puedan llegar a permitir ser doblegados por una nueva barbarie, que corte de raíz sus aspiraciones de libertad, con los argumentos que fueren.
De todos los movimientos habidos, el de Túnez ha sido, sin duda, el que menos efectos negativos ha acarreado y el menos sangriento, en cuanto a pérdidas humanas se refiere, por lo que habría que considerarlo como un éxito rotundo para su población.
Así mismo, las manifestaciones de los ganadores de las elecciones, que han creído ver en Turquía un ejemplo a seguir en sus políticas venideras, parecen augurar un modelo mixto, cercano a los occidentales, pero conservando a la vez las costumbres propias de las naciones árabes, fuertemente ancladas a su religión.
Sin embargo, se impone sobre todo una modernización en cuestiones educativas, capaces de sacar a la población de la pobreza a que ha sido sometida durante los años de la tiranía, a través de un aprendizaje que no será fácil, pero que debe acometerse con ímpetu y sin pausa.
Las ansias de libertad de los tunecinos, no llegarán a verse colmadas si permanecen sumergidos en la ignorancia a la que los condenó su antiguo gobierno y la religión se encarga de frustrar sus expectativas, con premisas ajenas a los avances que mueven el mundo, con dogmas obsoletos.
Pero la voluntad soberana de los pueblos ha de ser aceptada tal como es y el peligro de la injerencia occidental en este proceso de democratización, debe ser evitado también, si lo que se pretende es mantener el derecho a la identidad, que caracteriza a cualquier territorio libre.
Serán fundamentales los primeros pasos de este nuevo gobierno que, probablemente, serán analizados con lupa por los otros países que también decidieron librarse del lastre que les mantenía anclados al pasado y que ahora se están planteando estrategias de futuro, sin tener muy claro qué hacer.
Evidentemente, la situación de Egipto o la de Libia, conforman realidades distintas y los caminos por los que han llegado hasta aquí, nada tienen que ver con el recorrido por Túnez, pero el hecho de ser los primeros en visitar los colegios electorales y poder emitir sus votos sin el terror como telón de fondo, les confiere una importancia de proporciones incalculables a los ojos de sus vecinos y los colocan en el punto de mira de las grandes potencias mundiales, deseosas de saber a qué atenerse, en su avidez de enriquecimiento insaciable.
También constituye Túnez la esperanza de cuantos aún no han sido capaces de levantarse contra las tiranías y el espejo en que se miran ahora cuantos aún son víctimas del miedo, en otras naciones menos afortunadas.
Es pues primordial, medir milimétricamente las acciones, para no defraudar a ninguno de los que creímos en su lucha y desde cerca o desde lejos, apoyamos su derecho a conseguir un modo de vida mejor y un futuro en libertad para sus generaciones venideras.
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El resultado defrauda un poco a nuestra mentalidad occidental, acostumbrada a asociar islamismo con férreas dictaduras teocráticas, represoras de los derechos humanos y cercanas a un fanatismo ideológico, comúnmente radicalizado por la ignorancia y el analfabetismo de las masas.
Ciertamente, Túnez podría correr el peligro de que algo así pasase después de los comicios, pero teniendo en cuenta que fue precisamente en sus calles donde empezaron los movimientos en contra de las tiranías establecidas en el Magreb, cuesta creer que recién salidos de una terrible experiencia, los tunecinos puedan llegar a permitir ser doblegados por una nueva barbarie, que corte de raíz sus aspiraciones de libertad, con los argumentos que fueren.
De todos los movimientos habidos, el de Túnez ha sido, sin duda, el que menos efectos negativos ha acarreado y el menos sangriento, en cuanto a pérdidas humanas se refiere, por lo que habría que considerarlo como un éxito rotundo para su población.
Así mismo, las manifestaciones de los ganadores de las elecciones, que han creído ver en Turquía un ejemplo a seguir en sus políticas venideras, parecen augurar un modelo mixto, cercano a los occidentales, pero conservando a la vez las costumbres propias de las naciones árabes, fuertemente ancladas a su religión.
Sin embargo, se impone sobre todo una modernización en cuestiones educativas, capaces de sacar a la población de la pobreza a que ha sido sometida durante los años de la tiranía, a través de un aprendizaje que no será fácil, pero que debe acometerse con ímpetu y sin pausa.
Las ansias de libertad de los tunecinos, no llegarán a verse colmadas si permanecen sumergidos en la ignorancia a la que los condenó su antiguo gobierno y la religión se encarga de frustrar sus expectativas, con premisas ajenas a los avances que mueven el mundo, con dogmas obsoletos.
Pero la voluntad soberana de los pueblos ha de ser aceptada tal como es y el peligro de la injerencia occidental en este proceso de democratización, debe ser evitado también, si lo que se pretende es mantener el derecho a la identidad, que caracteriza a cualquier territorio libre.
Serán fundamentales los primeros pasos de este nuevo gobierno que, probablemente, serán analizados con lupa por los otros países que también decidieron librarse del lastre que les mantenía anclados al pasado y que ahora se están planteando estrategias de futuro, sin tener muy claro qué hacer.
Evidentemente, la situación de Egipto o la de Libia, conforman realidades distintas y los caminos por los que han llegado hasta aquí, nada tienen que ver con el recorrido por Túnez, pero el hecho de ser los primeros en visitar los colegios electorales y poder emitir sus votos sin el terror como telón de fondo, les confiere una importancia de proporciones incalculables a los ojos de sus vecinos y los colocan en el punto de mira de las grandes potencias mundiales, deseosas de saber a qué atenerse, en su avidez de enriquecimiento insaciable.
También constituye Túnez la esperanza de cuantos aún no han sido capaces de levantarse contra las tiranías y el espejo en que se miran ahora cuantos aún son víctimas del miedo, en otras naciones menos afortunadas.
Es pues primordial, medir milimétricamente las acciones, para no defraudar a ninguno de los que creímos en su lucha y desde cerca o desde lejos, apoyamos su derecho a conseguir un modo de vida mejor y un futuro en libertad para sus generaciones venideras.
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