Mientras el primer mundo se fragmenta, hecho pedazos en las manos caprichosas de unos cuantos especuladores sin escrúpulos y los parias de la tierra aguardan con paciencia infinita la mísera ayuda tendenciosa de unos benefactores sin conciencia, el tiempo pasa inexorablemente, sin que nadie se atreva a dar un paso proclive a determinar cómo será el futuro para todos nosotros, ni a marcar directrices capaces de atraer a los hombres hacia otros modelos más justos de emplear la riqueza.
La fracasada globalización, que nos ha llevado a las puertas de la agonía, a la sinrazón de la hegemonía de la economía sobre los individuos, permanece inalterable en su sólido pedestal desde el que domina la tierra, insensible al grito cada vez más estrepitoso de aquellos a los que despojó de cuánto tenían y sumando sórdidos dividendos obtenidos a base de explotación y corrupción de las ideologías.
Enquistada la comodidad entre nosotros durante demasiado tiempo, la valentía se ha convertido en una virtud residual de la que casi todos carecemos. Atados en corto con la esclavitud que da deber favores impagables, todos los mecanismos de defensa quedaron anulados al tiempo en que consentimos entrar en la mentira colectiva que nos vendieron como una forma de prosperar segura y eterna.
La promoción descarada de las Ciencias como únicas materias de interés, empujando desde la escuela a los alumnos más aventajados hacia ella y desaconsejando a los brillantes cualquier cosa relacionada con la humanidad y el pensamiento, ha conseguido en poco tiempo, que todos seamos capaces de manejar computadoras y todos los avances tecnológicos que han querido imponernos, a cambio de perder nuestra innata capacidad de raciocinio, olvidando lo acaecido en la historia del mundo en que vivimos y en muchos casos, hasta sin conocer siquiera el nombre de la provincia más cercana a nuestro lugar de nacimiento.
Nos han robado nuestros idiomas, orientándonos a uno común casualmente hablado por los económicamente más fuertes, evitado la socialización encerrando a los individuos en casa obnubilados ante una pantalla capaz de atravesar las fronteras para ofrecernos la realidad virtual de conocer nuevos individuos a los que nunca tendremos en frente y hacer que veamos como algo negativo la confraternización con los que tenemos más cerca, premiando la violencia como una forma de fortaleza y virilidad entre los frágiles adolescentes, cuya única ilusión en la vida es holgar en una habitación desordenada exigiendo derechos que nunca ganaron en su corta existencia, tristemente manipulada prácticamente desde la cuna.
Es esta una forma de matar la esperanza de la humanidad convirtiéndola en un ente impreciso, al que llevar y traer por caminos previamente marcados y decididos sin su participación ni consenso.
Ni siquiera nos queda la opción de poder pasar a una clandestinidad desde la que empezar una lucha faraónica para restaurar un modo de vida distinto en el que basar los principios en los que ayer creímos, porque los que no conocieron la libertad no sienten su falta, ni quieren oír hablar de su reconquista.
Así, no es de extrañar que el puñado de hombres que han decidido expresar en las calles su oposición al sistema, sean tildados de locos e iluminados por los padres de todas las patrias, probablemente inquietos por la estabilidad de su bien urdida teoría de alienación, vapuleada por un puñado de héroes urbanos víctimas de una indignación infinita.
Los pequeños pasos que han empezado a darse desde estos movimientos son, sin embargo, a todas luces insuficientes, si el quiste de la ignorancia mal intencionada que instalaron en nosotros deliberadamente, no es extirpado a la mayor brevedad y se propicia la propagación de muevas ideas, entre la embrutecida humanidad que camina adormilada hacia su propia muerte.
Convendría pues aclarar, que hay valores que deben permanecer entre nosotros, como señas de identidad de nuestra especie, que siempre se diferenció de las demás por su racionalidad y por las aplicaciones que de ella se derivan, desde que nos levantamos del suelo para empezar a construir otro Universo.
La fracasada globalización, que nos ha llevado a las puertas de la agonía, a la sinrazón de la hegemonía de la economía sobre los individuos, permanece inalterable en su sólido pedestal desde el que domina la tierra, insensible al grito cada vez más estrepitoso de aquellos a los que despojó de cuánto tenían y sumando sórdidos dividendos obtenidos a base de explotación y corrupción de las ideologías.
Enquistada la comodidad entre nosotros durante demasiado tiempo, la valentía se ha convertido en una virtud residual de la que casi todos carecemos. Atados en corto con la esclavitud que da deber favores impagables, todos los mecanismos de defensa quedaron anulados al tiempo en que consentimos entrar en la mentira colectiva que nos vendieron como una forma de prosperar segura y eterna.
La promoción descarada de las Ciencias como únicas materias de interés, empujando desde la escuela a los alumnos más aventajados hacia ella y desaconsejando a los brillantes cualquier cosa relacionada con la humanidad y el pensamiento, ha conseguido en poco tiempo, que todos seamos capaces de manejar computadoras y todos los avances tecnológicos que han querido imponernos, a cambio de perder nuestra innata capacidad de raciocinio, olvidando lo acaecido en la historia del mundo en que vivimos y en muchos casos, hasta sin conocer siquiera el nombre de la provincia más cercana a nuestro lugar de nacimiento.
Nos han robado nuestros idiomas, orientándonos a uno común casualmente hablado por los económicamente más fuertes, evitado la socialización encerrando a los individuos en casa obnubilados ante una pantalla capaz de atravesar las fronteras para ofrecernos la realidad virtual de conocer nuevos individuos a los que nunca tendremos en frente y hacer que veamos como algo negativo la confraternización con los que tenemos más cerca, premiando la violencia como una forma de fortaleza y virilidad entre los frágiles adolescentes, cuya única ilusión en la vida es holgar en una habitación desordenada exigiendo derechos que nunca ganaron en su corta existencia, tristemente manipulada prácticamente desde la cuna.
Es esta una forma de matar la esperanza de la humanidad convirtiéndola en un ente impreciso, al que llevar y traer por caminos previamente marcados y decididos sin su participación ni consenso.
Ni siquiera nos queda la opción de poder pasar a una clandestinidad desde la que empezar una lucha faraónica para restaurar un modo de vida distinto en el que basar los principios en los que ayer creímos, porque los que no conocieron la libertad no sienten su falta, ni quieren oír hablar de su reconquista.
Así, no es de extrañar que el puñado de hombres que han decidido expresar en las calles su oposición al sistema, sean tildados de locos e iluminados por los padres de todas las patrias, probablemente inquietos por la estabilidad de su bien urdida teoría de alienación, vapuleada por un puñado de héroes urbanos víctimas de una indignación infinita.
Los pequeños pasos que han empezado a darse desde estos movimientos son, sin embargo, a todas luces insuficientes, si el quiste de la ignorancia mal intencionada que instalaron en nosotros deliberadamente, no es extirpado a la mayor brevedad y se propicia la propagación de muevas ideas, entre la embrutecida humanidad que camina adormilada hacia su propia muerte.
Convendría pues aclarar, que hay valores que deben permanecer entre nosotros, como señas de identidad de nuestra especie, que siempre se diferenció de las demás por su racionalidad y por las aplicaciones que de ella se derivan, desde que nos levantamos del suelo para empezar a construir otro Universo.

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