La crudísima ejecución del tirano Gadafi, a manos de las hordas enloquecidas que lo capturaron, ofrece una visión dantesca del comportamiento de los seres humanos en situaciones límite y echa por tierra cualquier atisbo de raciocinio que pueda atribuirse a nuestra especie, demostrando que en ciertos momentos, nada hemos avanzado desde la prehistoria.
Tras cuarenta años de férrea dictadura y ocho meses de negativas continuas a dejar el poder, que han costado un elevadísimo número de vidas humanas de civiles, el cuerpo muerto de Gadafi, masacrado y vejado hasta la saciedad, es expuesto en un centro comercial como un trofeo, para que las miradas curiosas puedan saciar su sed de morbo, con la contemplación del doloroso espectáculo del opresor, reducido a la más infame de las miserias.
Poco parece importar a la Comunidad Internacional cómo se han producido los hechos, e incluso se da por bueno este espantoso crimen de guerra, en la esperanza de que los rebeldes vencedores en el conflicto, muestren su disposición de reabrir el mercado del petróleo, que es, en suma, lo único y verdaderamente importante de esta historia.
La conveniencia de hacer desaparecer ahora a Gadafi del panorama político, pretende hurtar a la memoria colectiva los años en que se admitió su régimen como válido, se estrechó su mano sin preguntas y se obviaron las condiciones de vida del pueblo libio, a cambio de prebendas económicas a favor de occidente.
El deplorable espectáculo de su muerte, grabada en directo a modo de documento en el teléfono móvil de uno de los participantes en la barbarie, pone en entredicho cualquier atisbo de justicia universal que pudiera resolver legítimamente estos temas y echa por tierra la definición de ética aplicada al comportamiento de las masas, cuando las circunstancias les dan el poder de decisión sobre el destino de aquellos que antes las masacraron con sus actitudes tiránicas.
El sadismo llevado a extremos inenarrables, que todos hemos podido ver en los escasos minutos que dura esta grabación macabra, no deja lugar a excusas para quienes practican ante nuestros ojos la ferocidad de su odio, sin el menor respeto a las leyes, equiparándose en su actitud con la de quien reprimen y dejando claramente al descubierto de lo que serían capaces, de encontrarse en la situación de privilegio que disfrutaba quién durante tantos años los oprimió.
Si no se abre inmediatamente una investigación que lleve ante los tribunales a los actores directos de este carnaval sangriento, la esperanza de que el pueblo libio pueda asentar su futuro en una idea igualitaria y justa para su nación, habrá muerto junto con el tirano, arrastrada por las calles de un país, que merece otra visión de la vida, que la que ofrecen éstos que ahora, se ufanan de su botín humano, sin el menor respeto a la decencia.
Dejar pasar la ocasión de censurar drásticamente lo ocurrido en Libia, sería abrir una peligrosa puerta a los que en un futuro próximo, decidieran alzarse contra los regímenes totalitarios que los gobiernan y permitir que las masas asumieran el papel de los jueces, ejecutando sin derecho a defensa a los encausados, desencadenando probablemente una cadena imparable de linchamientos, a lo largo de una geografía demasiado poblada por
iluminados, capaces de perpetuarse en el poder, por encima de los pueblos.
Tras cuarenta años de férrea dictadura y ocho meses de negativas continuas a dejar el poder, que han costado un elevadísimo número de vidas humanas de civiles, el cuerpo muerto de Gadafi, masacrado y vejado hasta la saciedad, es expuesto en un centro comercial como un trofeo, para que las miradas curiosas puedan saciar su sed de morbo, con la contemplación del doloroso espectáculo del opresor, reducido a la más infame de las miserias.
Poco parece importar a la Comunidad Internacional cómo se han producido los hechos, e incluso se da por bueno este espantoso crimen de guerra, en la esperanza de que los rebeldes vencedores en el conflicto, muestren su disposición de reabrir el mercado del petróleo, que es, en suma, lo único y verdaderamente importante de esta historia.
La conveniencia de hacer desaparecer ahora a Gadafi del panorama político, pretende hurtar a la memoria colectiva los años en que se admitió su régimen como válido, se estrechó su mano sin preguntas y se obviaron las condiciones de vida del pueblo libio, a cambio de prebendas económicas a favor de occidente.
El deplorable espectáculo de su muerte, grabada en directo a modo de documento en el teléfono móvil de uno de los participantes en la barbarie, pone en entredicho cualquier atisbo de justicia universal que pudiera resolver legítimamente estos temas y echa por tierra la definición de ética aplicada al comportamiento de las masas, cuando las circunstancias les dan el poder de decisión sobre el destino de aquellos que antes las masacraron con sus actitudes tiránicas.
El sadismo llevado a extremos inenarrables, que todos hemos podido ver en los escasos minutos que dura esta grabación macabra, no deja lugar a excusas para quienes practican ante nuestros ojos la ferocidad de su odio, sin el menor respeto a las leyes, equiparándose en su actitud con la de quien reprimen y dejando claramente al descubierto de lo que serían capaces, de encontrarse en la situación de privilegio que disfrutaba quién durante tantos años los oprimió.
Si no se abre inmediatamente una investigación que lleve ante los tribunales a los actores directos de este carnaval sangriento, la esperanza de que el pueblo libio pueda asentar su futuro en una idea igualitaria y justa para su nación, habrá muerto junto con el tirano, arrastrada por las calles de un país, que merece otra visión de la vida, que la que ofrecen éstos que ahora, se ufanan de su botín humano, sin el menor respeto a la decencia.
Dejar pasar la ocasión de censurar drásticamente lo ocurrido en Libia, sería abrir una peligrosa puerta a los que en un futuro próximo, decidieran alzarse contra los regímenes totalitarios que los gobiernan y permitir que las masas asumieran el papel de los jueces, ejecutando sin derecho a defensa a los encausados, desencadenando probablemente una cadena imparable de linchamientos, a lo largo de una geografía demasiado poblada por
iluminados, capaces de perpetuarse en el poder, por encima de los pueblos.

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