Nunca sabremos la importancia real que tiene el canje de un solo soldado israelí por un millar de palestinos, o quizá no queramos creer, a causa de nuestra natural desconfianza, que esta liberación sea un paso para el entendimiento entre dos naciones enemigas, pero es verdad que en estos días, que en nuestro país se discute acaloradamente sobre las concesiones en un proceso de diálogo, el intercambio parece, a simple vista, un gesto de generosidad por parte de los más poderosos hacia los débiles y la imagen de los que vuelven al hogar, de una y otra parte, ayuda a mirar al mundo con una visión más humana de la que, desgraciadamente, se nos muestra.
Quizá en el acuerdo esté implícita una prohibición velada para que no vuelvan a plantearse en Naciones Unidas exigencias de creaciones de nuevos estados o algo aún más oscuro, que no será revelado a los medios de comunicación, al menos por ahora.
El enquistado problema de Oriente Medio, de difícil análisis, es también otro de los conflictos territoriales de envergadura, de cuántos se suceden ante nuestros ojos habiéndose convertido en rutinarios, como si ya nadie esperara una solución ni cercana, ni lejana, que ahuyentara el fantasma de la muerte de
los que conviven con ella a diario por las calles de sus ciudades.
Y sin embargo, la resolución de estos temas puede ser posible, si la voluntad y el esfuerzo de los implicados son verdaderamente sinceros y los hombres tratamos de comprender que, al fin y al cabo, tampoco es tan importante la procedencia de cada uno de nosotros.
No es fácil convivir con la violencia, ni llegar a la conclusión de hacer de ella un único medio para sobrevivir o adoptarla como parte de lo cotidiano, sin dar la menor importancia al elevado precio que pagamos por esa convivencia.
Cualquier gesto, por pequeño que sea, de acercamiento mutuo entre contendientes, es válido, si va encaminado a mejorar el futuro de la mayoría y consigue que la paz no sea un concepto abstracto que contemplamos desde lejos y que algunos, incluso nazcan y mueran sin haberla conocido, como si habitaran una parte del mundo donde la barbarie no pudiera ser dominada por la razón.
Nada importan los auténticos motivos de la noticia que hoy nos llega, si es el comienzo de una serie de actos parecidos, capaces de traer un poco de alegría a los endurecidos corazones de los adversarios eternos y encauza la negociación que mantienen, sacándola del compás de espera en que se encuentra anclada, mientras la gente considera prácticamente imposible encontrar una salida.
Quizá podría seguirse ahora por derribar el muro que convierte en ghetto los territorios palestinos e impiden la libertad de circulación de sus habitantes, por medio de la fuerza. O por dejar entrar los barcos de ayuda humanitaria a los que se impide el acceso a los necesitados de productos básicos, acabando con el bloqueo que no permite crecer a los que se encuentran en el lado más débil de una balanza, claramente inclinada hacia el platillo de los poderosos.
Pero me quedo con la fotografía del niño palestino que se cuelga de la ventanilla del autobús para abrazar a quien probablemente, es su padre y con las tímidas palabras del prisionero israelí que dice que nunca perdió la esperanza de volver. Los sentimientos siempre acaban por igualarnos, por muy lejos que creamos estar los unos de los otros.
Quizá en el acuerdo esté implícita una prohibición velada para que no vuelvan a plantearse en Naciones Unidas exigencias de creaciones de nuevos estados o algo aún más oscuro, que no será revelado a los medios de comunicación, al menos por ahora.
El enquistado problema de Oriente Medio, de difícil análisis, es también otro de los conflictos territoriales de envergadura, de cuántos se suceden ante nuestros ojos habiéndose convertido en rutinarios, como si ya nadie esperara una solución ni cercana, ni lejana, que ahuyentara el fantasma de la muerte de
los que conviven con ella a diario por las calles de sus ciudades.
Y sin embargo, la resolución de estos temas puede ser posible, si la voluntad y el esfuerzo de los implicados son verdaderamente sinceros y los hombres tratamos de comprender que, al fin y al cabo, tampoco es tan importante la procedencia de cada uno de nosotros.
No es fácil convivir con la violencia, ni llegar a la conclusión de hacer de ella un único medio para sobrevivir o adoptarla como parte de lo cotidiano, sin dar la menor importancia al elevado precio que pagamos por esa convivencia.
Cualquier gesto, por pequeño que sea, de acercamiento mutuo entre contendientes, es válido, si va encaminado a mejorar el futuro de la mayoría y consigue que la paz no sea un concepto abstracto que contemplamos desde lejos y que algunos, incluso nazcan y mueran sin haberla conocido, como si habitaran una parte del mundo donde la barbarie no pudiera ser dominada por la razón.
Nada importan los auténticos motivos de la noticia que hoy nos llega, si es el comienzo de una serie de actos parecidos, capaces de traer un poco de alegría a los endurecidos corazones de los adversarios eternos y encauza la negociación que mantienen, sacándola del compás de espera en que se encuentra anclada, mientras la gente considera prácticamente imposible encontrar una salida.
Quizá podría seguirse ahora por derribar el muro que convierte en ghetto los territorios palestinos e impiden la libertad de circulación de sus habitantes, por medio de la fuerza. O por dejar entrar los barcos de ayuda humanitaria a los que se impide el acceso a los necesitados de productos básicos, acabando con el bloqueo que no permite crecer a los que se encuentran en el lado más débil de una balanza, claramente inclinada hacia el platillo de los poderosos.
Pero me quedo con la fotografía del niño palestino que se cuelga de la ventanilla del autobús para abrazar a quien probablemente, es su padre y con las tímidas palabras del prisionero israelí que dice que nunca perdió la esperanza de volver. Los sentimientos siempre acaban por igualarnos, por muy lejos que creamos estar los unos de los otros.

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