domingo, 2 de octubre de 2011

Calor humano en Wall Street

El centro mismo del capitalismo mundial está siendo invadido por una marea de desheredados, en una protesta sin precedentes, que recuerda las imágenes posteriores al crac del 29, dirigida ahora en contra de un sistema que durante años ha sido vendido como una panacea, por los gobernantes de turno, en toda Norteamérica.
Agotados por los efectos de una crisis salida de este mismo lugar, provocada por la multitud de hipotecas basura otorgadas por la banca norteamericana y conscientes de que no tendrán otra herencia que ofrecer a sus hijos que las deudas eternas contraídas en los supuestos años de bonanza, han decidido lanzarse a la calle como última salida a la situación desesperada que padecen, absolutamente desprotegidos por el estado y sin ninguna perspectiva de mejora en el largo futuro que les aguarda.
La desilusión provocada por el gobierno Obama, en el que vieron una esperanza de salir de los últimos lugares de la cadena oligárquica, asentada en su territorio por una ley tácita que no permite injerencias en los estamentos económicamente superiores, ha terminado por aumentar la aflicción de los parias del país más poderoso del mundo, y ha puesto, al fin, en marcha a miles de ciudadanos, amparados en el ejemplo de lo ocurrido en otros lugares del planeta, en cuanto han podido comprender que no están solos en su indignación y que la unión hace la fuerza.
Se espera con expectación el tipo de respuesta que Nueva York dará a este acontecimiento inaudito que empieza a ensombrecer la lujosa imagen de riqueza ofrecida, en la que la actividad diaria marca el camino a seguir por el resto de las naciones del universo, pero lo que suceda ahora podría convertirse en un arma de doble filo para los dirigentes americanos y si se decantaran por reprimir las manifestaciones con dureza, como parece tras las setecientas detenciones practicadas, hasta podrían tambalearse los cimientos del concepto de libertad que durante años se han encargado de exportar fuera de sus fronteras, como garantes de los conflictos ajenos, en los que han estado interviniendo.
La importancia que este grito libertario de los que ya nada tienen que perder representa para otros territorios afectados por los efectos de la crisis, es innegable y aporta nuevas fuerzas a los argumentos ya esgrimidos por las asambleas que los ciudadanos están organizando en las calles del mundo, dejando una evidencia incontestable de que la causa de los problemas es común y de que están dispuestos para afrontar la resolución de los conflictos, sin dar un paso atrás en sus pretensiones, una vez identificado el enemigo.
Tampoco ellos se sienten representados por sus políticos, ni les consuela la verborrea fácil salida de las tribunas de los que un día eligieron en las urnas para que defendieran sus intereses y también ellos, más que nadie quizá, ven que es posible hacer caminar al mundo por otra realidad menos opresiva y violenta.
Bienvenidos.



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