Es una pena que no se admitan denuncias por incumplimiento de promesas electorales. Es tan fácil hablar ante la cercanía de unos comicios, enardeciendo a las masas diciéndoles lo que quieren oír, que se ha convertido en costumbre para los políticos, estudiar las demandas de los futuros electores y elaborar, al detalle, un plan exhaustivo que cubra, desde el púlpito, todos los ámbitos que resulten interesantes a aquellos, que en el fondo, otorgan con su voto el poder.
Si se hiciera un estudio detallado, de cuántas de esas promesas se cumplieron, cuando sus promotores alcanzaron la meta soñada, comprobaríamos con asombro y, sobre todo, con desolación, que la mayoría de sus palabras volaron con el viento.
Pero el elector está desprotegido contra esta plaga de charlatanes vendedores de sueños. Ya no van en carromatos de pueblo en pueblo, pero siguen vendiendo a su público, elixires curalotodo absolutamente fraudulentos, ahora con una legalidad que los respalda, sin que quienes compraron tengan, siquiera, el fundamental derecho a reclamar,a la vista de los resultados del timo que compró.
Este mismo camino, del que siempre salen bien, se repite una y otra vez, en cuanto se huele la proximidad de una nueva campaña, y nosotros, pobres diablos de natural confiado, seguimos probando a creer en sus mensajes bien adornados y dejándonos embaucar por la palabrería de quien más nos regala el ego, diciendo aquellas cosas que todos querríamos decir.
Nadie puede alzar la voz para preguntar por qué no hicieron aquello que prometen cuando pudieron hacerlo, ni amenazar con algún tipo de acción legal a quien miente con tanta naturalidad a la ciudadanía. Ni siquiera es ya posible distinguir la honradez de los que tenemos enfrente y es tanta la corrupción que se mueve a nuestro alrededor y la decepción que almacenamos contra la clase política, que la mayoría de nosotros piensa, que ni siquiera vale la pena intentar destapar lo que se esconde bajo la aparente felicidad de las fiestas mitineras.
Sin embargo, quizá desde las iniciativas ciudadanas podría nacer una necesidad de no ser sometidos a nuevos engaños y, de alguna manera, poner a funcionar la maquinaria que tenemos, para que los electores puedan llevar a los tribunales a esta nueva especie de embaucadores que, en lugar de ocupar calabozos, ocupan escaños en el Parlamento, con sueldos y pensiones superiores al resto de nosotros, a quienes continuamente zahieren con su descaro inaudito mientras se enriquecen a nuestra costa.
En nuestras manos está promover que cada uno encuentre su lugar en este mundo crítico que habitamos y en nuestros votos, está, desde luego, aleccionar a estos mafiosos de a pie para no ser considerados, de por vida, pardillos crédulos a los que manipular reiterativamente, sin que este crimen tenga nunca castigo.

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