viernes, 7 de enero de 2011

La sugerente prohibición

Ya cuando empezaba esto del mundo, en aquel paradisíaco lugar en que cuentan nos había colocado el creador, para nuestro y su propio deleite, todo se fue al carajo, en cuanto se nos hizo llegar el bando divino de la primera prohibición. Y mira que el árbol del que no debíamos comer se trataba de un simple manzano, uno de los productos más humildes dentro de esas categorías hortícolas que después se establecieron, pero el gusanillo interior que causa la intranquilidad, mirar la redondeada forma del fruto sabiendo que se encontraba al alcance de la mano y no poder comerlo, acabó por joderlo todo y creó la leyenda, aún en uso, del amor a lo prohibido como fuente de grata satisfacción para el pobre pecador humano.
Esto de la ley antitabaco es algo similar y es probable que traiga también su cola, en cuanto la imaginación de los que estamos enganchados a tan estúpida costumbre se ponga a funcionar, para buscar las vueltas a una prohibición que trata de hacernos parecer, cada vez mas, estúpidos americanos de exagerado puritanismo y no gente de sangre caliente, que es en definitiva lo que somos y seremos, con todos los excesos que esto conlleva y conllevará, puesto que nuestra historia es algo innegociable.
La exageración llevada a extremos infinitos, no da jamás el rendimiento que de ella se esperaba y además, suele resultar bastante aburrido que no exista la variedad de caracteres en la convivencia que nos vemos obligados a ejercitar y que se augura larga, ahora que todos seremos tan formales, sanos, limpios y no contaminaremos con nuestros malos hábitos, ningún lugar de nuestras ciudades o pueblos, haciendo así posible una drástica reducción de fallecimientos, que a la vez posibilitará que lleguemos a la nueva edad de jubilación sanos como peras y llenos de energía para producir más beneficios para el capitalismo.
A mi, los primeros días de esta resolución hipócrita, que por un lado prohíbe y por otro fabrica y pone la mano para recoger beneficios, me han resultado tremendamente sosos, a pesar de no haber salido de una rutina que, inclusive, me producía cierto placer, sobre todo por una compañía que ahora he de buscar bajo las inclemencias del tiempo, para poder compartir un poco de conversación, cuyo tema central en este momento, es exclusivamente, en relación con el tema que nos ocupa.
La gente, ha vuelto pues, a las calles, las ha tomado por asalto, las llena de humos y exabruptos contra la familia de la ministra de sanidad, entra y sale de los locales haciendo camino hacia las esquinas al abrigo de los vientos y mientras que antes se fumaba un cigarro delante de la taza de café, ahora se fuma tres, con la angustia de no poder hacerlo si vuelve a entrar, produciendo un efecto boomerng, que en vez de sumar en salud, resta considerablemente, incluso en energía, pues con tanta ída y venida, se cansa con mayor facilidad, con la consiguiente bajada de rendimiento en el ámbito laboral tan estupendo del que se disfruta en la actualidad.
Pero hay que reconocer, que visto lo visto, la vida de los no fumadores, se ha hecho mucho más divertida y jocosa de lo que era antes, puesto que nos hemos convertido en un punto de atención preferente de sus miradas intransigentes que, de no ser por esta aventura de buscar un huequecito para el vicio, serían solemnemente lánguidas, aunque muy decentes, en ese clima de silencio reverencial que reinará en los locales públicos, con la dichosa prohibición secesionista.
Verán, ahora la diversión está fuera, y el que quiera disfrutarla, habrá de volver a mezclarse con quienes se nieguen a pasar por el aro, con los amantes de saltarse las prohibiciones, con los empedernidos pecadores que, desde que se atrevieron a coger la manzana, no han hecho otra cosa que hacer que el mundo tenga algo que contar porque de no ser por ellos, seguiríamos en el idílico paraíso, sin habernos atrevido a hacer absolutamente nada.

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