martes, 4 de enero de 2011

La inteligencia desdeñada

Comparece el presidente Zapatero anunciando, a bombo y platillo, una reducción del paro, durante el mes de diciembre, que lo sitúa en una cota de aproximadamente cuatro millones y medio de personas, como si el panorama laboral español hubiera, milagrosamente, abandonado su precariedad devolviendo la tranquilidad a “esos pocos” que aún la padecen.
Inexplicablemente, al mismo tiempo, bajan los afiliados a la seguridad social, no quedando muy claro para quien escucha cómo, si se han producido nuevos contratos, descienden considerablemente los que contribuyen a las arcas del Estado haciendo posible mantener, por ejemplo, el sistema de pensiones que tanto preocupa reorganizar, ahora que nuestra magnífica sanidad pública, ha conseguido mantenernos sanos, fuertes y en edad de trabajar, por lo menos hasta los sesenta y siete años.
Es tan inusual el contenido de cualquiera de los discursos que ofrecen los políticos, cualquier día en cualquier medio, que parecen haber sido escritos para niños de parvulario, a los que impresionar con la seriedad de una jerga manipuladora de cuenta cuentos titulados, sin que adviertan que debajo del vestuario y la puesta en escena, se esconde la crudeza de una vida con la que se darán de bruces en cuanto se acabe el hechizo.
Tal vez por eso no interesa que suba el nivel educativo de los españoles e importa poco que las generaciones venideras, ahora azotadas por un pasotismo endémico que excluye cualquier interés por el aprendizaje, incluso del idioma, continúen en esa nebulosa de ignorancia supina, que, con toda probabilidad, los hará ser manejados con gran facilidad, cuando alcancen la edad propia de iniciar un currículo y se encuentren con que su situación empeoró considerablemente, con respecto a la que sus propios padres tenían.
Pero ahora, nuestros políticos recorren una y otra vez la cuerda floja del engaño, sin recordar que el proyecto de la gente de edad intermedia fue otro y que, gracias a un esfuerzo mayestático, conseguimos abandonar la terrorífica pobreza intelectual para situarnos a unos niveles que nos permiten comprender, una a una, sus palabras, sin que nos duelan prendas en gritar a los cuatro vientos que nos sentimos vilmente engañados por los juegos de malabarismo que, con sus peroratas embriagadoras, tratan de colarnos.
Y es nuestra obligación ejercer la docencia callejera para explicar por las esquinas, a quien no corrió la misma suerte que tuvimos, que la ilusión que tratan de inyectarnos a base de maledicencia, no es mas que un espejismo que desaparece, en cuanto tratamos de tocar con los dedos su belleza virtual y no encontramos otra cosa que negrura y fracaso.
Ya, ni siquiera nos mueve la irritación inicial que contra su mendacidad sentíamos, ni siquiera odiamos a muerte a quien nos condujo por el camino de la desesperanza, ahora, es tal nuestra indiferencia hacia las imágenes esperpénticas que nos ofrecen a través de los medios, que no nos cuesta nada pensar con frialdad para reinventar nuestras propias soluciones a esta crisis eterna.
Pero les rogaríamos encarecidamente, un poco de pudor a la hora de valorar a quienes dirigen sus frases, porque que nos hayan convertido en mas pobres, no ha mermado, ni un ápice, nuestro nivel de inteligencia.


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