Puede que para los grupos nacionalistas del arco político nacional, sea una cuestión de vida o muerte poder expresarse en su idioma en el Parlamento, pero, como mínimo, resulta chocante, que en tiempos de terrible crisis como los que padecemos, esta cuestión se plantee como de primer orden, generando una polémica incomprensible para los ojos de un observador imparcial, a quien no le parece de tanta trascendencia.
No es la primera vez que una discusión de este tipo se produce, pero la gravedad del momento económico que soportamos y las nefastas consecuencias que acarrea, con casi cinco millones de parados, sin muchas perspectivas de encontrar un nuevo empleo y las arcas del Estado vacías, sin posibilidad inmediata de resolución eficaz, convierte en una nimiedad este manido tema de los idiomas, sobre todo en un marco, en el que hace ya tiempo que cada cual es muy libre de expresarse del modo que quiera.
Ya pasaron, afortunadamente, los tiempos en que estos derechos eran cercenados por la férrea dictadura franquista, ya las exigencias de las comunidades autónomas de primera división, han sido, fundamentalmente, satisfechas y ahora toca arrimar el hombro a los remos del barco común y moverlo contra corriente en esta batalla de enorme dificultad con final, por lo menos, dudoso.
Los demás territorios también tenemos carencias, en muchos casos, infinitamente mas serias que esta que se plantea hoy en el Senado con tanta estridencia y que cuesta a la bolsa común, la friolera de doce mil euros diarios, en concepto de traducciones simultáneas o similares, y no está las cuentas para fiestas.
Otra cosa sería, si los que consideran este debate como vital, en un ejemplo de generosidad sin precedentes, asumieran los costos de la operación de su hacienda propia, sin pedir el esfuerzo al resto del territorio no implicado en la operación idioma, sin lesionar así, la muy maltrecha economía que nos tiene en un sin vivir permanente, porque la realidad es que el verdadero meollo de la cuestión, no es la lengua que utilice quien ocupa un escaño, sino si su derecho a usarla, lesiona al resto de un país que se haya sumido en la miseria.
Pero claro, al final, este gasto se acabará sumando a otros muchos que, en este instante, son superfluos. Lo pagaremos todos y, en lugar de invertir en la creación de puestos de trabajo para nuestros jóvenes, seguiremos apostando por guerras increíbles, que no hacen otra cosa que ahondar en las diferencias, idiomáticas o no, obviando la indignidad que se comete con la clase obrera, al permitir el despido libre o la futura ley de pensiones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario