La bolsa ofrece un respiro gratificante, en esta agónica carrera contra reloj en la que competimos, frenéticamente, contra los dictados de una Europa usurera, que sólo genera beneficios para los primeros de la clase, amenazando continuamente a los rezagados, con fagocitarlos tiránicamente, si no cumplen a rajatabla sus previsiones implacables.
No hay relajo en este absurdo afán de no caer en desgracia ante los ojos de nuestra pretendida madre, de no tener que apearse de una comunidad, cuyos beneficios no acaban de reflejarse nunca en nuestras cuentas, a pesar de todos los sacrificios que a diario se nos exigen, sin contar con nuestra opinión, ni permitirnos elegir el modelo de sociedad en que, realmente, nos gustaría vivir.
Nos ofrece nuestro presidente, como quien ofrece un regalo, la posibilidad de jubilarnos a los sesenta y cinco años, con la máxima pensión, en el caso de haber estado trabajando la friolera de cuarenta y un años, como si fuera fácil, en la situación actual, encontrar un primer empleo a una edad temprana y, lo que es mejor, conservarlo hasta conseguir la meta propuesta, sin que te afecte la ley de despido libre que, últimamente, se aprobó.
No es válida, desde luego, esta propuesta para los parlamentarios, que se permiten el descaro de poder llegar al mismo punto, sólo con haber ejercido su labor política durante once años, estableciendo con esta postura, un agravio comparativo mayestático, entre los ciudadanos de a pie y sus señorías, que aún no entiendo cómo no les produce, ni siquiera, el sonrojo de avergonzarse de su egoísmo, en esta crisis que nos azota.
Esta última lindeza, deja clara la rotundidad de las intenciones que se llevan para con la futura ley de pensiones y evidencia que no existe posibilidad de negociación con los sindicatos, pues parece que las decisiones del gobierno en este tema son inapelables. Otra cosa será la versión que ofrezca, de estos encuentros, la parte contraria, que no debiera, si aún se precia de representarnos, ceder o permitirse un paso atrás en la exigencia de que sean respetados nuestros derechos, sin descartar cuantas movilizaciones hubiera menester, de no apearse nuestros regidores de esta locura moralmente represora de nuestros derechos adquiridos, en durísimos años de lucha.
Y da igual si nuestra madrastra patalea, en su avidez insaciable de riquezas, porque está claro que hemos vuelto a los tiempos en que la necesidad de batallar se hace imprescindible, suba o baje una bolsa, de la que no somos partícipes los que vivimos, exclusivamente, de un esfuerzo que no parece tener recompensa en este modelo actual.
No hay relajo en este absurdo afán de no caer en desgracia ante los ojos de nuestra pretendida madre, de no tener que apearse de una comunidad, cuyos beneficios no acaban de reflejarse nunca en nuestras cuentas, a pesar de todos los sacrificios que a diario se nos exigen, sin contar con nuestra opinión, ni permitirnos elegir el modelo de sociedad en que, realmente, nos gustaría vivir.
Nos ofrece nuestro presidente, como quien ofrece un regalo, la posibilidad de jubilarnos a los sesenta y cinco años, con la máxima pensión, en el caso de haber estado trabajando la friolera de cuarenta y un años, como si fuera fácil, en la situación actual, encontrar un primer empleo a una edad temprana y, lo que es mejor, conservarlo hasta conseguir la meta propuesta, sin que te afecte la ley de despido libre que, últimamente, se aprobó.
No es válida, desde luego, esta propuesta para los parlamentarios, que se permiten el descaro de poder llegar al mismo punto, sólo con haber ejercido su labor política durante once años, estableciendo con esta postura, un agravio comparativo mayestático, entre los ciudadanos de a pie y sus señorías, que aún no entiendo cómo no les produce, ni siquiera, el sonrojo de avergonzarse de su egoísmo, en esta crisis que nos azota.
Esta última lindeza, deja clara la rotundidad de las intenciones que se llevan para con la futura ley de pensiones y evidencia que no existe posibilidad de negociación con los sindicatos, pues parece que las decisiones del gobierno en este tema son inapelables. Otra cosa será la versión que ofrezca, de estos encuentros, la parte contraria, que no debiera, si aún se precia de representarnos, ceder o permitirse un paso atrás en la exigencia de que sean respetados nuestros derechos, sin descartar cuantas movilizaciones hubiera menester, de no apearse nuestros regidores de esta locura moralmente represora de nuestros derechos adquiridos, en durísimos años de lucha.
Y da igual si nuestra madrastra patalea, en su avidez insaciable de riquezas, porque está claro que hemos vuelto a los tiempos en que la necesidad de batallar se hace imprescindible, suba o baje una bolsa, de la que no somos partícipes los que vivimos, exclusivamente, de un esfuerzo que no parece tener recompensa en este modelo actual.

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