Nadie, ni por casualidad, podrá hoy leer este blog en Egipto. Nadie podrá tampoco, saber que su lucha denodada por avanzar en los míseros derechos que posee, tiene eco en países lejanos, como el nuestro, ni el apoyo que desde aquí les enviamos, a través del medio mas popular de comunicación de nuestro tiempo.
Por supuesto, la mayor preocupación de la dictadura en el poder en Egipto, radica en que las revueltas populares que han costado ya centenares de vidas, trascienda lo menos posible, para evitar un derrocamiento similar al ocurrido en Túnez, sin que puedan ocultar por mas tiempo la situación desesperada de una mayoría, hasta ahora silenciosa, que puebla las calles malviviendo, en un clima asfixiante de ignorancia y miseria.
Gracias a unos pocos corresponsales, que incluso arriesgan su integridad física quedándose allí, las noticias llegan al primer mundo al que pertenecemos, sesgadas e incluso manipuladas por ciertos medios, pero en cantidad suficiente, como para producir una expectación mundial, difícilmente comparable con ninguna otra que se haya podido vivir hasta ahora.
La virulencia represora de la policía, al servicio del dictador, es narrada por los turistas que regresan de una de las tierras mas visitadas del mundo, con la contundencia de quienes no están acostumbrados a este tipo de respuesta contra unos ciudadanos que se manifiestan en la calle, porque consideran un derecho legítimo hacerlo, desde hace muchos años.
Sin embargo, las medidas de silencio impuestas contra la prensa y el enmudecimiento forzoso de las redes de Internet, preludian acontecimientos imprevisibles de la mano de aquellos que se hacen fuertes en sus posiciones de poder, negándose a abandonar una fuente permanente de enriquecimiento, que en nada coincide con la pobreza extrema y denigrante de la población bajo su tutela.
Las tímidas intervenciones de los líderes de los países capitalistas, deja en entredicho la defensa de los valores democráticos que airean y abunda en el hecho probado de la desprotección absoluta de los débiles frente a los colosos adinerados que hasta ahora los explotaron, de alguna manera, y que nunca los vieron como nada más que una mano de obra barata, dispuesta a soportar sus ignominias, a precios irrisorios.
No obstante, para los amantes de la libertad, para los convencidos, por creencia, que este mundo es factible de cambio, para los preocupados a diario por un reparto equitativo de los bienes y los conocimientos, esta revolución soterrada a tiros, que crea mártires en las calles de los países del Magreb, constituye un hito a seguir y es una obligación mantener los ojos fijos en lo que allí vaya sucediendo.
Hace ya tiempo que aprendimos que nuestra soledad es manifiesta y nada esperamos de los que nos gobiernan, a pesar de que, al menos, tenemos la oportunidad de elegirlos en comicios no amañados.
Es por eso, que debemos exigir, a la mayor urgencia, que sean restablecidas las comunicaciones en Egipto y un apoyo incondicional a las clases populares masacradas impunemente, sin que nadie levante un dedo por evitarlo. Es obligación de los líderes de occidente un pronunciamiento claro a favor de la justicia social, tan olvidada por los que hace ya demasiado tiempo se subieron al carro del poder, negándose a abandonarlo, cueste las vidas que cueste.
Europa y América, han de abandonar su postura de permisividad hacia lo que podría convertirse en un nuevo genocidio, si no se adoptan medidas de contundencia contra estos dictadores eternos.
Porque si no lo hacen, se exponen a que la imaginación de los que sufrimos la crisis impuesta por sus exigencias económicas, se desborde y, en vista de su ineficacia en conflictos cuya razón es tan clara, decidamos también que es imprescindible un cambio en esta sociedad que formamos, tan incapaz de reconocer la verdad cuando la mira de frente.
Y no vale la ley del silencio, porque es principio fundamental de libertad, el conocimiento íntegro de lo que sucede en nuestro mundo y la derogación, ipso facto, de quienes se empecinan en pensar que la ignorancia lleva implícita la explotación de los seres humanos, bajo el mandato implacable de sus designios.
Por supuesto, la mayor preocupación de la dictadura en el poder en Egipto, radica en que las revueltas populares que han costado ya centenares de vidas, trascienda lo menos posible, para evitar un derrocamiento similar al ocurrido en Túnez, sin que puedan ocultar por mas tiempo la situación desesperada de una mayoría, hasta ahora silenciosa, que puebla las calles malviviendo, en un clima asfixiante de ignorancia y miseria.
Gracias a unos pocos corresponsales, que incluso arriesgan su integridad física quedándose allí, las noticias llegan al primer mundo al que pertenecemos, sesgadas e incluso manipuladas por ciertos medios, pero en cantidad suficiente, como para producir una expectación mundial, difícilmente comparable con ninguna otra que se haya podido vivir hasta ahora.
La virulencia represora de la policía, al servicio del dictador, es narrada por los turistas que regresan de una de las tierras mas visitadas del mundo, con la contundencia de quienes no están acostumbrados a este tipo de respuesta contra unos ciudadanos que se manifiestan en la calle, porque consideran un derecho legítimo hacerlo, desde hace muchos años.
Sin embargo, las medidas de silencio impuestas contra la prensa y el enmudecimiento forzoso de las redes de Internet, preludian acontecimientos imprevisibles de la mano de aquellos que se hacen fuertes en sus posiciones de poder, negándose a abandonar una fuente permanente de enriquecimiento, que en nada coincide con la pobreza extrema y denigrante de la población bajo su tutela.
Las tímidas intervenciones de los líderes de los países capitalistas, deja en entredicho la defensa de los valores democráticos que airean y abunda en el hecho probado de la desprotección absoluta de los débiles frente a los colosos adinerados que hasta ahora los explotaron, de alguna manera, y que nunca los vieron como nada más que una mano de obra barata, dispuesta a soportar sus ignominias, a precios irrisorios.
No obstante, para los amantes de la libertad, para los convencidos, por creencia, que este mundo es factible de cambio, para los preocupados a diario por un reparto equitativo de los bienes y los conocimientos, esta revolución soterrada a tiros, que crea mártires en las calles de los países del Magreb, constituye un hito a seguir y es una obligación mantener los ojos fijos en lo que allí vaya sucediendo.
Hace ya tiempo que aprendimos que nuestra soledad es manifiesta y nada esperamos de los que nos gobiernan, a pesar de que, al menos, tenemos la oportunidad de elegirlos en comicios no amañados.
Es por eso, que debemos exigir, a la mayor urgencia, que sean restablecidas las comunicaciones en Egipto y un apoyo incondicional a las clases populares masacradas impunemente, sin que nadie levante un dedo por evitarlo. Es obligación de los líderes de occidente un pronunciamiento claro a favor de la justicia social, tan olvidada por los que hace ya demasiado tiempo se subieron al carro del poder, negándose a abandonarlo, cueste las vidas que cueste.
Europa y América, han de abandonar su postura de permisividad hacia lo que podría convertirse en un nuevo genocidio, si no se adoptan medidas de contundencia contra estos dictadores eternos.
Porque si no lo hacen, se exponen a que la imaginación de los que sufrimos la crisis impuesta por sus exigencias económicas, se desborde y, en vista de su ineficacia en conflictos cuya razón es tan clara, decidamos también que es imprescindible un cambio en esta sociedad que formamos, tan incapaz de reconocer la verdad cuando la mira de frente.
Y no vale la ley del silencio, porque es principio fundamental de libertad, el conocimiento íntegro de lo que sucede en nuestro mundo y la derogación, ipso facto, de quienes se empecinan en pensar que la ignorancia lleva implícita la explotación de los seres humanos, bajo el mandato implacable de sus designios.

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