lunes, 3 de enero de 2011

La cuestión sucesoria

Resulta incomprensible, para los que nunca tuvimos poder, esa fuerza invisible que se desata alrededor de los que ya cumplieron una fase en la historia, anclándolos a una posición de fuerza que les impide retirarse, aún cuando sus decisiones políticas den un fruto nefasto para quienes, una vez, les otorgaron su confianza y ahora se sienten absolutamente decepcionados.
Poco importa el ridículo, la degeneración de sus ideas, la corrupción de toda una filosofía, el incumplimiento total de sus promesas electorales o que la evolución maléfica de una suerte de acontecimientos haga integralmente imposible continuar por un camino de obcecación, sólo marcado por el orgullo personal de no aceptar los propios errores. Únicamente parece tener relevancia capital, no ceder el asiento al que accedieron, gracias a la inocente credulidad de unos votantes esperanzados en la validez de su figura, sin que después, en ningún momento, se haya considerado su opinión, ni interese verdaderamente oír la voz clamorosa que ahora reclama otras reivindicaciones distintas a las que se ofrecen desde el olimpo inaccesible en el que habitan los poderosos.
Las brechas abiertas, ante los próximos comicios de este año, e incluso ya de cara a las elecciones generales, son varias, pero finalmente concurren en la dolorosísima senda del temor al abandono o a que el olvido borre de las memorias de los ciudadanos, esos nombres que un día formaron parte de lo cotidiano pero cuyo momento de gloria pasó, dejando, en mayor o menor medida, una dosis determinada de según qué recuerdos.
Los mentideros políticos apuntan decididamente a Rubalcaba, como sucesor de Zapatero, a quien,seguro, falta valor para enfrentarse a la hecatombe que llegará en cuanto pida opinión a las masas sobre esta gestión al servicio del capitalismo feroz que se trae entre manos, tratando de disfrazarla de un socialismo llevado a tal modernidad, que no lo reconocería ni su fundador, si volviera mañana a formar parte del mundo en que vivimos. Es cierto que el ahora superministro está muy placeado, que ha lidiado con momentos históricos difíciles, que viene desde el principio de la transición, ejerciendo una labor faraónica de trabajo , que su inteligencia es envidiable y su verbo voluptuoso y convincente, pero es tal la maraña de desaciertos que se han encadenado en esta última legislatura, que si aceptara la sucesión que se le ofrece, lo haría ya a sabiendas de que sus posibilidades de vencer son inexistentes y, por tanto, cabría la posibilidad de una rotunda negativa del aspirante y, por ende, la crisis sucesoria se sumaría a los ya graves problemas que el partido en el poder padece.
Y de la otra parte, la interesante conferencia de prensa del señor Álvarez Cascos, deja intuir un regusto de amargo resentimiento, también entre las filas de la oposición, y amaga una especie de cisma entre los partidarios de Rajoy y los pesos pesados de la vieja guardia, que no se acostumbran todavía a ceder antiguos privilegios, ahora que huelen el triunfo, sin que esté claro de qué modo se repartirán los asientos en la constitución del nuevo parlamento.
A pie de calle, esta encarnizada batalla, que va movilizando de sus posturas a los que se apresuran a tratar de adquirir su dosis de protagonismo en los próximos tiempos, no hace mas que corroborar la tesis de que quienes se deciden a hacer de la política su profesión, no lo hacen por la defensa de unas ideas, sino por alcanzar una rentabilidad personal en el ejercicio de sus funciones, sin que el interés general, el de todos los habitantes de este país que siempre vivió a garrotazos, tenga la menor importancia, como si los seres humanos que lo habitamos, fuéramos títeres guardados en el cajón del ventrílocuo, hasta que llegado el momento en que nos necesita, somos desempolvados, acicalados y lucidos ante la concurrencia, eso sí, sin permitirnos tener otra voz u opinión que la que nos dicta nuestro manipulador de turno, que después nos hará volver a la oscuridad y al silencio.

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