martes, 18 de enero de 2011

Asuntos propios






No sé si será esta manera de ser nuestra, pero que algo tan simple como una mera visita a un médico de familia te ocupe una gran parte del día, impidiéndote hacer otras cosas, parece algo mas cercano a un episodio decimonónico, que a esta era de la comunicación, en la que ponerte en contacto con alguien del otro lado del mundo, es cuestión de un momento.
Uno cree que hemos avanzado muchísimo cuando se sienta delante del ordenador y es capaz de conseguir, por este medio, una cita con el doctor, incluso pudiendo elegir día y hora, sin tener que desplazarse, pero tal cosa es sólo una ilusión que pronto queda rota, en cuanto pones el pie en esos edificios que salpican todos nuestros pueblos y ciudades y en donde el tiempo parece transcurrir a una velocidad distinta a la del resto del universo: los ambulatorios.
Los habitantes de estos centros, parecen sacados de una de esas películas rodadas a cámara lenta y, si se observa, sus movimientos son tan perezosos, que jamás tropezarás con ninguno recorriendo los largos pasillos, ni siquiera a paso ligero.
Ya en principio, es rara la vez que la hora que obtuviste por medios informáticos, coincida exactamente con tu entrada en la sala dónde pasan consulta. Lo normal es empezar esperando un mínimo de media hora en la puerta para poder ver al doctor, que para no mentir, suele después tratarte bastante bien, aunque de todo hay en la viña del señor.
Si todo se reduce a un simple resfriado o a cualquier enfermedad sin demasiada relevancia, tus penas se acabaron y, a pesar de haber estado alrededor de una hora de acá para allá, lo das por bueno y te vuelves a casa hasta contento.
Pero he aquí, que tus necesidades sanitarias requieren un poco mas de atención, léase radiografías, análisis, o cualquier trámite administrativo que precise un segundo paso, fuera de la sala en la que te atendieron.
Prepárate entonces, para visitar un aparato diabólico, exactamente igual que el colocado en las carnicerías, y que te da un número que casi siempre, suele estar entre noventa y cien turnos por detrás del que aparece en una pantalla colocada encima de la oficina siniestra donde se mueven una serie de personajes grises, que, por norma, carecen de toda información y son incapaces, por naturaleza, de resolver a la primera cualquier duda razonable que quieras consultar.
Después de un siglo de espera, cuando por fin llegas al deseado mostrador, compruebas con asombro, que todo lo que se salga de una rutina de trabajo aprendida de carrerilla, es una empresa colosal inalcanzable y requiere, al menos, una larga conversación con un interlocutor que siempre te mira atónito, como si le estuvieras pidiendo algo totalmente inalcanzable.
No sé si será requisito imprescindible en la oposición que pasaron, pertenecer a esta especie de alienígenas poco familiarizados con el lenguaje coloquial, pero la impresión que te dan es la de no entender palabras tan simples como “urgente” o la de desconocer enteramente el significado que encierra, porque, incluso después de mucho tiempo de discusión, lo único que consigues es que lo que sería de obligado cumplimiento inmediato, se haga, si acaso, al día siguiente, con un poco de suerte y si quien te escucha se compadece de ti beneficiándote con un poco de misericordia.
Cuando sales de allí, ha transcurrido tanto tiempo que, o se ha hecho de noche, o es la hora de comer, o los niños ya han salido del colegio sin que nadie los recoja, o, simplemente, te has vuelto tarumba y has perdido el sentido de la orientación y ya no recuerdas ni dónde está tu casa.
Y este es el motivo, de que yo escriba hoy estas letras y no sepa nada de lo que pasó ayer en el mundo. Sólo soy capaz de recordar el tiempo que estuve ayer en el ambulatorio y que, encima, aún tengo el mismo problema que me llevó allí. Manda huevos.







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