Por supuesto que todos los días suceden cosas dignas de mención en este país nuestro, pero, a veces, los acontecimientos que nos parecen relevantes para nuestra pequeña intimidad, quedan absolutamente eclipsados por la magnitud de algo que ocurre a miles de Kilómetros de nosotros y que representa un paso gigantesco, en la historia de la humanidad.
Hay que viajar donde la noticia nos lleve. Si no es posible hacerlo materialmente, al menos, nuestra liviana pluma, nuestra imaginación y nuestra mirada curiosa, han de estar en el centro de la información, pues somos meros transmisores de una época, en la que, sin elegirlo, nos ha tocado vivir.
Así pues, aparcaremos hoy a nuestros impresentables políticos, a la banca, a la Europa amenazadora que nos asfixia, e incluso a los sindicalistas que presumen de estar luchando por la futura ley de pensiones. Hoy, la atención del mundo se encuentra en un pequeño país, que acaba de demostrar que es posible cambiar una historia de frustración y silencio, incluso en contra de la opinión internacional y de su propia idiosincrasia conformista, para transformarla en una esperanza de libertad, o, al menos, en una elección sin censura de un destino mas coherente.
No parece que haya un trasfondo religioso en las revueltas populares que en Tunez, han conseguido que el dictador Ben Alí, abandone una nación que ha esquilmado durante veintitrés años. No lo parece, porque, en la observación que hacemos de las imágenes que nos llegan, es bastante clara la participación de mujeres en los disturbios y porque esas mujeres, no portan los símbolos islámicos, apareciendo a cara descubierta, sin siquiera con un pañuelo que les cubra el cabello y luchando, codo con codo, con sus jóvenes compañeros masculinos, sin que, al menos en apariencia, se evidencie ninguna discriminación hacia ellas.
Esta rebelión, que ejemplifica cómo la fuerza popular aún puede mover alguna montaña, además de ser una primicia inaudita entre los países del Magreb, podría también ejercer como revulsivo en las dormidas conciencias de este primer mundo que habitamos, recordándonos que aquella presión que olvidamos mientras vivimos los tiempos de bonanza, todavía es de posible recuperación, aunque la dictadura que ahora nos somete sea meramente económica y nuestros tiranos ni siquiera tengan una imagen conocida sobre la que proyectar la ira que nos mueve.
Es un alivio contemplar que los desfavorecidos aún son capaces de provocar un seísmo, aunque sea en la distancia, y que el ser humano no ha perdido toda la frescura de su pensamiento, aniquilado por la coacción de unos dirigentes a los que interesa sobremanera la ignorancia y la alienación, como armas de poder.
Buscar hoy la noticia en otra parte, sería dejar pasar este episodio de largo y perder el tren de lo verdaderamente importante, en este momento de nuestra común historia.
Hoy, todos debemos ser el pueblo de Túnez y, desde luego, rogar porque esta pequeña revolución no se trunque, ni acabe transformándose en un radicalismo de cualquier signo, ni se ensucie con el engaño relumbrante de una sociedad supuestamente superior, ni permita que nadie la capitalice sacando su propio rendimiento.
Hoy, nuestra mirada, la de los creemos en unos principios de igualdad para esta humanidad nuestra, tan viciada por la avaricia de unos cuantos, debe posarse con suavidad en este importantísimo suceso, dejando que fluya, como nunca lo hizo, enteramente desde la libertad, sin abalorios que lo contaminen ni lo frenen, porque con ello, nos jugamos la poca credibilidad que le queda a nuestra especie y la escasa cordura que demostramos, con toda nuestra presunción de civilización, que nada tiene, desde luego, que ver con el civismo.
Hay que viajar donde la noticia nos lleve. Si no es posible hacerlo materialmente, al menos, nuestra liviana pluma, nuestra imaginación y nuestra mirada curiosa, han de estar en el centro de la información, pues somos meros transmisores de una época, en la que, sin elegirlo, nos ha tocado vivir.
Así pues, aparcaremos hoy a nuestros impresentables políticos, a la banca, a la Europa amenazadora que nos asfixia, e incluso a los sindicalistas que presumen de estar luchando por la futura ley de pensiones. Hoy, la atención del mundo se encuentra en un pequeño país, que acaba de demostrar que es posible cambiar una historia de frustración y silencio, incluso en contra de la opinión internacional y de su propia idiosincrasia conformista, para transformarla en una esperanza de libertad, o, al menos, en una elección sin censura de un destino mas coherente.
No parece que haya un trasfondo religioso en las revueltas populares que en Tunez, han conseguido que el dictador Ben Alí, abandone una nación que ha esquilmado durante veintitrés años. No lo parece, porque, en la observación que hacemos de las imágenes que nos llegan, es bastante clara la participación de mujeres en los disturbios y porque esas mujeres, no portan los símbolos islámicos, apareciendo a cara descubierta, sin siquiera con un pañuelo que les cubra el cabello y luchando, codo con codo, con sus jóvenes compañeros masculinos, sin que, al menos en apariencia, se evidencie ninguna discriminación hacia ellas.
Esta rebelión, que ejemplifica cómo la fuerza popular aún puede mover alguna montaña, además de ser una primicia inaudita entre los países del Magreb, podría también ejercer como revulsivo en las dormidas conciencias de este primer mundo que habitamos, recordándonos que aquella presión que olvidamos mientras vivimos los tiempos de bonanza, todavía es de posible recuperación, aunque la dictadura que ahora nos somete sea meramente económica y nuestros tiranos ni siquiera tengan una imagen conocida sobre la que proyectar la ira que nos mueve.
Es un alivio contemplar que los desfavorecidos aún son capaces de provocar un seísmo, aunque sea en la distancia, y que el ser humano no ha perdido toda la frescura de su pensamiento, aniquilado por la coacción de unos dirigentes a los que interesa sobremanera la ignorancia y la alienación, como armas de poder.
Buscar hoy la noticia en otra parte, sería dejar pasar este episodio de largo y perder el tren de lo verdaderamente importante, en este momento de nuestra común historia.
Hoy, todos debemos ser el pueblo de Túnez y, desde luego, rogar porque esta pequeña revolución no se trunque, ni acabe transformándose en un radicalismo de cualquier signo, ni se ensucie con el engaño relumbrante de una sociedad supuestamente superior, ni permita que nadie la capitalice sacando su propio rendimiento.
Hoy, nuestra mirada, la de los creemos en unos principios de igualdad para esta humanidad nuestra, tan viciada por la avaricia de unos cuantos, debe posarse con suavidad en este importantísimo suceso, dejando que fluya, como nunca lo hizo, enteramente desde la libertad, sin abalorios que lo contaminen ni lo frenen, porque con ello, nos jugamos la poca credibilidad que le queda a nuestra especie y la escasa cordura que demostramos, con toda nuestra presunción de civilización, que nada tiene, desde luego, que ver con el civismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario