Las condiciones de vida de las clases populares en los países del Magreb, hace tiempo que reclamaban un pronunciamiento, en vista de las enormes diferencias sociales existentes, que van de la opulencia a la miseria y a la profunda ignorancia inducida en que permanecen sus habitantes, gracias al mal gobierno de los que ostentan el poder.
No son las suyas reclamaciones caprichosas, ni se deben, como intenta hacer ver la versión oficial, a una ola de atentados terroristas inducidos desde el extranjero, sino la respuesta a un hartazgo continuado, que jamás ha visto avance alguno en un modo de subsistencia del todo insostenible.
Revienta pues, un enorme foco de infección que ha corroído los cimientos de la sociedad relegando a los seres humanos a unas condiciones vitales de angustia permanente, sin una sola comodidad facilite el transcurso de los días, condenados a un hacinamiento feroz que, por supuesto, habrá aún empeorado con la llegada de la crisis.
Y no es casualidad que precisamente en este periodo convulso, pero a la vez puntero en el área de las comunicaciones, también allí tenga repercusiones la corriente de protestas que azota al mundo supuestamente civilizado, puesto que si nuestros problemas van directamente relacionados con la pérdida del empleo, la gravedad que esta situación provocará donde se depende, al céntimo, del corto salario de unos trabajadores que nunca tuvieron derechos, han de ser de efectos devastadores para la paupérrima economía familiar que existía.
Hay que aplaudir la valentía de quienes por vez primera salen a la calle, en justa demanda de unas reivindicaciones que, por su simpleza, quizá nos parezcan antiguas, porque el riesgo que corren en su pronunciamiento es infinito y la represión que sufren al atreverse a realizarlo, no puede compararse con ninguna de las que hoy conocemos ni en nuestro país, ni en ninguno que nos sea próximo en régimen político.
Tengamos en cuenta, que la oposición Tunecí, habla de un auténtico baño de sangre en sus calles, de personas asesinadas por la policía y de un presidente con una visión desfasada del verdadero problema de sus llamados “súbditos”.
Y no se trata de una enfática postura de fanatismo contra los infieles, ni de unas exigencias nimias protagonizadas, como se quiere hacer creer, por cuatro encapuchados con fines cercanos al terrorismo. Es natural que cubra su rostro quien teme desaparecer si es identificado por las fuerzas de la represión, o ser, literalmente, masacrado sin piedad en cualquier esquina, con el aplauso de una comunidad internacional que hace tiempo los condenó al olvido.
Este paso de gigante, que iguala a los seres humanos en su exigencia de una libertad para poder vivir con dignidad, con el fruto de su trabajo, rompe conmovedoramente barreras y tabúes, colocándonos en un mismo plano, minimizando al máximo nuestras diferencias. Y por primera vez, mueve las conciencias de los más oprimidos mostrando con claridad que el inmovilismo, la subordinación o el sometimiento, no son buenos consejeros para el hombre y anulan cualquier posibilidad de crecimiento personal, en todos los sentidos.
No son las suyas reclamaciones caprichosas, ni se deben, como intenta hacer ver la versión oficial, a una ola de atentados terroristas inducidos desde el extranjero, sino la respuesta a un hartazgo continuado, que jamás ha visto avance alguno en un modo de subsistencia del todo insostenible.
Revienta pues, un enorme foco de infección que ha corroído los cimientos de la sociedad relegando a los seres humanos a unas condiciones vitales de angustia permanente, sin una sola comodidad facilite el transcurso de los días, condenados a un hacinamiento feroz que, por supuesto, habrá aún empeorado con la llegada de la crisis.
Y no es casualidad que precisamente en este periodo convulso, pero a la vez puntero en el área de las comunicaciones, también allí tenga repercusiones la corriente de protestas que azota al mundo supuestamente civilizado, puesto que si nuestros problemas van directamente relacionados con la pérdida del empleo, la gravedad que esta situación provocará donde se depende, al céntimo, del corto salario de unos trabajadores que nunca tuvieron derechos, han de ser de efectos devastadores para la paupérrima economía familiar que existía.
Hay que aplaudir la valentía de quienes por vez primera salen a la calle, en justa demanda de unas reivindicaciones que, por su simpleza, quizá nos parezcan antiguas, porque el riesgo que corren en su pronunciamiento es infinito y la represión que sufren al atreverse a realizarlo, no puede compararse con ninguna de las que hoy conocemos ni en nuestro país, ni en ninguno que nos sea próximo en régimen político.
Tengamos en cuenta, que la oposición Tunecí, habla de un auténtico baño de sangre en sus calles, de personas asesinadas por la policía y de un presidente con una visión desfasada del verdadero problema de sus llamados “súbditos”.
Y no se trata de una enfática postura de fanatismo contra los infieles, ni de unas exigencias nimias protagonizadas, como se quiere hacer creer, por cuatro encapuchados con fines cercanos al terrorismo. Es natural que cubra su rostro quien teme desaparecer si es identificado por las fuerzas de la represión, o ser, literalmente, masacrado sin piedad en cualquier esquina, con el aplauso de una comunidad internacional que hace tiempo los condenó al olvido.
Este paso de gigante, que iguala a los seres humanos en su exigencia de una libertad para poder vivir con dignidad, con el fruto de su trabajo, rompe conmovedoramente barreras y tabúes, colocándonos en un mismo plano, minimizando al máximo nuestras diferencias. Y por primera vez, mueve las conciencias de los más oprimidos mostrando con claridad que el inmovilismo, la subordinación o el sometimiento, no son buenos consejeros para el hombre y anulan cualquier posibilidad de crecimiento personal, en todos los sentidos.

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