La violencia sobre las mujeres, en la sociedad actual, no se encuentra sólo en el ámbito familiar y constituye un problema de extrema gravedad que más parece una lucha por la hegemonía que un conflicto por mal entendimiento, entre sexos opuestos.
A los malos tratos, muchos de ellos con resultado de muerte, que salpican las crónicas de los diarios, casi como parte habitual de los sucesos, se une la lacra de una trata de blancas, que bien podría representar una vuelta a una esclavitud, abolida, afortunadamente, hace ya mucho tiempo.
Suelen repetirse en nuestro país, narraciones que cuentan cómo muchachas emigrantes, son atraídas hacia los oropeles de un paraíso inexistente, con promesas de un futuro mejor, para acabar dominadas por individuos sin escrúpulos y ofrecidas como mercancía, en cualquier esquina, a clientes no mas honrados, obligadas a trabajar hasta la extenuación, en pago de haberse atrevido a realizar un sueño.
Son vejadas hasta la saciedad por esta nueva casta dominante que las ve como un negocio floreciente, sin atender a las razones poderosas de sus historias de pobreza, que no son más que una consecuencia colateral de un sistema corrupto que, descaradamente, mira hacia otra parte sin prestar atención a lo que sucede delante de sus ojos.
En la mayoría de los casos, estas mujeres son absorbidas por la espiral de violencia, sin poder hacer llegar su grito desesperado a las tolerantes instancias que permiten su existencia, sin poner coto inmediatamente a esta sinrazón que roba sus identidades y las mata por dentro.
Salta ahora a los periódicos, como noticia del día, el caso de una menor traída con la promesa de un reencuentro con su madre, que acaba convertida en ramera en el seno de una supuesta familia, en la que un joven de dieciséis años, además, la viola reiterativamente, como si de un juguete de uso personal se tratara.
Sabemos que este submundo es un hondo pozo de negrura de difícil acceso y que el oficio mas viejo del mundo seguirá existiendo, mientras existan las partes que participan en su práctica, pero el respeto a la dignidad humana exige que quien se decida a ejercerlo, lo haga de manera libre, sin coacciones, y que la sociedad que lo consiente, active inmediatamente las alertas que le permitan detectar y segar de raíz, casos como el que nos ocupa.
Si para esto, el estado ha de crear nuevas fuentes de investigación, que se haga, porque resulta intolerable que esta plaga de odio que se ceba con las mujeres indiscriminadamente, se extienda como la pólvora ante la pasividad de los que formamos parte de un mundo supuestamente civilizado.
A los malos tratos, muchos de ellos con resultado de muerte, que salpican las crónicas de los diarios, casi como parte habitual de los sucesos, se une la lacra de una trata de blancas, que bien podría representar una vuelta a una esclavitud, abolida, afortunadamente, hace ya mucho tiempo.
Suelen repetirse en nuestro país, narraciones que cuentan cómo muchachas emigrantes, son atraídas hacia los oropeles de un paraíso inexistente, con promesas de un futuro mejor, para acabar dominadas por individuos sin escrúpulos y ofrecidas como mercancía, en cualquier esquina, a clientes no mas honrados, obligadas a trabajar hasta la extenuación, en pago de haberse atrevido a realizar un sueño.
Son vejadas hasta la saciedad por esta nueva casta dominante que las ve como un negocio floreciente, sin atender a las razones poderosas de sus historias de pobreza, que no son más que una consecuencia colateral de un sistema corrupto que, descaradamente, mira hacia otra parte sin prestar atención a lo que sucede delante de sus ojos.
En la mayoría de los casos, estas mujeres son absorbidas por la espiral de violencia, sin poder hacer llegar su grito desesperado a las tolerantes instancias que permiten su existencia, sin poner coto inmediatamente a esta sinrazón que roba sus identidades y las mata por dentro.
Salta ahora a los periódicos, como noticia del día, el caso de una menor traída con la promesa de un reencuentro con su madre, que acaba convertida en ramera en el seno de una supuesta familia, en la que un joven de dieciséis años, además, la viola reiterativamente, como si de un juguete de uso personal se tratara.
Sabemos que este submundo es un hondo pozo de negrura de difícil acceso y que el oficio mas viejo del mundo seguirá existiendo, mientras existan las partes que participan en su práctica, pero el respeto a la dignidad humana exige que quien se decida a ejercerlo, lo haga de manera libre, sin coacciones, y que la sociedad que lo consiente, active inmediatamente las alertas que le permitan detectar y segar de raíz, casos como el que nos ocupa.
Si para esto, el estado ha de crear nuevas fuentes de investigación, que se haga, porque resulta intolerable que esta plaga de odio que se ceba con las mujeres indiscriminadamente, se extienda como la pólvora ante la pasividad de los que formamos parte de un mundo supuestamente civilizado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario