miércoles, 26 de enero de 2011

País para viejos

Finalmente, parece que habrá acuerdo en el asunto de las jubilaciones y las directrices marcadas por Europa serán seguidas al pie de la letra.
Vista la trayectoria de este gobierno, no se podía esperar otra cosa y aunque este acuerdo cercena de nuevo los derechos de los trabajadores y los obliga a permanecer largamente en un puesto de trabajo, por ahora ficticio, las partes legalizan el pacto agilizando con premura una reforma laboral que hubiera sido impensable para cualquiera, sólo un tiempo atrás.
Pero la razón de nuestros políticos discurre por senderos diferentes a la del resto de los humanos y , día tras día, hace alarde de un servilismo arrebatador que la somete, sin paliativos, a los mandatos de la economía.
Hablan de sacrificios permanentemente, olvidando la fragilidad que ya presenta el perfil medio de los asalariados, que ha ofrecido una gran parte de lo que poseía a este monstruo insaciable de nuestros días, que no se resigna a que disminuyan sus ganancias, aunque para ello, haya de degradar a los ciudadanos a condiciones de vida mucho menos ventajosas.
La duda que nos asalta ahora, vista la situación laboral paupérrima en la que se mueven nuestros jóvenes, es la de quién alimentará las arcas del estado para cubrir las necesidades de todas estas personas de futuro incierto y la pregunta es cómo se pretende la continuidad durante cuarenta años en un puesto de trabajo, cuando las tasas del paro juvenil se hayan situadas en un cuarenta por ciento, aproximadamente.
A esto, probablemente, seguirá una suerte de privatizaciones importantes, que descarguen al Estado de su responsabilidad para con los ciudadanos que lo habitan y un acercamiento, cada vez mas peligroso, a un modelo a la americana que hará mella en las diferencias sociales, dejando claras las distancias entre ricos y pobres.
Resulta inexplicable que las Centrales Sindicales puedan firmar alianzas como estas, demostrando una vez más su sumisión a un sistema de subvenciones que no beneficia en absoluto a los individuos que, según ellos, representan y, sobre todo, que quienes partieron de unas premisas supuestamente socialistas, se vean sumidos en el fango de un capitalismo feroz, que siempre fue considerado como un objetivo contra el que luchar y no un aliado al que reverenciar dócilmente.
Así, la soledad del ciudadano medio se hace mayor, a medida que vamos avanzando en el tiempo y lo deja a merced de una política que no eligió, sin darle siquiera, la oportunidad de expresar un malestar cercano a la agonía, ni un sitio dónde refugiarse de estas experiencias inaceptables que con él se practican.
Pero es tan grande nuestro conformismo y tan débil el espíritu de lucha que nos caracteriza, que acabaremos aceptando esta degradación y acostumbrándonos a la nueva situación, con mansedumbre, sin levantar un dedo contra quien nos perjudica de manera reiterada, quizá a consecuencia del miedo que nos produce pensar que arriesgarnos a combatir, pudiera ser aún peor.
Tal vez, una mirada al pueblo de Túnez, nos vendría bien para revisar nuestra cobardía y la unidad con el resto de los perjudicados por esta sarta de leyes vejatorias, nos daría la fuerza que ahora necesitamos para abandonar el fracaso de nuestra propia identidad, para asumir un protagonismo capaz de modificar un mundo que se nos ha puesto totalmente a la contra, reclamando un protagonismo que nos es dado por derecho. Y que caiga quien caiga.


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