A pesar de la actitud descafeinada que ha decidido adoptar la vieja Europa, la marcha de los últimos acontecimientos ocurridos en el mundo árabe, resultan de una importancia vital, si se quiere entender que el mundo, sea cual sea la tendencia que lo gobierne, es factible de ser cambiado.
A la valentía demostrada por el pueblo de Túnez, se ha unido hoy una multitudinaria manifestación en Egipto, con las mismas consignas, en un efecto dominó, que parece empezar a extenderse por una parte del `planeta, que hasta ahora permanecía anestesiado, sin atreverse a pensar siquiera, que era posible respirar un poco de libertad.
Es verdad que es fácil lanzarse al vacío cuando no se tiene nada que perder, aunque, realmente, debiera ser aún más sencillo si las pérdidas son cuantiosas y el futuro incierto, y, sin embargo, la docilidad demostrada por las clases trabajadoras de los países del primer mundo, contrasta llamativamente con la frescura de esta pequeña revolución magrebí, demostrando que, todavía, el poder de las masas es inmenso.
Si las cosas no se tuercen, probablemente tengamos que avergonzarnos ante esta humanidad, tantas veces considera como inferior, que se echa a las calles reclamando lo que considera suyo, mientras nuestras sociedades opulentas, miran caerse sus estatus de privilegio sin hacer absolutamente nada ante la devaluación paulatina de sus propios derechos.
Sería lógico entonces, preguntarse qué es lo que falla entre nosotros para vivir acobardados ante el fantasma del capitalismo, replegándonos a sus duras exigencias, como animales de una noria y en qué momento se perdió en el camino la ilusión esperanzada de la lucha por nuestros intereses, dejando un enorme vacío de alienación y conformismo asentando en nuestras privilegiadas mentes de educación exquisita.
Seguramente, algo se nos murió por dentro cuando cambiamos nuestras creencias y nos acomodamos a la bonanza de que todo estuviera hecho para ser disfrutado, sin ningún esfuerzo, cuando sucumbimos a la tentación que nos ofertaban los poderosos y entramos en la vorágine de un consumismo desmedido, en un afán loco de posesión de cosas materiales que nos nubló del todo la capacidad de pensamiento.
Y ahora, el reflejo que vemos en el espejo destartalado que retrata nuestra imagen, no nos gusta y nos sonroja que otros, con menos experiencia, con menos medios, con un alto índice de analfabetismo y muchas, muchas carencias, se atrevan a usurpar el lugar que, quizá, nos corresponde, desde que hace ya tantos años cuando otros valientes empezaron a subir los peldaños que nos sacaron de la miseria.
Naturalmente, los grandes callan. No les conviene que cunda el ejemplo, que se intoxiquen sus inmaculadas calles de progreso con arengas masivas que pudieran hacer tambalearse su tiránico poder, pero, en el fondo, parados a pensar los efectos que pudiera traer toda esta historia, la indiferencia que simulan, solo encierra un profundo temor a un contagio que acabe con la hegemonía que mantienen.
Y no les falta razón, porque si las adormecidas masas despiertan, la posibilidad de prolongar este sistema corrupto de compraventa, sería nula y un aura de nuevos vientos podría soplar sobre nuestras cabezas demostrándonos que no es tan difícil dar un corte de manga al sistema e iniciar un nuevo camino desterrando de nuestro entorno a estos nuevos tiranos, que en nada se diferencian de los que se prolongan en otras naciones sin marcharse nunca.
A la valentía demostrada por el pueblo de Túnez, se ha unido hoy una multitudinaria manifestación en Egipto, con las mismas consignas, en un efecto dominó, que parece empezar a extenderse por una parte del `planeta, que hasta ahora permanecía anestesiado, sin atreverse a pensar siquiera, que era posible respirar un poco de libertad.
Es verdad que es fácil lanzarse al vacío cuando no se tiene nada que perder, aunque, realmente, debiera ser aún más sencillo si las pérdidas son cuantiosas y el futuro incierto, y, sin embargo, la docilidad demostrada por las clases trabajadoras de los países del primer mundo, contrasta llamativamente con la frescura de esta pequeña revolución magrebí, demostrando que, todavía, el poder de las masas es inmenso.
Si las cosas no se tuercen, probablemente tengamos que avergonzarnos ante esta humanidad, tantas veces considera como inferior, que se echa a las calles reclamando lo que considera suyo, mientras nuestras sociedades opulentas, miran caerse sus estatus de privilegio sin hacer absolutamente nada ante la devaluación paulatina de sus propios derechos.
Sería lógico entonces, preguntarse qué es lo que falla entre nosotros para vivir acobardados ante el fantasma del capitalismo, replegándonos a sus duras exigencias, como animales de una noria y en qué momento se perdió en el camino la ilusión esperanzada de la lucha por nuestros intereses, dejando un enorme vacío de alienación y conformismo asentando en nuestras privilegiadas mentes de educación exquisita.
Seguramente, algo se nos murió por dentro cuando cambiamos nuestras creencias y nos acomodamos a la bonanza de que todo estuviera hecho para ser disfrutado, sin ningún esfuerzo, cuando sucumbimos a la tentación que nos ofertaban los poderosos y entramos en la vorágine de un consumismo desmedido, en un afán loco de posesión de cosas materiales que nos nubló del todo la capacidad de pensamiento.
Y ahora, el reflejo que vemos en el espejo destartalado que retrata nuestra imagen, no nos gusta y nos sonroja que otros, con menos experiencia, con menos medios, con un alto índice de analfabetismo y muchas, muchas carencias, se atrevan a usurpar el lugar que, quizá, nos corresponde, desde que hace ya tantos años cuando otros valientes empezaron a subir los peldaños que nos sacaron de la miseria.
Naturalmente, los grandes callan. No les conviene que cunda el ejemplo, que se intoxiquen sus inmaculadas calles de progreso con arengas masivas que pudieran hacer tambalearse su tiránico poder, pero, en el fondo, parados a pensar los efectos que pudiera traer toda esta historia, la indiferencia que simulan, solo encierra un profundo temor a un contagio que acabe con la hegemonía que mantienen.
Y no les falta razón, porque si las adormecidas masas despiertan, la posibilidad de prolongar este sistema corrupto de compraventa, sería nula y un aura de nuevos vientos podría soplar sobre nuestras cabezas demostrándonos que no es tan difícil dar un corte de manga al sistema e iniciar un nuevo camino desterrando de nuestro entorno a estos nuevos tiranos, que en nada se diferencian de los que se prolongan en otras naciones sin marcharse nunca.

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