Para mis lectores desconocidos, he de aclarar, que entré en el 2010 con una pierna enyesada hasta la rodilla, a causa de una caída tonta en mi propia casa, que me mantuvo anclada a un sofá casi cuarenta días, así que este comienzo de año nuevo, me ha ido, indiscutiblemente, infinitamente mejor que el anterior y, hasta he de confesar, que se ha producido con ánimo renovado para afrontar lo que venga, naturalmente ayudada por la poderosísima arma de esta pluma informática que tanto me ayuda a canalizar la ira y también a compartir las satisfacciones que me otorga la gran suerte de mantenerme a flote en este mundo de aguas turbulentas.
No cejaré en el intento de ir consiguiendo un diálogo con aquellos interlocutores indiscretos que se asoman a mi ventana diaria concediéndome una importancia que, probablemente, no merezco, pero que posan amorosamente sus ojos sobre lo que transcribo, tejiendo así un invisible hilo de unión entre nosotros que, al no acompañarse de imágenes físicas, pone a trabajar la imaginación construyendo quimeras lejanas a la realidad y ,casi seguro, idealizando nuestros respectivos retratos con virtudes que no poseemos.
Pero vivimos el momento que nos ha caído en suerte y esta virtualidad que disfrutamos, capaz de obrar el milagro de estar hablando desde cualquier parte del mundo en cuestión de segundos, cabalga silenciosamente por los rincones de nuestras casas sin que nos demos cuenta de que convive con nosotros irremediablemente y que su magia hace posible que conectemos a pesar de la lejanía, del idioma o de la diferencia de edad que nos separe, sin que esto constituya las barreras insalvables que una rápida ojeada vis a vis tendría, con su correspondiente pérdida de oportunidad para quien desdeñase el encuentro.
Ya se que vamos a tener por delante un periodo difícil, que nos va a tocar apencar, a cada cual desde su posición, con el oscuro devenir que nos prepara la manida crisis que ya nos ha robado el cómodo estado de bienestar que disfrutábamos para arrojarnos al frío océano de la pobreza relativa que nos minimiza el consumismo con un freno que atemoriza, pero más que luchar individualmente por nuestras particulares adversidades, quizá convendría, siguiendo la corriente al alza, globalizar el sufrimiento y canalizar los esfuerzos para que la comunidad que formamos los simples y a la vez complicados seres humanos, reflotara al unísono, en un alarde de osadía absolutamente inesperado para la élite que se encarga de organizarnos la vida.
Por eso, hoy quiero apelar a lo que une y no a lo que separa, tratar de iniciar este periodo nuevo rozando mentalmente los dedos invisibles de los que ahora, a través de este blog, ya me son próximos, rogando que esos dedos enlacen con otros y con otros, hasta lograr una cadena de pensamiento fundamentalmente humanista, desde la que empezar a retomar el camino perdido de la esperanza.
Ya está bien de cifras, de macroeconomías, de desesperación y de silencio, sin que nadie reivindique todas las posibilidades que la palabra tiene para mover conciencias y levantar los ánimos adormecidos por el dolor y el sufrimiento. Oral u escrita, pensada, transmitida, en susurro o en grito, de oído en oído, de página en página, de mi casa a la vuestra, de la vuestra a la mía, y a la de todos los que creemos en el hombre y su maravillosa suerte de poseer la facultad de hablar con todos los que compartimos su especie.
No cejaré en el intento de ir consiguiendo un diálogo con aquellos interlocutores indiscretos que se asoman a mi ventana diaria concediéndome una importancia que, probablemente, no merezco, pero que posan amorosamente sus ojos sobre lo que transcribo, tejiendo así un invisible hilo de unión entre nosotros que, al no acompañarse de imágenes físicas, pone a trabajar la imaginación construyendo quimeras lejanas a la realidad y ,casi seguro, idealizando nuestros respectivos retratos con virtudes que no poseemos.
Pero vivimos el momento que nos ha caído en suerte y esta virtualidad que disfrutamos, capaz de obrar el milagro de estar hablando desde cualquier parte del mundo en cuestión de segundos, cabalga silenciosamente por los rincones de nuestras casas sin que nos demos cuenta de que convive con nosotros irremediablemente y que su magia hace posible que conectemos a pesar de la lejanía, del idioma o de la diferencia de edad que nos separe, sin que esto constituya las barreras insalvables que una rápida ojeada vis a vis tendría, con su correspondiente pérdida de oportunidad para quien desdeñase el encuentro.
Ya se que vamos a tener por delante un periodo difícil, que nos va a tocar apencar, a cada cual desde su posición, con el oscuro devenir que nos prepara la manida crisis que ya nos ha robado el cómodo estado de bienestar que disfrutábamos para arrojarnos al frío océano de la pobreza relativa que nos minimiza el consumismo con un freno que atemoriza, pero más que luchar individualmente por nuestras particulares adversidades, quizá convendría, siguiendo la corriente al alza, globalizar el sufrimiento y canalizar los esfuerzos para que la comunidad que formamos los simples y a la vez complicados seres humanos, reflotara al unísono, en un alarde de osadía absolutamente inesperado para la élite que se encarga de organizarnos la vida.
Por eso, hoy quiero apelar a lo que une y no a lo que separa, tratar de iniciar este periodo nuevo rozando mentalmente los dedos invisibles de los que ahora, a través de este blog, ya me son próximos, rogando que esos dedos enlacen con otros y con otros, hasta lograr una cadena de pensamiento fundamentalmente humanista, desde la que empezar a retomar el camino perdido de la esperanza.
Ya está bien de cifras, de macroeconomías, de desesperación y de silencio, sin que nadie reivindique todas las posibilidades que la palabra tiene para mover conciencias y levantar los ánimos adormecidos por el dolor y el sufrimiento. Oral u escrita, pensada, transmitida, en susurro o en grito, de oído en oído, de página en página, de mi casa a la vuestra, de la vuestra a la mía, y a la de todos los que creemos en el hombre y su maravillosa suerte de poseer la facultad de hablar con todos los que compartimos su especie.

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