Terminamos el 2013 teniendo que soportar el triunfalismo
afectado de nuestro Presidente Rajoy, que pronostica un año venidero cargado de
profusos brotes verdes renaciendo de las cenizas de la crisis, a pesar de que
los españoles no creemos una sola palabra de sus buenos augurios y continuamos
sumidos en la profunda tristeza que nos produce la cruda realidad que nos rodea
y que no tiene visos de mejorar, a no ser que sucediera un milagro in extremis
que trajera el único regalo de Reyes capaz de convencernos de la llegada de un
cambio: trabajo para todos.
Vamos a tomarnos las uvas pensando en empezar el año nuevo
manifestando alto y claro nuestra más contundente protesta por la última medida
con que nos ha obsequiado Gallardón, con esta reforma de la Ley del aborto que
hiere especialmente la sensibilidad de las mujeres y que no estamos dispuestas
a tolerar, por considerar que nos coloca en una situación que ya creíamos
superada y que nos roba de un plumazo el derecho y la inteligencia para tomar
nuestras propias decisiones sobre si queremos o no traer más hijos a esta negra
España que nos está dejando Rajoy como herencia y que no augura a los niños y
jóvenes otro futuro, más que el de ser esclavos del vil capital, con la aquiescencia
de nuestros actuales gobernantes.
Entre protesta y protesta y ante el cinismo de nuestros
políticos, culminamos este periodo de doce meses angustiosos, con un comunicado
de los presos de ETA, en el que por primera vez manifiestan estar arrepentidos
de sus actos, incluso llegando a asumir la validez de las leyes españolas, como
si de pronto hubieran comprendido la inutilidad de toda la violencia practicada
y suplicaran clemencia colectiva, para cerrar de una vez, las muchas heridas
que aún permanecen abiertas.
Pero esta noticia, que coincide sospechosamente en el tiempo
con la salida de los etarras afectados por la sentencia de Bruselas sobre la
Doctrina Parot, no puede por menos que hacernos recapacitar sobre lo que ya en
su día apuntábamos como la posibilidad de que se está produciendo una
negociación encubierta y sonarnos a que este nuevo gesto espera nuevas
concesiones por parte del gobierno y así, hasta que se llegue a la resolución
total del conflicto.
Algunas asociaciones de víctimas, que en este caso parecen
adolecer de una ceguera incurable, cometen el gravísimo error de seguir apostando
por que Rajoy no cejará en su lucha contra el terrorismo, hasta que se produzca
la entrega de las armas.
Pero este último paso, que llegará, ni saldrá gratis a
quienes perdieron a sus familiares, ni, por supuesto, será un triunfo del
Gobierno. Al menos, no de la manera en que le gustaría al PP presentarlo ante
la sociedad española, contándole la derrota total de ETA como un éxito absoluto
de su manera de hacer política y relegando a los abertzales a una posición de
vencidos, que de ningún modo satisfará a los representantes de estas
formaciones vascas.
El quid pro quo que parece haberse establecido tácitamente
entre el Estado español y los etarras, aún tiene por delante duras etapas que
andar y grandes asperezas que limar hasta que se alcance un acuerdo y aunque a
los españoles nos gustaría en este y en todos los casos, saber la verdad de lo
que se cuece en las profundidades de Moncloa, mucho nos tememos que como suele
suceder desde que Rajoy aterrizó en el poder, de poco o nada nos enteraremos,
hasta que unos y otros den con la solución que contente a ambas partes, guste o
no, a las víctimas, que como siempre, volverán a ser moneda de cambio para
mejor gloria de nuestros gobernantes.
Ambas partes negarán por activa y por pasiva la existencia de
las negociaciones, pero los ciudadanos, que no somos imbéciles, a pesar de la
contundencia en creerlo que demuestran todos y cada uno se nuestros políticos,
sabemos que en la inmensa mayoría de los casos, los problemas se resuelven por
medio del diálogo y por hacer concesiones impensables que siempre dejan en uno
y otro lado el regusto amargo de haber perdido una parte importante de cosas
que creíamos inamovibles, cuando las mirábamos desde la indignación más
absoluta, convencidos de estar en posesión de la verdad y seguros de poder
mantener la fortaleza para siempre, sin llegar jamás a rendirnos.
Y porque lo comprendemos quizá, no merecemos que se nos
oculte lo que está sucediendo, aunque el tiempo, al final, se encargue
indefectiblemente de demostrar que lo que imaginábamos que ocurría estaba efectivamente
pasando y que nuestro atrevimiento al decirlo, no eran delirios ni distorsiones
creadas por nuestras mentes por perversidad, sino verdades y certezas que
intuíamos, más por haber vivido mucho, que por la necesidad de sospecharlas.

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