lunes, 30 de diciembre de 2013

Quid pro quo


Terminamos el 2013 teniendo que soportar el triunfalismo afectado de nuestro Presidente Rajoy, que pronostica un año venidero cargado de profusos brotes verdes renaciendo de las cenizas de la crisis, a pesar de que los españoles no creemos una sola palabra de sus buenos augurios y continuamos sumidos en la profunda tristeza que nos produce la cruda realidad que nos rodea y que no tiene visos de mejorar, a no ser que sucediera un milagro in extremis que trajera el único regalo de Reyes capaz de convencernos de la llegada de un cambio: trabajo para todos.
Vamos a tomarnos las uvas pensando en empezar el año nuevo manifestando alto y claro nuestra más contundente protesta por la última medida con que nos ha obsequiado Gallardón, con esta reforma de la Ley del aborto que hiere especialmente la sensibilidad de las mujeres y que no estamos dispuestas a tolerar, por considerar que nos coloca en una situación que ya creíamos superada y que nos roba de un plumazo el derecho y la inteligencia para tomar nuestras propias decisiones sobre si queremos o no traer más hijos a esta negra España que nos está dejando Rajoy como herencia y que no augura a los niños y jóvenes otro futuro, más que el de ser esclavos del vil capital, con la aquiescencia de nuestros actuales gobernantes.
Entre protesta y protesta y ante el cinismo de nuestros políticos, culminamos este periodo de doce meses angustiosos, con un comunicado de los presos de ETA, en el que por primera vez manifiestan estar arrepentidos de sus actos, incluso llegando a asumir la validez de las leyes españolas, como si de pronto hubieran comprendido la inutilidad de toda la violencia practicada y suplicaran clemencia colectiva, para cerrar de una vez, las muchas heridas que aún permanecen abiertas.
Pero esta noticia, que coincide sospechosamente en el tiempo con la salida de los etarras afectados por la sentencia de Bruselas sobre la Doctrina Parot, no puede por menos que hacernos recapacitar sobre lo que ya en su día apuntábamos como la posibilidad de que se está produciendo una negociación encubierta y sonarnos a que este nuevo gesto espera nuevas concesiones por parte del gobierno y así, hasta que se llegue a la resolución total del conflicto.
Algunas asociaciones de víctimas, que en este caso parecen adolecer de una ceguera incurable, cometen el gravísimo error de seguir apostando por que Rajoy no cejará en su lucha contra el terrorismo, hasta que se produzca la entrega de las armas.
Pero este último paso, que llegará, ni saldrá gratis a quienes perdieron a sus familiares, ni, por supuesto, será un triunfo del Gobierno. Al menos, no de la manera en que le gustaría al PP presentarlo ante la sociedad española, contándole la derrota total de ETA como un éxito absoluto de su manera de hacer política y relegando a los abertzales a una posición de vencidos, que de ningún modo satisfará a los representantes de estas formaciones vascas.
El quid pro quo que parece haberse establecido tácitamente entre el Estado español y los etarras, aún tiene por delante duras etapas que andar y grandes asperezas que limar hasta que se alcance un acuerdo y aunque a los españoles nos gustaría en este y en todos los casos, saber la verdad de lo que se cuece en las profundidades de Moncloa, mucho nos tememos que como suele suceder desde que Rajoy aterrizó en el poder, de poco o nada nos enteraremos, hasta que unos y otros den con la solución que contente a ambas partes, guste o no, a las víctimas, que como siempre, volverán a ser moneda de cambio para mejor gloria de nuestros gobernantes.
Ambas partes negarán por activa y por pasiva la existencia de las negociaciones, pero los ciudadanos, que no somos imbéciles, a pesar de la contundencia en creerlo que demuestran todos y cada uno se nuestros políticos, sabemos que en la inmensa mayoría de los casos, los problemas se resuelven por medio del diálogo y por hacer concesiones impensables que siempre dejan en uno y otro lado el regusto amargo de haber perdido una parte importante de cosas que creíamos inamovibles, cuando las mirábamos desde la indignación más absoluta, convencidos de estar en posesión de la verdad y seguros de poder mantener la fortaleza para siempre, sin llegar jamás a rendirnos.
Y porque lo comprendemos quizá, no merecemos que se nos oculte lo que está sucediendo, aunque el tiempo, al final, se encargue indefectiblemente de demostrar que lo que imaginábamos que ocurría estaba efectivamente pasando y que nuestro atrevimiento al decirlo, no eran delirios ni distorsiones creadas por nuestras mentes por perversidad, sino verdades y certezas que intuíamos, más por haber vivido mucho, que por la necesidad de sospecharlas.





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