Incluso en el caso hipotético de que el PP creyera
sinceramente que lo peor de la crisis ha pasado, la vida cotidiana de los
ciudadanos de este país se encarga de recordarle, con la crudeza de su verdad,
lo lejos que están sus apreciaciones de ser reales y de señalar detalladamente
hasta dónde ha llegado la tragedia que ha colocado a miles de españoles en el
umbral de la pobreza, gracias a las medidas de recortes que se han hecho para
contentar a una Europa, cuya única prioridad es la de cobrar lo que se nos
prestó, sin que importen en absoluto los caminos seguidos para ello.
Una familia sevillana acaba de perder la vida por una
intoxicación alimentaria producida a través de comida caducada recogida de los
contenedores de basura de los que se nutrían, desde que el fantasma del paro
dejó al padre fuera del mercado laboral y el tiempo de las prestaciones
sociales se acabó, sin que llegaran a percibir ningún tipo de ingresos.
No era esta familia de las consideradas en riesgo de exclusión,
sino una más de las miles que forman el panorama de los pueblos y ciudades de
España, a las que esta crisis de mierda ha robado sin ningún tipo de contemplación
la vía de sustento que hasta ahora era considerada como ejemplo de honradez y
que no es otra, que la del derecha al trabajo.
Cualquiera de nosotros ha estado expuesto en este último año
a caer en el mismo pozo sin fondo que ellos cayeron, ante la mirada impasible
de los que nos gobiernan y cualquiera de nosotros somos aún firmes candidatos a
seguir un camino marcado por las grandes fortunas que conduce indefectiblemente
a los brazos de la miseria.
Marche o no bien la macroeconomía que tanto contenta a Rajoy
y los suyos y que puede dar lugar al espejismo de que lo peor ha pasado para
regocijo de troikas fantasmas y banqueros rescatados, en esta España a punto de
entrar en el año 2014, la gente vuelve a tener hambre y su situación personal
en nada se diferencia de la que sufrieron sus antepasados, allá por el año
cuarenta, al final de una desgraciada guerra civil que obligó a implantar,
igual que ahora, numerosos comedores sociales y cartillas de racionamiento.
La diferencia es que en este momento, ni ha habido
bombardeos, ni ha corrido la sangre de los ciudadanos a causa de las armas, ni
se ha producido una hecatombe que haya podido dar lugar a los padecimientos que
soportamos… al menos aparentemente.
A nuestro alrededor siguen luciendo toda una exagerada
profusión de luces navideñas y las grandes superficies se afanan por
mantenernos enganchados a la misma sociedad de consumo de hace varios años,
aunque nuestras posibilidades de obedecer a su llamada hayan quedado reducidas
a polvo, al igual que la posibilidad de volver a incorporarnos a un mercado
laboral que, en caso de acogernos, lo haría con una condiciones más propias de
los países asiáticos, que de un socio de la Comunidad Económica Europea que se
proclama adalid del desarrollo.
Esta familia ahora desaparecida, no es la única que se ha
visto obligada a arremolinarse alrededor de los contenedores de basura para
poder subsistir ni la última que seguramente, padecerá las consecuencias del
hambre.
Arrastrados hasta la desesperación, a muchos españoles no se
les brinda otra oportunidad que la de rebuscar los alimentos que los otros
desechan al estar próxima su descomposición o a militar en las largas filas que
acuden a los comedores de las organizaciones no gubernamentales, en esas
procesiones interminables que se están convirtiendo en una imagen habitual en
nuestras calles.
Naturalmente, ni Rajoy ni los suyos acudirán hoy al entierro
de esta niña de sólo catorce años y sus padres. La presunción de estar actuando
como los salvadores de la Patria y otros problemas como la guerra que está
dando Cataluña con su independencia, les tienen demasiado entretenidos, como
para prestar atención a estas “minucias”.
Con toda seguridad, seguirán negando la gravedad de los
hechos y hoy mismo se atreverán a presumir, desde alguna tribuna, de haber
hecho lo que tenían que hacer, aupados en la peana de su supuesto patriotismo.
Un patriotismo que es capaz de volver la cara a la necesidad
de los pobres, propiciando medidas que en lugar de remediar sus carencias, les
empujen aún más si cabe, hasta el abismo de una miseria, que no merece su
honradez, ni la simpleza de seguir creyendo que el orgullo de trabajar es el
único modo de mantener la dignidad y la decencia, en este mundo de locos que
nos ha tocado vivir.
Un patriotismo capaz de ignorar lo que grita la totalidad de
este pueblo y de inventar fórmulas engañosas que ayuden a privatizar el inmenso
tesoro de una medicina y una educación igual para todos, que suprimen las
diferencias entre los hombres que conformamos esta nación, en su vertiente
económica.
Un patriotismo vano que habla de una marca España allende
nuestras fronteras, sin reconocer que dentro de ellas, el único signo que nos
identifica es el de haber perdido cuánto teníamos, ayudados por la indiferencia
de un gobierno totalitario capaz de gobernar en soledad, al margen de los
deseos de su pueblo.
Y estos ejemplos, los suicidios por los desahucios, los
abuelos que no pueden hacer frente al recibo de la luz, los niños que sólo
hacen una comida al día porque se la proporcionan en los colegios o la muerte
de esta familia a la que el paro había llevado a la indigencia, no parecen ser
suficientes para que Rajoy vuelva su impávida mirada hacia la realidad que
padecemos, dando un paso adelante en reconocer sus errores y haciendo el
propósito de enmienda que tanto se necesitaría, en estos precisos momentos.
Todos nos preguntamos si el Presidente podrá sentarse
tranquilo ante su suculenta cena de Navidad, sabiendo que sus conciudadanos
buscan al mismo tiempo algo que llevarse a la boca, entre los desechos de los
supermercados repartidos por todo el país y si lo hace, ¿qué clase de moral es
la suya y qué nos espera bajo el mando de un hombre como éste?

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