domingo, 15 de diciembre de 2013

El año del hambre


Incluso en el caso hipotético de que el PP creyera sinceramente que lo peor de la crisis ha pasado, la vida cotidiana de los ciudadanos de este país se encarga de recordarle, con la crudeza de su verdad, lo lejos que están sus apreciaciones de ser reales y de señalar detalladamente hasta dónde ha llegado la tragedia que ha colocado a miles de españoles en el umbral de la pobreza, gracias a las medidas de recortes que se han hecho para contentar a una Europa, cuya única prioridad es la de cobrar lo que se nos prestó, sin que importen en absoluto los caminos seguidos para ello.
Una familia sevillana acaba de perder la vida por una intoxicación alimentaria producida a través de comida caducada recogida de los contenedores de basura de los que se nutrían, desde que el fantasma del paro dejó al padre fuera del mercado laboral y el tiempo de las prestaciones sociales se acabó, sin que llegaran a percibir ningún tipo de ingresos.
No era esta familia de las consideradas en riesgo de exclusión, sino una más de las miles que forman el panorama de los pueblos y ciudades de España, a las que esta crisis de mierda ha robado sin ningún tipo de contemplación la vía de sustento que hasta ahora era considerada como ejemplo de honradez y que no es otra, que la del derecha al trabajo.
Cualquiera de nosotros ha estado expuesto en este último año a caer en el mismo pozo sin fondo que ellos cayeron, ante la mirada impasible de los que nos gobiernan y cualquiera de nosotros somos aún firmes candidatos a seguir un camino marcado por las grandes fortunas que conduce indefectiblemente a los brazos de la miseria.
Marche o no bien la macroeconomía que tanto contenta a Rajoy y los suyos y que puede dar lugar al espejismo de que lo peor ha pasado para regocijo de troikas fantasmas y banqueros rescatados, en esta España a punto de entrar en el año 2014, la gente vuelve a tener hambre y su situación personal en nada se diferencia de la que sufrieron sus antepasados, allá por el año cuarenta, al final de una desgraciada guerra civil que obligó a implantar, igual que ahora, numerosos comedores sociales y cartillas de racionamiento.
La diferencia es que en este momento, ni ha habido bombardeos, ni ha corrido la sangre de los ciudadanos a causa de las armas, ni se ha producido una hecatombe que haya podido dar lugar a los padecimientos que soportamos… al menos aparentemente.
A nuestro alrededor siguen luciendo toda una exagerada profusión de luces navideñas y las grandes superficies se afanan por mantenernos enganchados a la misma sociedad de consumo de hace varios años, aunque nuestras posibilidades de obedecer a su llamada hayan quedado reducidas a polvo, al igual que la posibilidad de volver a incorporarnos a un mercado laboral que, en caso de acogernos, lo haría con una condiciones más propias de los países asiáticos, que de un socio de la Comunidad Económica Europea que se proclama adalid del desarrollo.
Esta familia ahora desaparecida, no es la única que se ha visto obligada a arremolinarse alrededor de los contenedores de basura para poder subsistir ni la última que seguramente, padecerá las consecuencias del hambre.
Arrastrados hasta la desesperación, a muchos españoles no se les brinda otra oportunidad que la de rebuscar los alimentos que los otros desechan al estar próxima su descomposición o a militar en las largas filas que acuden a los comedores de las organizaciones no gubernamentales, en esas procesiones interminables que se están convirtiendo en una imagen habitual en nuestras calles.
Naturalmente, ni Rajoy ni los suyos acudirán hoy al entierro de esta niña de sólo catorce años y sus padres. La presunción de estar actuando como los salvadores de la Patria y otros problemas como la guerra que está dando Cataluña con su independencia, les tienen demasiado entretenidos, como para prestar atención a estas “minucias”.
Con toda seguridad, seguirán negando la gravedad de los hechos y hoy mismo se atreverán a presumir, desde alguna tribuna, de haber hecho lo que tenían que hacer, aupados en la peana de su supuesto patriotismo.
Un patriotismo que es capaz de volver la cara a la necesidad de los pobres, propiciando medidas que en lugar de remediar sus carencias, les empujen aún más si cabe, hasta el abismo de una miseria, que no merece su honradez, ni la simpleza de seguir creyendo que el orgullo de trabajar es el único modo de mantener la dignidad y la decencia, en este mundo de locos que nos ha tocado vivir.
Un patriotismo capaz de ignorar lo que grita la totalidad de este pueblo y de inventar fórmulas engañosas que ayuden a privatizar el inmenso tesoro de una medicina y una educación igual para todos, que suprimen las diferencias entre los hombres que conformamos esta nación, en su vertiente económica.
Un patriotismo vano que habla de una marca España allende nuestras fronteras, sin reconocer que dentro de ellas, el único signo que nos identifica es el de haber perdido cuánto teníamos, ayudados por la indiferencia de un gobierno totalitario capaz de gobernar en soledad, al margen de los deseos de su pueblo.
Y estos ejemplos, los suicidios por los desahucios, los abuelos que no pueden hacer frente al recibo de la luz, los niños que sólo hacen una comida al día porque se la proporcionan en los colegios o la muerte de esta familia a la que el paro había llevado a la indigencia, no parecen ser suficientes para que Rajoy vuelva su impávida mirada hacia la realidad que padecemos, dando un paso adelante en reconocer sus errores y haciendo el propósito de enmienda que tanto se necesitaría, en estos precisos momentos.
Todos nos preguntamos si el Presidente podrá sentarse tranquilo ante su suculenta cena de Navidad, sabiendo que sus conciudadanos buscan al mismo tiempo algo que llevarse a la boca, entre los desechos de los supermercados repartidos por todo el país y si lo hace, ¿qué clase de moral es la suya y qué nos espera bajo el mando de un hombre como éste?




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