lunes, 9 de diciembre de 2013

El precio de los errores


La actitud de los miembros más destacados del PP, nada tiene que ver en estos momentos, con la que lucían al principio de haber ganado las elecciones, cuando cargados de soberbia se dirigían a los españoles defendiendo la validez de unas reformas que contradecían absolutamente lo prometido en su programa electoral, desde la posición de poder que les otorgaba una mayoría absoluta, que ellos pensaban que podía ser eterna.
Tras dos años de haber abusado reiterativamente de ese poder, desoyendo el clamor popular que les reclamaba desde la calle un cambio en la línea de recortes que han estado aplicando a golpe de Decreto, seguramente habrán podido entender con toda claridad que perpetuar los resultados obtenidos en Noviembre de 2011, no dependía como en un primer momento podía creerse, del escaso nivel de comprensión que se atribuía a los ciudadanos desde Génova, sino de que el camino seguido por este PP absolutamente ufano de su victoria, incidiera en la vida personal de los que formamos la sociedad, solucionando o no, nuestros más acuciantes problemas.
La mendacidad continuada con que se han afrontado las informaciones que se nos han ido dando con cuentagotas, muchas veces a través de televisiones de plasma y no de un contacto directo con la prensa, ha calado hondamente en el pensamiento de la inmensa mayoría de nosotros, dejándonos muy claro, al menos, quiénes no queremos que nos vuelvan a gobernar, incluso sin saber aún,  a qué Partido votaremos en los próximos comicios.
A pesar de que los resultados de las encuestas apuntan a que el PP volvería a vencer, si se celebraran elecciones ahora, el nerviosismo de sus líderes y la prisa por tratar de convencernos de que todo mejorará en 2014, denota claramente que para nada existe la posibilidad de una nueva victoria y que urge un giro de ciento ochenta grados en la forma de hacer política, si no se quiere que la debacle electoral sea de tal magnitud, que coloque al partido conservador al borde de la desaparición, como pago de sus errores.
Durante los dos primeros años de esta legislatura, la infalibilidad era considerada por los integrantes del gobierno de Mariano Rajoy, como algo inherente a su política y la indiferencia demostrada por la pérdida de derechos y prestaciones que los ciudadanos hemos sufrido a diario, a causa de cada una de las medidas que se han ido tomando, empieza ahora a dar los frutos que ha producido la siembra, resultando difícil encontrar una sola persona que esté de acuerdo con la gestión del PP, provenga de la izquierda o de la derecha.
Si a esto sumamos la suerte de acontecimientos relacionados con la corrupción que se han venido sucediendo, salpicando de fundadísimas sospechas a los nombres más relevantes del Partido conservador y muy especialmente al Presidente del Gobierno, no es de extrañar que la intención de voto de los españoles haya ido derivando hacia otros horizontes, menos afectados por la impopularidad que sacude a las dos fuerzas mayoritarias, a las que se considera directamente responsables de la ruina que soportamos y principalmente, de las terribles cifras de paro que padecemos.
Si Rajoy estaba convencido de que seguir al pie de la letra las intenciones de Europa, le iba a coronar como una especie de Emperador vitalicio entre nosotros, se equivocaba y de qué modo. La macroeconomía importa poco o nada a los ciudadanos, sobre todo cuando se han de enfrentar al miedo de malvivir sin ninguna esperanza de volver al mercado laboral en breve, mientras se ven obligados a soportar que las primeras páginas de los periódicos se vean ocupadas a diario por noticias de políticos que han estado saqueando las arcas del Estado para su propio enriquecimiento, sin que ninguno de ellos devuelva el montante de lo robado, ni pague con cárcel la magnitud de su delito.
Quizá por eso, hay prisa en frenar los bajos índices de popularidad con que el PP se ha topado de bruces, justo en el Ecuador de su mandato y un nerviosismo visible se refleja claramente en los rostros de militantes y simpatizantes, muchas veces, llegando a manifestar una oposición contundente a la marcha que están tomando los acontecimientos, como por ejemplo, en el caso de una Ana Botella crítica y mordaz, que con toda probabilidad ponía en su boca la opinión que el ex Presidente Aznar tiene hoy de la gestión que hace quien él eligió, a dedo, como su sucesor más brillante.
Puede que esté a punto de producirse un golpe de timón que cambie las caras visibles de este gobierno, si no por las buenas, a base de presiones capitaneadas por algún medio de comunicación, que estando en contacto con la corriente aznarista, bien podría tener acceso a algún tipo de información que derrocara de una vez al pusilánime Rajoy, colocando en su puesto, por ejemplo, a una Esperanza Aguirre, que se muere por ser candidata a la Presidencia de Gobierno.
Lo cierto y verdad es que en los últimos días, ni siquiera los más fervientes defensores de Rajoy se atreven a quedarse al margen del cúmulo de críticas que están recibiendo sus iniciativas y hasta algunos miembros de la prensa absolutamente leales al PP, se ven en la imposibilidad de continuar defendiendo lo indefendible,  cada vez más acosados por otros medios de distinta ideología, que se encargan de poner en claro a diario las continuas contradicciones en que incurren Ministros y militantes de importancia, ante las cámaras o en la prensa escrita.
Propuestas como el anteproyecto de Ley de seguridad ciudadana o el de regulación del derecho de huelga, no ayudan precisamente a un crecimiento de las perspectivas electorales populares, desde el mismo momento en que los españoles empiezan a temer que encubren la intención de acabar con la libertad de expresión y reunión, en un intento de terminar represivamente con cualquier forma de oposición que proyecte en Europa una imagen de estallido social, nada conveniente a los propósitos del Presidente.
Pero el precio de los errores siempre se paga y Rajoy no ha de ser la excepción que confirme una regla tan vieja como el Universo.
Digan lo que digan las encuestas, la inteligencia de los ciudadanos dará a los populares exactamente lo que merecen, es decir, una sonora bofetada en las urnas, de la que les costará trabajo recuperarse, si es que llegan a conseguirlo alguna vez.




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