La actitud de los miembros más destacados del PP, nada tiene
que ver en estos momentos, con la que lucían al principio de haber ganado las
elecciones, cuando cargados de soberbia se dirigían a los españoles defendiendo
la validez de unas reformas que contradecían absolutamente lo prometido en su
programa electoral, desde la posición de poder que les otorgaba una mayoría
absoluta, que ellos pensaban que podía ser eterna.
Tras dos años de haber abusado reiterativamente de ese poder,
desoyendo el clamor popular que les reclamaba desde la calle un cambio en la
línea de recortes que han estado aplicando a golpe de Decreto, seguramente
habrán podido entender con toda claridad que perpetuar los resultados obtenidos
en Noviembre de 2011, no dependía como en un primer momento podía creerse, del
escaso nivel de comprensión que se atribuía a los ciudadanos desde Génova, sino
de que el camino seguido por este PP absolutamente ufano de su victoria,
incidiera en la vida personal de los que formamos la sociedad, solucionando o
no, nuestros más acuciantes problemas.
La mendacidad continuada con que se han afrontado las
informaciones que se nos han ido dando con cuentagotas, muchas veces a través
de televisiones de plasma y no de un contacto directo con la prensa, ha calado
hondamente en el pensamiento de la inmensa mayoría de nosotros, dejándonos muy
claro, al menos, quiénes no queremos que nos vuelvan a gobernar, incluso sin
saber aún, a qué Partido votaremos en
los próximos comicios.
A pesar de que los resultados de las encuestas apuntan a que
el PP volvería a vencer, si se celebraran elecciones ahora, el nerviosismo de
sus líderes y la prisa por tratar de convencernos de que todo mejorará en 2014,
denota claramente que para nada existe la posibilidad de una nueva victoria y
que urge un giro de ciento ochenta grados en la forma de hacer política, si no
se quiere que la debacle electoral sea de tal magnitud, que coloque al partido
conservador al borde de la desaparición, como pago de sus errores.
Durante los dos primeros años de esta legislatura, la
infalibilidad era considerada por los integrantes del gobierno de Mariano
Rajoy, como algo inherente a su política y la indiferencia demostrada por la
pérdida de derechos y prestaciones que los ciudadanos hemos sufrido a diario, a
causa de cada una de las medidas que se han ido tomando, empieza ahora a dar
los frutos que ha producido la siembra, resultando difícil encontrar una sola
persona que esté de acuerdo con la gestión del PP, provenga de la izquierda o
de la derecha.
Si a esto sumamos la suerte de acontecimientos relacionados
con la corrupción que se han venido sucediendo, salpicando de fundadísimas
sospechas a los nombres más relevantes del Partido conservador y muy
especialmente al Presidente del Gobierno, no es de extrañar que la intención de
voto de los españoles haya ido derivando hacia otros horizontes, menos
afectados por la impopularidad que sacude a las dos fuerzas mayoritarias, a las
que se considera directamente responsables de la ruina que soportamos y
principalmente, de las terribles cifras de paro que padecemos.
Si Rajoy estaba convencido de que seguir al pie de la letra
las intenciones de Europa, le iba a coronar como una especie de Emperador
vitalicio entre nosotros, se equivocaba y de qué modo. La macroeconomía importa
poco o nada a los ciudadanos, sobre todo cuando se han de enfrentar al miedo de
malvivir sin ninguna esperanza de volver al mercado laboral en breve, mientras
se ven obligados a soportar que las primeras páginas de los periódicos se vean
ocupadas a diario por noticias de políticos que han estado saqueando las arcas
del Estado para su propio enriquecimiento, sin que ninguno de ellos devuelva el
montante de lo robado, ni pague con cárcel la magnitud de su delito.
Quizá por eso, hay prisa en frenar los bajos índices de
popularidad con que el PP se ha topado de bruces, justo en el Ecuador de su
mandato y un nerviosismo visible se refleja claramente en los rostros de
militantes y simpatizantes, muchas veces, llegando a manifestar una oposición
contundente a la marcha que están tomando los acontecimientos, como por
ejemplo, en el caso de una Ana Botella crítica y mordaz, que con toda
probabilidad ponía en su boca la opinión que el ex Presidente Aznar tiene hoy de
la gestión que hace quien él eligió, a dedo, como su sucesor más brillante.
Puede que esté a punto de producirse un golpe de timón que
cambie las caras visibles de este gobierno, si no por las buenas, a base de
presiones capitaneadas por algún medio de comunicación, que estando en contacto
con la corriente aznarista, bien podría tener acceso a algún tipo de
información que derrocara de una vez al pusilánime Rajoy, colocando en su
puesto, por ejemplo, a una Esperanza Aguirre, que se muere por ser candidata a
la Presidencia de Gobierno.
Lo cierto y verdad es que en los últimos días, ni siquiera
los más fervientes defensores de Rajoy se atreven a quedarse al margen del
cúmulo de críticas que están recibiendo sus iniciativas y hasta algunos
miembros de la prensa absolutamente leales al PP, se ven en la imposibilidad de
continuar defendiendo lo indefendible, cada vez más acosados por otros medios de
distinta ideología, que se encargan de poner en claro a diario las continuas
contradicciones en que incurren Ministros y militantes de importancia, ante las
cámaras o en la prensa escrita.
Propuestas como el anteproyecto de Ley de seguridad ciudadana
o el de regulación del derecho de huelga, no ayudan precisamente a un
crecimiento de las perspectivas electorales populares, desde el mismo momento
en que los españoles empiezan a temer que encubren la intención de acabar con
la libertad de expresión y reunión, en un intento de terminar represivamente
con cualquier forma de oposición que proyecte en Europa una imagen de estallido
social, nada conveniente a los propósitos del Presidente.
Pero el precio de los errores siempre se paga y Rajoy no ha
de ser la excepción que confirme una regla tan vieja como el Universo.
Digan lo que digan las encuestas, la inteligencia de los
ciudadanos dará a los populares exactamente lo que merecen, es decir, una
sonora bofetada en las urnas, de la que les costará trabajo recuperarse, si es
que llegan a conseguirlo alguna vez.

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