No se puede entender que el Partido Popular se atreva, a
estas alturas, a cumplir uno solo de los puntos de su programa electoral y que
ese punto sea, precisamente, el de redactar una nueva ley del aborto, que
coloca el derecho de las mujeres a decidir sobre si quieren o no llevar a
término sus embarazos, en una posición cercana a la que se tenía durante los
años de la dictadura y que las obligaba
a abortar, en caso de quererlo, en las trastiendas de los mercados de las ciudades,
en operaciones practicadas por curanderas, sin ninguna garantía higiénica ni
sanitaria y que costaba anualmente cientos de vidas, por complicaciones
surgidas después de las intervenciones.
Esta Ley, que pone a bien a Gallardón con el ala más
recalcitrante de su partido y con la curia más retrógrada de una Iglesia
Católica, que no parece la misma que predica ahora el Papa Francisco, viene
apoyada por una serie de voces que continuamente se han venido manifestando,
según ellos, únicamente a favor de la vida.
Pero una simple mirada a la realidad actual, a la que
sufrimos millones de españoles, a los que la crisis ha colocado en situaciones
sinceramente agónicas, basta para entender que ese derecho a la vida que estos
manifestantes ultramontanos defienden no es, en ningún caso igual, cuando se trata
de defender la existencia de los que hace ya tiempo que nacimos y que
constituimos, en términos literalmente cristianos, sus propios semejantes.
Jamás les hemos visto organizar ningún tipo de manifestación
en contra del paro que azota a las familias, ni pelear por conservar para todos
derechos como la Sanidad y la Educación públicas o pelear en las puertas de las
familias que son desahuciadas, a favor de esa vida de la que se les llena la
boca, cuando se trata de defender a los nonatos, incluso a aquellos a quienes
malformaciones físicas o psíquicas impidan un desarrollo normal y del que
después, ellos se despreocupan, dejando en manos de las sufridas madres el sacrificio de sacarlos adelante y ahora,
además, sin el apoyo que representaba la imperfecta ley de dependencia.
Tener o no en contra a
la inmensa mayoría de los españoles y a las mujeres en particular, como
siempre, poco o nada importa a un Ministro Gallardón demasiado preocupado por
hacerse querer por aquellos que durante años han criticado con dureza su
posición en el Partido Popular y que ahora no tendrán otro remedio que
agradecer eternamente su empeño en sacar adelante esta Ley y demostrarlo
brindándole apoyo, si en el futuro decidiera presentarse a cargos de mayor
importancia o quizá aspirar a la Presidencia de Gobierno.
Harían mucho mejor Gallardón y todos sus compañeros, en
preocuparse del bienestar del pueblo español al que han venido agrediendo de
manera continuada desde que llegaron al poder y poner todo el empeño que están
demostrando en sacar a la luz esta Ley regresiva, en devolver a los ciudadanos
los derechos robados durante los dos años más negros de toda la Democracia, si
es que quieren tener la más mínima opción en la próxima legislatura, para no caer
estrepitosamente en un fracaso general, del que les costará Dios y ayuda volver
a levantarse.
Y es que estas
agresiones que parece que no son nada, van minando el pensamiento de las
personas de bien y elevando el nivel de indignación de toda la Sociedad,
creando una barrera insalvable entre el pensamiento de la ciudadanía y el que
representa un Partido popular absolutamente ajeno a la gravedad de los
verdaderos problemas y ocupado en exceso en unificar la opinión de las
diferentes corrientes que pululan en el interior de su formación, para no
perder cohesión, de cara al futuro que viene.
Pero no todos los que votaron al PP militan en él y el
incumplimiento demostrado de todos los demás puntos de su programa electoral se
ha encargado de convencer plenamente a esta gente de que Rajoy y los suyos no
eran en realidad, merecedores de su confianza.
Por lo que de seguir así, la debacle estará asegurada para
todas las sectas conservadoras y ni Esperanza Aguirre, ni Aznar, ni Gallardón,
ni el propio Rajoy, podrán impedir que el pueblo español manifieste en las
urnas su decidida voluntad de deshacerse de ellos cuanto antes y a ser posible,
que no vuelvan jamás.
Puede que esta ley del aborto termine convirtiéndose en la
gota que colma el vaso de la paciencia de los españoles y sobre todo, de las
mujeres, que no perdonarán nunca el atrevimiento de este PP, que se toma la licencia de decidir
por ellas, algo que solo a cada una en su intimidad corresponde y a lo que
tiene derecho, ya que su decisión no convierte en obligatorio tener que
abortar, por mucho que otros pretendan convencernos de que sí.

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