Muere Nelson Mandela dejando al mundo huérfano de ejemplo y a
la espera de la remotísima posibilidad de que vuelva a nacer un líder con su
carisma.
Muere en un momento convulso, en el que los valores que le
sirvieron de guía parecen haber sido sepultados por un tsunami de avaricia que
arrasa cuánto encuentra a su paso, trayendo la más absoluta desolación a los
que a duras penas, vamos sobreviviendo sin atisbar una sola esperanza de
futuro.
Se marcha la voz que representó la rebeldía necesaria para
combatir todas y cada una de las injusticias que los hombres cometen con sus
semejantes, muchas veces por absurdas razones étnicas y otras, por simples
discrepancias que bien podrían ser resueltas con voluntad de dialogar, en lugar
de ir abriendo zanjas entre las opiniones, convirtiendo las distancias en
insalvables, para solventar al final los problemas, a golpes secos de
violencia.
La unanimidad en reconocer su valía, no deja dudas sobre la
influencia que ejerció sobre todos nosotros y la grandeza de su liderazgo
establece unos parámetros que difieren y mucho, de lo que normalmente se
entiende como lo que sería un hombre de Estado y de la forma en que hoy se
tratan los asuntos políticos, tan alejada de las auténticas dificultades que
acucian a los seres humanos y tan
cercana a una suerte de intereses claramente discriminatorios, que nos colocan
en un nuevo apartheid, que nada tiene que ver con el color de nuestras pieles.
Y sin embargo, resulta imposible que por muchos años que
pasen, su figura caiga en olvido o que la fuerza de su razón quede anulada por
la deshonestidad que acompaña a los gobernantes actuales, simplemente porque
las causas nacidas de la verdad, no admiten argumentos que anule la razón de la fuerza.
Nos deja Mandela, un legado del más puro amor, escrito en
largas batallas cruentas e incruentas, cimentadas por una fe en la humanidad,
que nunca conoció fisuras que pudieran fragmentar la solidez de unas raíces que
se aferraron para siempre a lo más profundo de la tierra.
Esta tierra que hoy despide al padre africano en medio de un
clima de desconcierto, pero segura de que el futuro, igual que el ayer,
dependerá siempre de la voluntad y el buen hacer de los hombres que la habitan.
Descanse en paz Mandela, en su pequeña aldea, que con toda
probabilidad será desde ahora, un lugar de peregrinación, seguro de que los que
quedamos aquí, haremos lo imposible para que su pensamiento permanezca vivo
entre nosotros.
No podría ser de otra manera, mientras haya una causa que
discrimine a una parte de la humanidad, intentando robar la libertad que nos
pertenece a todos por nacimiento y subyugando por medio del terror a los
débiles, que nada tienen que perder y mucho que ganar, si se deciden a
rebelarse contra la tiranía de unos pocos, que instalados en el poder, se
consideran los dueños del universo.

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