Que Ángela Merkel no pueda seguir gobernado a solas y
necesite de una coalición con los socialdemócratas para regir los destinos de
Alemania, abre en los países del sur de Europa, mayormente afectados por los
rigores de la crisis, una delgada línea de esperanza, al pensar que las medidas
que puedan propiciarse a partir de ahora, contemplen un poco más las mejoras
sociales, en Detrimento de los dictados que nos venía imponiendo la marcha de
la Macroeconomía.
Sin que se puedan echar las campanas al vuelo y conscientes
de que la Socialdemocracia alemana se halla adscrita al sistema capitalista que
conduce las riendas del mundo, nos queda la ilusión de que los que militan en
ella puedan conservar, al menos, un poco más de corazón ante las carencias que
afectan a los pobres y un mínimo del valor necesario para luchar por su causa,
ahora que han conseguido ser necesarios para formar gobierno en el país más
poderoso del viejo continente.
Queriéndonos aferrar a esa ilusión, los ojos de los españoles
se vuelven hacia la nueva etapa alemana, deseando creer que la férrea política
que ha practicado hasta ahora la Canciller, tal vez podría suavizarse en
beneficio de las naciones más necesitadas de la Comunidad, apostando por que el
futuro de todos nosotros está en conseguir terminar con el desempleo y en
apostar por la creación de nuevos puestos de trabajo.
No le viene bien al gigante europeo que la germanofobia siga
creciendo, colocando a su propio país en una incómoda situación frente a los
demás socios de la comunidad, que no miran con buenos ojos las cifras de su
progreso, mientras ellos se ven obligados a soportar gravísimas situaciones de
miseria, que potencian enormemente un odio cerval contra quienes consideran artífices de todas sus desgracias.
Un baño de humildad ayudará a Merkel a entender que no sólo
de economía vive el hombre y que los seres humanos, procedan de Alemania o no,
necesitan estar seguros además, de la comprensión y el apoyo moral de sus
semejantes.
Puede que este pequeño
detalle no parezca tener importancia cuando se está al frente de un gobierno,
pero la realidad cotidiana que todos nos vemos obligados a vivir, demuestra
fehacientemente que todo marcha mucho mejor entre nosotros, cuando no hay
rencores de fondo que contribuyan al aislamiento de los que habitan una nación,
como tantas veces nos ha demostrado la historia.
Ser excluido por los demás, aunque solo sea por envidias
motivadas por una superioridad en cualquier campo, acarrea siempre graves
consecuencias de las que es prácticamente imposible zafarse, sobre todo cuando
las diferencias se van agrandando con el paso del tiempo, sin que se ponga
empeño en reducirlas, para evitar conflictos más graves.
No sé si al ciudadano alemán le merece realmente la pena ser
sistemáticamente rechazado por los demás europeos, aunque las arcas de su
Estado estén llenas a rebosar y su país sea considerado como líder absoluto de
esta Comunidad que es de todos, pero la sensación de que desde las otras
naciones se les mira culpabilizándoles de la situación desastrosa en que nos encontramos,
no debe ser, en principio, agradable, ni aportar ningún tipo de orgullo, cada
vez que se vean obligados a cruzar sus fronteras.
A veces, en la vida,
es mucho mejor renunciar a ciertos privilegios, en aras de conseguir otras
mejoras que nada tienen que ver con lo crematístico y mucho con la complicación
que conforma las mentes humanas, las únicas capaces de convertir el odio en una
bandera que enarbolar, a favor de la
violencia.
Quizá al nuevo gobierno alemán convendría tener en cuenta
algunas de estas renuncias y no solo por hacer el favor de aliviar la pesada
carga que arrastramos en el Sur, sino también por evitar que la imagen del
pueblo que les respalda, pueda recuperar la simpatía perdida en estos años,
gracias a la dureza de Merkel.
Únicamente queda esperar y creer que los milagros existen,
incluso cuando ya todo parecía perdido y sin solución para todos nosotros. Tal
vez con la cercanía de la Navidad, se produzca lo que creíamos imposible.

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