Mientras Esperanza Aguirre y sus adeptos tratan de
recuperarse del berrinche que les ha costado el fracaso del proyecto Eurovegas,
todos los que pensábamos que la fantasía de los doscientos mil puestos de
trabajo que prometían no dejaba de ser un espejismo y que el gran casino no
traería a Madrid más que una troupe de personajes directamente relacionados con
las mafias estadounidenses, respiramos agradeciendo a la suerte que las
expectativas que tanto defendía el gobierno madrileño no se hayan cumplido por
fin y que los terrenos que ya se habían destinado a la macro construcción
prometida, puedan ser ahora para otros
menesteres menos sospechosos, en beneficio de una comunidad, que no acababa de
creer el sorprendente final de esta historia.
Basta mirar las cara de los más implicados en el asunto, los
mismos que estaban dispuestos a retirar la ley del tabaco y a ceder a cuántas
peticiones hiciera el magnate estadounidense, para comprender que la magnitud
de su fracaso ha supuesto para ellos, una nueva prueba de que su ineptitud a la
hora de embarcarse en propósitos de la clase que sean, es clara y manifiesta.
Después de haber vuelto sin las Olimpiadas, tener que decir
adiós a Eurovegas no puede venderse como un triunfo, alegando ahora que se les
exigía una especie de aval que garantizara la inversión, porque la cruda
realidad es que incluso a eso habrían cedido, con tal de demostrar a los
madrileños que a la hora de gestionar proyectos faraónicos, el PP no tiene
competencia, sobre todo cuando se trata de asociarse con cualquiera que
provenga de su admirada Norteamérica, cueste lo que cueste.
Las cosas se habrán torcido por otras razones que nunca
sabremos, probablemente relacionadas con intereses ocultos de unos cuantos, que
esperaban hacer el negocio de sus vidas con esta ciudad del juego. Seguramente
el magnate se ha negado en redondo a compartir su porcentaje de supuestos
beneficios y al no tener ningún tipo de vínculo ni deudas con nuestros
políticos, ha decidido dar un sonoro portazo y partir en aras de nuevos
horizontes, donde la corrupción sea menor, o al menos la corrupción de otros
que no sean de su estricta confianza, como es el caso de estos españoles con
demasiadas ganas de enriquecerse en poco tiempo.
La huída apresurada del norteamericano, acaba de colocar al
gobierno de Madrid en una tesitura de dificultad, con la que no contaban, ahora
que están en horas bajas, gracias a las continuas meteduras de pata de su
alcaldesa y va a potenciar un poco más que el ánimo de los votantes fijos que
constituían un granero de votos indiscutibles para el PP, vaya por otros
derroteros, planteándose la posibilidad de mirar a otros partidos en las
próximas elecciones.
La izquierda debe ahora aprovechar el momento, si no quiere
quedar descolgada de la encarnizada batalla que se va a librar para conseguir
Madrid, en cuanto sus habitantes sean llamados a consulta. Destronar al PP en
esta Comunidad capitalina, parece que va a ser posible y lo será además, no por
la valía de los que aspiren a ocupar su sitio, sino por la naturaleza de sus
propios fracasos.
Entretanto, el mundo del cine pierde a dos grandes actores,
de los que han hecho historia en la pantalla. Mueren Peter Otool y Joan
Fontaine. Ninguno de nosotros podremos jamás olvidar ni Lawerens de Arabia, ni Rebeca. Quizá por eso sentimos mucho más su
pérdida, que la de Eurovegas.

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